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Es época de presupuestos

28/09/2012 08:43 CEST | Actualizado 27/11/2012 11:12 CET

Se acabó el verano. Los políticos han vuelto al trabajo en todo el mundo. Hay que elaborar y aprobar presupuestos, en un ritual anual que determina qué van a hacer las democracias del mundo con la mitad de su Producto Interior Bruto.

Este año es especialmente importante a la hora de presupuestar los ingresos y gastos de los gobiernos. Hay muchos elementos involucrados, muchas emociones implicadas. Están en juego resultados de elecciones, la recuperación económica mundial y los destinos de mucha gente. Por mucho que hablemos de responsabilidad individual, lo cierto es que dependemos enormemente de cuánto dinero tiene el gobierno y cómo lo gasta. Es una característica fundamental de la sociedad moderna, nos guste o no. El gasto público nos ayuda a alcanzar valiosos objetivos como los de dar oportunidades educativas a todos, ofrecer asistencia médica y pensiones a quienes llevan toda su vida trabajando y defendernos de las catástrofes, tanto las naturales como las causadas por el ser humano. Pero el presupuesto nos da también a nosotros y a nuestros políticos muchas oportunidades para escoger equivocarnos.

Pensemos en Europa, el epicentro del malestar económico y financiero mundial. Independientemente de que el desempleo se aproxime al 25%, como en España, o esté en un cómodo nivel inferior al 6%, como en Alemania, los políticos hacen todo lo posible para recortar gastos, en un momento en el que los bancos tienen una situación poco sólida y el crédito escasea. Las familias contienen el aliento, aplazan gastos y reducen sus deudas, y las empresas no hacen inversiones ni crean empleo. En un continente en el que el socio comercial más importante de cada país es el país vecino, la gente corriente se ha dado cuenta de que no se ve la luz al final del túnel, ni se va a ver por lo menos hasta dentro de cuatro o cinco años. La austeridad de todos, para todos y por encima de todo parece ser la ideología dominante entre los gobernantes y los políticos. Europa ha caído víctima de su propio éxito de integración: juntos han ascendido y juntos están cayendo.

La situación es igual de mala en Japón. Su deuda es incluso mayor que la de Grecia. Es verdad que la mayor parte de ella está en manos de las familias japonesas y que, además, Japón es una potencia exportadora, uno de los únicos tres países en todo el mundo que pueden presumir de tener un inmenso superávit comercial con China. Pero Japón tiene una sociedad exhausta, envejecida, muy similar a la de Europa. Su sistema político es esclerótico y ha perdido más de 20 años tratando de descubrir cómo superar las consecuencias de una burbuja devastadora.

En comparación con la deprimente situación de Europa y Japón, se podría pensar que Estados Unidos reluce como tierra de oportunidades, dinamismo y decisión. Sin embargo, también a nosotros nos está costando adaptarnos a las nuevas realidades del siglo XXI. Una gran proporción de la fuerza laboral, tanto presente como futura, no parece tener las aptitudes necesarias para competir en la nueva economía globalizada, y muchas de las infraestructuras del país están desmoronándose. Sin embargo, el proceso presupuestario se rige por una serie de prioridades que probablemente reducirán las posibilidades de crecimiento de la economía a largo plazo. Todo lo que se está recortando -educación, investigación, infraestructuras- es fundamental para nuestro futuro económico. En cambio, ningún político se atreve a tocar los programas de prestaciones por miedo a represalias. Y también es intocable, por mucho despilfarro que suponga, una buena parte del gasto de defensa.

No cabe duda de que los déficits públicos y la deuda acumulada han alcanzado unos niveles insostenibles en gran parte del mundo desarrollado. La competencia de las economías emergentes y el envejecimiento de la población hacen aún más necesario abordar el problema. Pero los políticos en Europa, Japón y Estados Unidos están cometiendo dos errores mayúsculos al colocar la austeridad por delante de todo lo demás. El primero es que confunden lo importante y necesario con lo urgente. Lo que es verdaderamente urgente es lograr que la economía vuelva a crecer, no recortar el gasto. La mejor forma de reducir el déficit es hacer que la economía crezca. El crecimiento debe ser lo primero.

El segundo error es pensar que en una economía globalizada e interconectada podemos permitirnos imponer medidas de austeridad de forma simultánea en todos los países. En el siglo XX, los gobiernos solían reunirse y discutir en qué orden tomar las medias políticas de cada uno. Resulta desalentador ver que ahora los gobiernos no se esfuerzan apenas en coordinar sus políticas, en especial las relacionadas con el presupuesto. En un momento en el que las familias no gastan y las empresas no invierten, los gobiernos de todo el mundo no deberían emprender un ajuste fiscal general. Sin una acción concertada, a las economías desarrolladas no les quedará más que un camino: una recesión o casi recesión prolongada y un desempleo elevado durante mucho tiempo.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.