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Rajoy entra en campaña electoral

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RAJOY
AFP
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El discurso de Rajoy ha sido el pistoletazo de salida de la campaña electoral que nos arrastrará a las urnas por tercera vez en diciembre. Eso, a quienes les queden ganas de votar: no es una locura aventurar que esos sufridos ciudadanos serán, mayoritariamente, votantes del PP.

Para ellos, para los suyos, ha diseñado Rajoy un discurso de investidura leído con tanta apatía que entraban ganas de vestirse de cheerleader y lanzarse al hemiciclo a animarle. Juan Carlos Girauta, el encargado de Ciudadanos de valorar las palabras del candidato, aparecía perplejo ante la prensa: si la fuerza motora que debe impulsar un acuerdo de investidura y gobernabilidad es la que ha lucido Rajoy, aviados estamos, ha venido a decir. El líder del PP no sólo ha ninguneado los 32 votos a favor que aporta su flamante nuevo socio naranja -equiparándolo con el Foro Asturias, el Partido Aragónes Regionalista y UPN- sino que ha omitido deliberadamente cualquier gesto de cariño hacia el Partido Socialista y sus diputados, a los que realmente necesita para quitar el cartel de "En Funciones" a la puerta del despacho que ocupa en Moncloa. Ha repetido robóticamente que España necesita un gobierno fuerte en aras del interés general, sí, pero poniendo la carga de la responsabilidad en los demás sin despeinarse.

Pensaba que Rajoy haría un esfuerzo por seducir a socialistas y nacionalistas

Llamadlo ingenuidad o estupidez, pero yo pensaba que Rajoy haría un esfuerzo esta tarde de agosto por seducir a socialistas y nacionalistas. Es cierto que su rostro, en los últimos días, ya refleja la tormenta por la que está pasando. Saber que serás derrotado en primera y segunda votación después de gobernar con mayoría absoluta, saber que la moción de censura de la cámara será implacable, y que ni siquiera tras morder polvo está garantizada recompensa alguna, es un cáliz muy amargo. Y si los resultados del 26-J reforzaron su liderazgo, ese crédito se ha evaporado. Rajoy es ahora mismo el principal obstáculo para que el Partido Popular gobierne de nuevo.

Hay otro dato que hace pensar que el presidente en funciones ha tirado la toalla y empieza a pensar en los terceros comicios: su defensa de la unidad de España. El único momento de su discurso en el que pareció desperezarse fue en los diez minutos que dedicó a la "amenaza" independentista catalana: fue el Rajoy más clásico, más rocoso, más pepero, el que fideliza a sus votantes envuelto en la bandera de España.

O alguien esconde un arma secreta en el cajón, o estamos abocados a las urnas

Hubo propuestas de pacto en el discurso -financiación autonómica, pensiones, violencia de género, I+D y educación- tan vagas como poco creíbles, que llegan con cinco años de retraso. Pero además, son una obviedad: ningún gobierno podrá legislar sin llegar a pactos fundamentales con los partidos de la oposición.

Mañana es el turno de Pedro Sánchez, que llega al Congreso protegido por el profundo desconcierto que se ha apoderado de los socialistas. Instalado en el triple NO -a abstenerse, a intentar un gobierno alternativo, a las terceras elecciones-, Sánchez aprovechará para desquitarse de todas las humillantes acusaciones que tuvo que escuchar de Rajoy -y de Iglesias- cuando pasó por su propia y fallida investidura. Tras el viernes, vuelta al laberinto con la mirada puesta en las elecciones gallegas y vascas y en la lectura que hacemos de ellas.

O alguien esconde un arma secreta en el cajón, o estamos abocados a las urnas. Y unas terceras elecciones no son lo peor: la pesadilla es que a ellas concurran los mismos candidatos que tanto se detestan entre sí y que tan poca habilidad están demostrando para cumplir con su trabajo.