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Moda que incomoda

21/04/2016 07:25 CEST | Actualizado 21/04/2016 11:01 CEST

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Foto: AFP

Hiyabs, burkinis, abayas... La llamada moda islámica es objeto de debate desde que enseñas como H&M, Marks & Spencer, Uniqlo o Dolce & Gabbana han incorporado prendas de esta tradición en su publicidad y las han hecho accesibles en el mercado europeo. Las reacciones a este fenómeno reflejan las diferentes posturas que hay en Europa sobre el significado de estas prendas y, por extensión, del lugar de la cultura islámica en nuestras sociedades: desde los que lo interpretan como un signo positivo de apertura y tolerancia religiosa y cultural hasta aquellos que ven en su normalización un mal augurio para las mujeres y la sociedad en su conjunto, pasando por aquellos que no terminan de definirse.

Se puede ser musulmán practicante y estar a la última sería el planteamiento de aquellos que celebran la incorporación de la moda islámica a la moda occidental.

La presencia de prendas de tradición islámica en tiendas y colecciones refleja la complejidad real de nuestras sociedades, visibiliza la diferencia cultural y religiosa, haciéndola más aceptable. Esta sería la tendencia en el Reino Unido, donde no hay restricción al uso del velo y existe además un amplio mercado para estas prendas. No es casualidad que Uniqlo y Marks & Spencer comercialicen allí sus hiyabs y burkinis. Entre los jóvenes británicos musulmanes de segunda o tercera generación la moda islámica está cada vez más extendida. En cuestión de unos años y gracias en gran medida al éxito de blogueras como Dina Tokio o Hana Tajima, las hiyabistas (contracción de hiyab y fashionista) han logrado establecerse como corriente de moda propia y los mipsters (contracción de musulmán y hípster a partir de un vídeo realizado en EEUU en 2014) emergen como un nicho estético particular para jóvenes urbanitas, modernos y musulmanes.

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Moda islámica/Shawn Sun (Wikimedia Commons)

Para los críticos, el significado de estas prendas es inequívoco: buscan ocultar el cuerpo de la mujer porque entienden que es algo, en esencia, pecaminoso. Simbolizan la sumisión de la mujer al hombre y promueven la segregación de género.
Es por ello inaceptable trivializarlas o celebrarlas a través de la moda en sociedades democráticas que proclaman la igualdad de género. Esta es, en términos generales, la postura en Francia, donde, por ley, está prohibido el uso del velo integral en el espacio público y no se permite indumentaria de carácter ostensiblemente religioso en colegios y liceos públicos. Preguntada recientemente sobre el asunto de la moda islámica, Laurence Rossignol, ministra francesa de las Familias, la Infancia y los Derechos de la Mujer, además de condenar a las marcas por su irresponsabilidad en promocionar y lucrar con el "confinamiento del cuerpo de la mujer", planteó una analogía entre las mujeres que escogen portar el velo islámico y aquellos antiguos esclavos africanos que deseaban mantener la esclavitud, sugiriendo implícitamente que aquellas no son conscientes de su sumisión. Sus declaraciones le valieron numerosas críticas, especialmente por haber usado el término histórico nègres para referirse a los esclavos africanos (una petición con más de 30.000 firmas solicita su dimisión); pero también notables apoyos en reconocimiento a su claridad y contundencia (entre ellos, el de la presidenta del Alto Consejo de la Igualdad de Mujeres y Hombres y la reconocida filósofa Elizabeth Badinter).

Suecia emerge como un caso intermedio en el que la sociedad parece mostrar mayor indefinición o flexibilidad en sus posturas. El pasado otoño, H&M incluyó a la hiyabista Mariah Idrissi ataviada de un pañuelo a cuadros en su vídeo promocional 'Close the Loop' y en algunos de los posters de la también firma sueca Åhlens aparecía una modelo con la cabeza envuelta en un vaporoso pañuelo negro. Nada de ello pasó desapercibido en el país escandinavo. La reciente fama de diseñadoras suecas de moda islámica como Iman Aldebe, a quienes las autoridades encargaran el diseño de un hiyab oficial para policías musulmanas, contrasta con voces muy críticas, especialmente las de algunos suecos musulmanes de origen. Éstos ven en la normalización del hiyab una manifestación del triunfo del islam político sobre los principios de laicidad e igualdad europeos.

