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No sabía que era introvertida; simplemente pensé que odiaba a la gente

11/12/2015 07:01 CET | Actualizado 10/12/2016 11:12 CET
Phil Payne Photography via Getty Images

Tengo que confesar algo: no soy la persona que creéis que soy. En persona, no soy tan ingeniosa ni hablo sin pelos en la lengua como pueda parecer. Aunque sigo siendo divertida e incluso a veces muy graciosa, no lo soy desde el primer momento. Al principio, estaré ahí intentando entablar una conversación trivial que haga que todo el mundo se sienta incómodo. Hablaré sin pensar o simplemente me quedaré ahí callada, como si estuviera muda, sonriendo como una idiota.

A medida que van pasando los años soy cada vez más consciente de mi forma de ser. Sé cómo actúo y veo mis defectos, pero sigo siendo igual.

Odio los actos sociales. Odio las charlas insustanciales y nunca sé con quién debería ponerme a hablar. No me gusta plantarme ante la gente y empezar una conversación, nunca se me ha dado bien hacerlo con extraños. Lo cierto es que pensaba que se debía a que odiaba a la gente.

No a vosotros, obviamente, sino a la demás gente.

Pero cada vez aprendo más de mí misma, y no es que odie a la gente. De hecho, me gusta la gente. La mayoría de la gente, claro. La gente no es el problema, simplemente no quiero estar rodeada de gente. Prefiero quedarme en casa, bajo una manta en el sofá, lejos de la muchedumbre. Me gusta estar con gente en pequeñas dosis, pero también necesito descansar de ella.

Soy introvertida y no lo sabía.

Yo habría dicho que era extrovertida. Porque soy algo escandalosa, estoy completamente a gusto con mi gente y me gusta ir a fiestas. Pero, en esas fiestas, no me gusta hablar con los demás. Me gusta ser escandalosa con mi grupito de amigos e ignorar al resto. Pensaba que era una extrovertida pasota.

Pero no. Soy completamente introvertida. Y he tardado unos cuantos tests de personalidad en aceptarlo, como si ser introvertido fuera algo malo o vergonzoso. Quería ser la típica persona graciosa, acogedora y simpática que puede ir a cualquier sitio y hablar con cualquiera. Pero me estremezco solo con escribir la frase. Realmente no es eso lo que quiero, simplemente pienso que sería genial ser así. (Mientras reflexiono sobre lo guay que soy por quedarme en la cama leyendo un viernes por la noche, ya sabéis. En realidad no quiero salir de mi casa, ni siquiera de mi cama, pero, si lo hiciera, sería el alma de la fiesta).

Darme cuenta de que soy introvertida ha sido liberador. Ya no pienso que me pasa algo cuando no me apetece salir por tercera noche consecutiva. Cuando me apetece quedarme en casa tranquilamente solo con mi familia y mi perro. Cuando eso es lo que más me suele apetecer.

O cuando es lo que me apetece siempre.

Me gusta estar en casa y preparar algo de cenar (o pedir pizza, si os soy sincera), organizar mi armario y quedarme dormida leyendo un buen libro. Me gusta sentarme en el despacho cuando mis hijas ya se han dormido y escribir durante horas. Me gusta que mi marido quiera ver la televisión por las noches porque así puedo salir y hacer lo que me apetezca. (¿Sabéis lo que me encanta hacer? Darme un paseo cerca de casa haciendo cosas aleatorias, sin motivo alguno, que me resultan relajantes).

En algunos puntos de mi vida, llegué a pensar que estaba mal querer ese tipo de cosas. Quizá al tener ya una edad estoy más cómoda conmigo misma y con mi forma de ser. Soy una persona introvertida que prefiere tener unos pocos amigos íntimos a tener un millón de conocidos. Una persona que saca la energía de sus momentos de soledad.

Algo difícil teniendo dos niñas pequeñas que necesitan a su madre constantemente. O siendo profesora de educación infantil y teniendo alumnos que no paran de decir mi nombre o de levantar la mano para preguntarme dudas. Es algo difícil porque la vida es un no parar.

Pero, ahora que soy consciente de quién soy y de lo que necesito, hacer que pasar tiempo sola sea una de mis prioridades me estimula y me motiva. Puedo decir con orgullo que soy introvertida y que me gusta pasar tiempo sola.

Es un alivio poder soltarlo al fin.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero

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