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¿Por qué los hombres deberíamos estar en la marcha contra las violencias machistas del 7N?

01/11/2015 09:47 CET | Actualizado 01/11/2016 10:12 CET

2015-10-29-1446139609-4105686-marchados.pngEl próximo 7 de noviembre, por vez primera en nuestro país, las calles de Madrid serán ocupadas por, esperemos, miles y miles de voces que reclamarán que la violencia de género se convierta al fin en un asunto de Estado. Gracias al tesón y el impulso solidario de los colectivos feministas durante meses se ha ido fraguando un movimiento que pretende reflejar no solo el dolor que provoca el terrorismo machista, sino también, y sobre todo, la indignación que causa su progresiva devaluación en una agenda pública que cada vez se hace más cómplice de la alianza entre neoliberalismo y patriarcado. Corren malos tiempos para la democracia, y corremos el riesgo de que las conquistas que las mujeres lograron siglos en alcanzar se diluyan bajo una apariencia formal de igualdad. Los datos objetivos demuestran que, pese a los logros jurídicos que en países como el nuestro llegaron a alcanzarse en la pasada década, el patriarca sigue vivo y que, en su versión más extrema, continúa disponiendo de los cuerpos de las mujeres y hasta de sus vidas. Es decir, y como bien explica Ana de Miguel en su libro Neoliberalismo sexual, vivimos en "sociedades formalmente igualitarias", pero que siguen reproduciendo pactos que alimentan una posición desigual de mujeres y hombres. Unos pactos cuya manifestación más terrible continúa siendo la violencia que la mitad femenina, por el simple hecho de serlo, corre el riesgo de sufrir en algún momento de su vida.

Los hombres, que durante siglos nos hemos beneficiado de los privilegios de un contrato social -y del previo sexual- hecho a nuestra imagen y semejanza, no podemos continuar callados ante una situación que debería provocar la rebelión de cualquier demócrata. En unos momentos de reacción "neomachista", que tanto está contribuyendo a generar discursos que generan confusión interesada, y de reafirmación de unas políticas neoliberales que subrayan el modelo del sujeto depredador, es urgente que acompañemos de una vez por todas a las mujeres en su lucha por la igualdad. Ello pasa no solo por incorporarnos a la militancia feminista, sino también por someter a un serio proceso de revisión un patrón de subjetividad masculina que continúa socializándonos bajo el triángulo poder/autoridad/violencia. El que nos sigue marcando, desde que nacemos, para que cumplamos con unas expectativas de género que nos siguen identificando con los sujetos activos, proveedores y que solo saben definirse en negativo, es decir, rechazando todo lo que tiene que ver con las mujeres. De ahí que sigamos también esclavos de una vivencia de la afectividad y la sexualidad que nos convierte en superhéroes y a ellas en cuerpos disponibles. Ahí están, por ejemplo, la pornografía y la prostitución para certificarlo, convertidas en negocios clave de estos tiempos de explotación salvaje.

Me gustaría pensar que ese día será el punto de partida para una revolución que necesita que nosotros mismos nos rebelemos contra el sujeto viril que nos aprisiona y que, insisto, o será feminista o no será.

Algunos hombres, no tantos como sería deseable y no a la velocidad que la justicia de género reclamaría, hace un tiempo que empezamos a plantearnos nuestra propia esclavitud con respecto a un modelo de virilidad que genera víctimas principalmente femeninas pero que también nos amordaza a nosotros mediante una serie de renuncias y crueles exigencias. Como ya planteara a finales del XIX John Stuart Mill, hemos de desaprender la "pedagogía del privilegio" en la que se nos sigue socializando y deberíamos asumir como lucha política la revisión de un orden, el patriarcal, que continúa provocando injusticias.

Por todo ello, y porque deberíamos dejar claro que muchos de nosotros no queremos que se nos identifique con un patriarca nacido para el ejercicio del poder y la violencia, los hombres deberíamos estar el próximo 7 de noviembre siendo más cómplices que nunca de nuestras madres, compañeras, hijas, amigas y vecinas. No asumiendo el protagonismo que siempre nos adjudicamos en lo público, ni queriendo sacar partido a una movilización que han impulsado ellas y en las que ellas deben ser las principales protagonistas, sino como partícipes de un movimiento social que debe dejar claro, de una vez por todas, que una democracia que permite que sus mujeres sean asesinadas, o corran como mínimo el riesgo de serlo, no merece tal nombre.

La marcha del 7N debería servirnos, además, para aprehender definitivamente que todas y todos necesitamos del feminismo como llave para romper definitivamente con un modelo de sociedad que nos sigue marcando como desiguales por razón de nuestro sexo. En este sentido, me gustaría pensar que ese próximo sábado de noviembre será el punto de partida para una revolución que, a diferencia de las que se sucedieron a lo largo de la historia, no acabe olvidando a las mujeres sino que, al contrario, las sitúe en primera línea. Una revolución que necesita que nosotros mismos nos rebelemos contra el sujeto viril que nos aprisiona y que, insisto, o será feminista o no será.

Este post fue publicado originalmente en el blog del autor

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