La aceptación de la moda islámica, y del hiyab en general, se ha convertido en uno de los asuntos de orden cultural más complejos, polémicos y mediáticos que se debaten en nuestro continente. ¿Por qué esta fijación con el hiyab?

El hiyab conjura de manera concreta y tangible los fantasmas de la integración y la radicalización religiosa y lo hace, casualidad o no, a través del cuerpo femenino. Objeto predilecto de juicios, prejuicios, normas y reglas sociales a lo largo de la historia, el cuerpo de la mujer se convierte una vez más en el lugar sobre el que proyectar miedos y reticencias, aspiraciones y reivindicaciones, también incoherencias.
El potencial emancipador de la moda para las mujeres se esgrime como argumento tanto a favor como en contra de la apuesta por el hiyab y otras prendas recatadas. (Conviene recordar aquí que la moda recatada existe también entre otras comunidades religiosas como la judía ortodoxa o la cristiana). Algunos se preguntan, legítimamente, qué es más emancipador para una mujer: ¿la presión por tener un cuerpo perfecto que mostrar en bikini o la presión por cubrirlo con un burkini? Aunque está justificado hacerse esta pregunta, la diferencia, señalan los críticos, radica en que no existe ningún país en el mundo en que se castigue física- y públicamente a una mujer por no querer ponerse un bikini. Marnia Lazreg, académica estadounidense de origen argelino y autora de Questioning the Veil. Open Letters to Muslim Women, mantiene que, en ningún caso, el hiyab debe verse como un trozo de tela inofensivo. La supuesta libertad de elección de las musulmanas occidentales que deciden portarlo voluntariamente no debe hacernos olvidar el otro extremo del continuum a lo largo del cual se despliega el hiyab en el mundo: la opresión de las mujeres en países donde se las castiga sin clemencia por no cubrirse en el espacio público.

Entre las propias mujeres que portan el hiyab hay quienes cuestionan la actitud de las hiyabistas y la apropiación potencialmente indebida del pañuelo y otras prendas islámicas por parte de enseñas occidentales. Si bien celebran, por ejemplo, los hiyabs para deportistas porque permiten a las musulmanas realizar deporte y mejorar su salud, se preguntan: ¿en qué momento la obsesión por estar bella con - ¿a pesar del? - pañuelo se convierte en una muestra de vanidad en lugar de recato? La escritora británica de origen musulmán Shelina Janmohamed recuerda que el consumismo y la obsesión por la apariencia van en contra de los valores islámicos. Señala, asimismo, la contradicción entre la liberación que pueden sentir las musulmanas occidentales que tienen acceso a la moda de masas y la ausencia de libertad de las mujeres musulmanas que fabrican esta moda en otras partes del mundo.

Para los críticos del hiyab y la moda recatada, la manera en que resolvamos su estatus en Europa definirá cómo entendamos y cómo se promueva la igualdad de género entre las generaciones futuras.
Al mismo tiempo, en un momento en que la vida y el futuro de cientos de miles de musulmanes y musulmanas, la mayoría de éstas portadoras del hiyab, peligra en nuestras fronteras, también es legítimo preguntarse si es prioritario volcarse en este debate o si sirve, sobre todo, para alimentar la xenofobia y proyectarla sobre una mayoría vulnerable, las mujeres, dentro de una minoría de por sí vulnerable, los refugiados e inmigrantes de origen musulmán. Quizá, para los que creemos en la igualdad de género y no deseamos ver ninguna forma de segregación en este sentido, el objetivo debe ser planteado en positivo: convencer(nos) a todas las mujeres de que nuestro cuerpo nos pertenece y que, por el bien de todos, debemos escoger aquella indumentaria que nos permita participar plena- y cómodamente, en igualdad de condiciones que los hombres, en todos los aspectos de la vida colectiva.