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Angela, la lideresa

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Europa despierta hoy no más alemana, sino más merkeliana que nunca. Que Angela Merkel acaricie la mayoría absoluta en un nuevo y tercer mandato (hay que remontarse, para algo similar, a 1957 y a Konrad Adenauer), con sus rivales políticos y excompañeros de coalición noqueados por los resultados, y en un momento en el que el vendaval de la crisis económica en Europa ha ido laminando a todos los demás jefes de gobierno con los que empezó a codearse en 2005, es toda una lección sobre el carácter alemán... y sobre cómo Angela Merkel sabe interpretarlo.

"Mutti" Merkel, mamá Merkel, pillada con el carrito haciendo la compra en el super un par de días antes de la cita con la urnas, sigue siendo un enigma para los demás líderes políticos europeos. Tras una campaña de perfil más que bajo, directamente plano, sin apenas propuestas ni promesas ni grandes programas, ese 41% de los alemanes que han renovado su confianza en los conservadores del CDU/CSU demuestran que quieren más de lo mismo. Merkel está consiguiendo pilotar el barco germano con suficiente buen pulso como para que la economía esté creciendo, la tasa de paro siga bajando -aunque también los salarios-, la inflación esté bajo control, y con los riesgos de una ruptura del euro, aunque latentes, descartados de momento. Ha asumido sin complejos propuestas de los partidos de centro izquierda, ampliando así su base electoral. Alemana funciona. Y los alemanes quieren más Merkel, siguiendo una lógica aplastante: si algo les funciona, ¿para qué cambiarlo?

Otra cosa son las consecuencias del poder reforzado de la canciller en el resto de Europa. Y especialmente para España, y los demás países del sur que seguimos braceando en medio del temporal -por mucho que nuestros capitantes aseguren que ya ven tierra firme. La victoria conservadora en Berlín nos augura más de lo mismo: desde Europa, bajo la inspiración merkeliana, seguirán apretándonos la tuercas para hacer más reformas, más contención del gasto y más recortes, con el inmenso coste que esa austeridad está teniendo en nuestra sociedad.

A Merkel le gusta justificar sus políticas utilizando tres cifras que disparan las alarmas: Europa tiene el 7% de la población mundial, genera el 25% de su riqueza, y concentra el 50% del gasto social. No es fácil sostener la ecuación, pero este modelo es precisamente lo que ha hecho de Europa un lugar único y un modelo envidiable: en crisis, si, pero el que mejor combate las desigualdades sociales. Ajustar los desequilibrios no significa renunciar al modelo, aunque haya quienes, incluso desde el centro izquierda, han asumido ya que hay que tirar la toalla. Todavía resuenan los ecos del discurso, esta semana, del nuevo rey de Holanda Guillermo Alejandro, en la apertura del año parlamentario; un discurso dictado por el gobierno de liberales y socialdemócratas que anunció el fin del estado de bienestar y su sustitución por la sociedad participativa. La traducción es fácil: menos Estado, menos ayudas públicas. Holanda está acusando ahora la crisis, y su manera de afrontarla responde a las políticas de austeridad que tan mal nos están funcionando a los demás.

Esa es la clave: frente a Alemania, o bajamos los brazos o apostamos por más Europa, una Europa más y mejor coordinada que ofrezca y pelee por otras alternativas.

Una buena noticia para los europeístas es que en el Bundestag no estarán los euroescépticos de Alternativa para Alemania, que querían expulsar del euro a los países del sur. Sin el sector ultra en el parlamento alemán, quizá Merkel sienta que puede aflojar el puño y pactar, con los demás socios, políticas de estímulo que nos ayuden a reconducir una política, hasta el momento, incapaz de mejorar la vida de los ciudadanos.