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Una política revolucionaria del deseo: de los derechos LGTB al género mutable

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A pesar de las muchas conquistas jurídicas alcanzadas en los últimos años en nuestro país -y que contemplo feliz cómo empiezan a extenderse, no sin resistencias, por otros lugares- y de los significativos cambios experimentados en nuestra sociedad en torno al reconocimiento de la diversidad afectivo-sexual, todavía seguimos siendo excesivamente deudores de los esquemas binarios heredados del patriarcado. Un orden cultural que no sólo se consolidó sobre la diferenciación jerárquica entre hombres y mujeres sino que también los hizo sobre la heterosexualidad como línea divisoria entre los deseos públicamente reconocidos y los que fueron ocultados e incluso perseguidos penalmente.

Podemos afirmar que, desde una lógica que podríamos calificar de asimilacionista, los derechos que el colectivo LGTB ha ido consiguiendo apenas sí han modificado los esquemas hetenormativos y, en consecuencia, no han contribuido a apurar al máximo las potencialidades que encierra la diversidad. Y es que, salvo en el caso de algunas construcciones teóricas más especializadas, seguimos sin cuestionarnos realmente las fronteras del género, las estrecheces del binario masculino/femenino y la enorme complejidad ligada a los múltiples deseos que habitan en nosotros.

"Nos forma aquello que deseamos", es la sentencia radical y certera que encontramos en el primer párrafo de la última y estupenda novela de John Irving. Traducida al español como Personas como yo (Tusquets, 2013), su título original refleja con más precisión los temas en los que incide. In one person remite a la cita del Ricardo III de Shakespeare con la que se encabeza el libro: "Así yo en uno solo hago de muchos, y ninguno satisfecho".

Irving nos cuenta la vida de un escritor que desde su adolescencia siente deseos tanto por hombres como por mujeres. Una adolescencia marcada por la bibliotecaria de su pueblo, su atractivo padrastro, el sujetador de Elaine, el abuelo que se vestía de mujer para interpretar personajes femeninos de Shakespeare y un luchador de cuerpo hermoso llamado Kittredge. A través de las peripecias afectivas y sexuales de este personaje con tendencia "a encapricharse de quien no conviene", Irving nos sitúa ante realidades que continúan siendo poco visibles, tales como la bisexualidad o la transexualidad. Tal vez porque dichas identidades, o mejor dicho subjetividades, cuestionan el orden establecido -no sólo el cultural y político, también el jurídico- y por lo tanto ponen en peligro la estabilidad de un mundo, el burgués, necesitado de categorías estables y unidades que garanticen la reproducción del sistema. De ahí la desconfianza, incluso el miedo, que todavía hoy siguen generando: "Aquella gélida noche de febrero de 1978 en Nueva York, cuando yo tenía casi treinta y seis años, ya había llegado a la conclusión de que, debido a mi bisexualidad, las mujeres heterosexuales me catalogarían como hombre menos fiable que la media a la vez que (y por las mismas razones) los hombres homosexuales nunca confiarían del todo en mí".

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The client, de Fernando Bayona (Serie: The life of the other).

La propuesta de Irving es justo la contraria. Tomando como referencia el Ariel de La tempestad de Shakespeare, su protagonista es un hombre cuyo género es definido por el autor como mutable y que, por tanto, escapa a todas a las categorías. De esta manera, el autor americano da en una de las claves que todavía hoy siguen explicando las dificultades que muchas personas tienen para desarrollar libremente su personalidad. Y es que muchos de los problemas políticos, y especialmente jurídicos, que siguen sufriendo por ejemplo las personas transgénero, y en general todos los individuos que se sienten encorsetados en la dualidad hombre/mujer, empezarían a superarse si nuestro ordenamiento plasmara una de las grandes revoluciones pendientes en las democracias. La que debería sumarse a la aún incompleta de las mujeres, y la que representa un avance con respecto a las conquistas del colectivo LGTB. Una revolución que implica entender las identidades no como status sino como procesos, y por lo tanto necesariamente dinámicas y mestizas, con todas las consecuencias que ello supone desde el punto de vista de la definición de la subjetividad como base del disfrute de los derechos fundamentales. Ello nos llevaría a modificar patrones tan resistentes al cambio como son los relativos a los derechos de la personalidad así como los que inciden en un Derecho de Familia todavía deudor de los rígidos esquemas del matrimonio heterosexual. De esta manera, y de ahí lo revolucionario de esta propuesta, el contrato social modificaría sustancialmente sus presupuestos al apoyarse no ya en en contrato sexual hombre-mujer sino en una suma, necesariamente plural y compleja, de subjetividades y modelos de convivencia. Un cambio en el que también el mismo colectivo gay debería modificar sus en ocasiones rígidos esquemas: "Mi existencia misma como bisexual no era del agrado de mis amigos gays; o bien se negaban a creer que de verdad me gustaban las mujeres, o bien tenían la impresión de que en cierto modo yo era poco sincero (o pretendía nadar y guardar la ropa) en cuanto a ser gay. Para casi todos los hombres heterosexuales (...), un bisexual era sencillamente un gay. La única parte de ser bi que acaso percibían los heteros era la parte 'gay'".

En definitiva, la transformación que nos sugiere el libro de Irving se sitúa en la línea de eso que hace ya algunos años mi añorado Joaquín Herrera Flores denominó "una política revolucionaria del deseo". Una política que bien podría tener como lema las palabras que la señorita Frost, la bibliotecaria que fascinó a Billy en su adolescencia, le dijo un día al futuro escritor de género mutable: "Querido mío, por favor, no me etiquetes, ¡no me conviertas en una categoría antes de conocerme!"

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor, Las horas.