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'Abracadabra': adiós al machirulo

11/08/2017 07:32 CEST | Actualizado 11/08/2017 07:32 CEST
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La corta pero intensa y coherente filmografía de Pablo Berger demuestra que estamos ante un creador que es capaz de recuperar lo mejor de muchas de nuestras "esencias patrias" y darle una vuelta de tuerca para hacerlas radicalmente contemporáneas y hasta corrosivas. Así quedó de manifiesto en su primera e inclasificable película, Torremolinos 73 (2003), y no digamos en su hermosa y brutal al mismo tiempo adaptación de Blancanieves (2012). Quizás su mejor seña de identidad sea justamente el tener muy asimiladas claves esenciales de nuestra tradición cultural – literaria, cinematográfica, artística en general – y hacer con ellas juegos de malabarismo a través de los cuales nos cuenta historias en las que es imposible no reconocerse.

En su tercer largometraje Berger se mantiene fiel a esos parámetros pero quizás juega con ellos más que nunca. De entrada, porque aunque Abracadabra es sobre todo una comedia, no deja también de encerrar otros muchos géneros, como si fuera un enorme puzzle en el que las piezas no necesariamente encajan pero sí que tienen su sentido. Su historia de hipnotismo y de magia es paradójicamente una historia muy real, casi una fábula con moraleja.

Lo que de entrada puede parecer simplemente un cuento ingenioso, en sus manos acaba convertida en toda una lección de cómo a través de lo narrativo diseccionar la realidad y una vez más hablarnos de nosotros mismos, de problemas actuales, de personas que viven y sobreviven en rutinas mediocres. Berger lo hace además como una mirada crítica pero tierna, porque se nota que el director quiere a sus personajes, incluso a los que nos pueden parecer más malvados e insoportables. Sirva como ejemplo magnífico de esa mirada "jugosa" sobre la realidad, la historia de esa pareja "rara" que vive en un piso que parece un catálogo de IKEA. Ese fragmento, que es como un cortometraje dentro de la película, justifica por sí mismo todo un largo al que nadie puede negar su capacidad de riesgo y su valentía.

'Abracadabra' es por encima de todo una mirada incisiva sobre los machitos que siguen habitando en nuestras sociedades.

La historia de Carmen, interpretada por una superlativa Maribel Verdú que desde ya se merece todos los premios de la temporada, es, por encima de cualquier otra cosa, la historia de una emancipación. La de una mujer de clase media, que vive en un barrio obrero y a la que perfectamente podemos caracterizar por cómo va vestida o por cómo se mueve o habla, que es capaz después de una peripecia "mágica" de tomar partido por ella misma. De no dejarse llevar ni por el sentimiento de culpa, ni por las dependencias emocionales ni por el amor romántico. Que consigue al fin ser consciente de que necesita liberarse del hombre que la maltrata, interpretado por un Antonio de la Torre que parece especializado últimamente en personajes machistas y violentos, y de que la solución a sus dilemas no viene de la mano de otro hombre (aunque se trate del espíritu de Quim Gutiérrez), que pese a su aparente empatía y ternura encierra también una malísima gestión de sus emociones.

Abracadabra es, no solo una película inclasificable, hasta desconcertante por momentos, sino por encima de todo una mirada incisiva sobre los machitos que siguen habitando en nuestras sociedades y sobre las muchas Cármenes que no tienen la suerte de que, por arte de magia, como sucede en la película, sus vidas puedan dar un giro a su favor. Hay en la escena final de la película un llamamiento sereno pero incuestionable a la autonomía de las mujeres, a la necesidad de que al fin en estas sociedades que habitamos nos logremos desprender de unas masculinidades que generan injusticias y dramas. Y en las que al fin las mujeres dejen de estar "hipnotizadas" por machirulos que hacen con ellas lo que quieren, incapaces de salir del cuento en el que con tanta frecuencia no llegan a probar las perdices del final. Esa es, quiero pensar, la principal "moraleja" del cuento que Berger nos ha querido contar haciéndonos sentir como si estuviéramos viendo su película en una vieja barraca de feria en la que el proyeccionista no podría ser otro que un José María Pou escapado de Blancanieves.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.