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Cómo sobreviví a la violencia sexual gracias al deporte

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NADADORA
VICTOR RUIZ GARCIA / REUTERS
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Este año tengo el honor de haber sido invitada al Foro Mundial de las Mujeres de 2016 en Deauville (Francia) como ponente en la sesión del viernes, 2 de diciembre. Su-Mei Thompson, directora general de The Women's Foundation de Hong Kong me entrevistará y me presentará en el marco de la iniciativa bautizada como "Amazing Woman". Cuando me enteré de la noticia, tuve que pararme unos instantes, pues, al fin y al cabo, me sentía más bien ordinaria. Lo que hace extraordinaria mi historia personal tiene que ver con mi experiencia de supervivencia. En la actualidad soy una atleta de alto nivel que ha participado en una larga serie de expediciones para afrontar contextos de lo más peligrosos y hostiles del mundo. Hace unos años, la mayoría de la gente me conocía como una atleta con una carrera jalonada de éxitos: la mujer más rápida en una ultramaratón organizada en los siete continentes, récord Guinness del mundo en el triatlón más largo jamás realizado, entre otras cosas. Pero, por desgracia, esas no son las circunstancias en las que mi vida sufrió sus momentos más débiles; de hecho, durante muchos años tuve que sobrevivir a la violencia sexual y al tráfico humano.
Durante muchos años, estuve convencida de que todo era mi culpa.

Sólo tenía 11 años cuando fui violada por primera vez y, como muchos otros niños víctimas de agresiones sexuales, por una persona de mi entorno en quien confiaba. Ese suceso me propulsó a una espiral infernal de violencia, donde tenía la impresión de volver al punto de partida una y otra vez, hiciera lo que hiciera. Estamos acostumbrados a ver películas donde el superhéroe vuela a socorrer a la víctima y castiga al malo; pero en realidad, sobre todo en el ámbito de la violencia sexual, las víctimas no suelen beneficiarse de ninguna ayuda, pues son juzgadas o culpadas por esas agresiones y, durante muchos años, estuve convencida de que todo era mi culpa. Se suele decir que las víctimas se quedan "sin voz", lo cual es falso. Como explica la escritora hindú Arundhati Roy: "Las víctimas son deliberadamente silenciadas o preferiblemente no escuchadas". Frente a esta indiferencia, cada vez que intentaba escapar de mi situación, me hundía sistemáticamente en un abismo aún más terrible.

Es esa misma indiferencia la que sitúa a millones de personas, la mayoría mujeres y niños, frente al peligro de convertirse en víctimas de tráfico sexual de seres humanos. Ese fue precisamente mi caso: tras haber sido víctima durante numerosos años, tras haber sobrevivido a un secuestro en México, acepté un empleo en Tokio (Japón) a los 19 años, convencida de que mi país de origen era la fuente de todos mis problemas. El puesto consistía en hacer de dama de compañía en una discoteca y en acompañar a un miembro eminente del club, un capo de la mafia, simplemente porque me habían confiscado el pasaporte y tenía que reembolsar la deuda que había contraído al comprar mi vuelo para llegar a Japón desde México.

A menudo me preguntan si alguna vez he tenido ganas de abandonar en una carrera, pero esa idea nunca se me ha pasado por la cabeza, ni una sola vez.

El peor momento de mi existencia fue una noche que salí con amigos, años después de haber dejado ese club. Me desperté en un baño de sangre, con un hombre encima, en un lugar totalmente desconocido, con una llamada al orden que me indicaba que había reembolsado mi deuda, pero que seguía siendo propiedad de alguien. Este instante marcó el momento más difícil de mi vida, no porque fuera la peor agresión que he sufrido, sino porque estaba agotada de intentar salir sin parar de la misma situación. Me fue imposible encontrar a un solo amigo que me llevara a casa a la salida de urgencias, porque, según ellos, empezaban a estar hartos de "mis dramas". A menudo me preguntan si alguna vez he tenido ganas de abandonar en una carrera, y entiendo por qué me hacen esa pregunta; prácticamente he triplicado el anterior récord del mundo del mayor triatlón, pero esa idea nunca se me ha pasado por la cabeza, ni una sola vez.

Cuando has vivido lo que yo he tenido que soportar, entiendes con más facilidad la diferencia entre dolor y sufrimiento.

Cuando has vivido lo que yo he tenido que soportar, entiendes con más facilidad la diferencia entre dolor y sufrimiento. El dolor a veces es necesario para alcanzar la excelencia; el sufrimiento es un tipo de dolor al que es imposible escapar, se queda a tu lado hagas lo que hagas. Ese día, en Tokio, sola en el tren que me llevaba a mi casa, en una ciudad tan lejos de mi casa, sufriendo tanto que ni siquiera era capaz de llorar -porque llorar es una emoción y yo no quería sentir nada-, entendí lo que eran las ganas de abandonar. Hoy en día mi vida no deja lugar al "drama", sólo a la pasión; imagino que se podría afirmar que hay un héroe en esta historia: el sistema y las personas que me han dado la ocasión de escapar a situaciones de vulnerabilidad sin renunciar a mi dignidad. Ese fue el caso cuando emigré a Canadá y me convertí de repente en madre soltera de un niño con una discapacidad. En Canadá encontré la ayuda que me faltaba para conseguir superar esa prueba para que mi hijo y yo misma pudiéramos salir adelante.

La diferencia entre mi vida de antes, en la que sólo conocía la violencia, y mi vida de hoy, en la que sólo entreveo un sinfín de posibilidades, no consiste en tomar decisiones mejor, sino en tener oportunidades mejores. Así que, sí, soy una mujer impresionante; todos estamos en condiciones de alcanzar la excelencia, ya que no son las circunstancias las que determinan si tenemos una oportunidad de lograrlo, sino nuestra capacidad de mantener la esperanza. Aunque el recorrido parezca interminable, como un viaje en tren en una ciudad extranjera y en completa soledad.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano