Cerdos de altura

Cerdos de altura

"Trotando el tiempo, descubrí que el amor que sentíamos en mi pueblo por el cerdo era minúsculo si lo comparamos con la devoción que los chinos le profesan".

Cerdos de altura.CARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

En mi comarca, feraces Montes de Toledo, había una ancestral costumbre, tristemente abolida, que se conocía como “el guarro de san Antón”. Ya no recuerdo si donado por el más pudiente del pueblo o comprado entre todos, se soltaba un lechón en la plaza del pueblo para que se buscara la vida. Este, durante un año, antes de convertirse en el orondo guarro del santo, y con la tenacidad del cobrador de la iguala, se cebaba casa por casa (aquí un puñado de avena; allí las verdeantes pieles de una sandía; en la otra, los restos del ajocano).

En su regalada vida, el gorrinete también podía elegir dónde pasar la noche, y los vecinos en cuya casa repetía alojamiento esperaban, ilusionados, el día grande.

Al llegar el 17 de enero, el peludo, entrado en arrobas, orlado con un lazo festivo, vendados los ojos y sujeto por una soga, era llevado por un pasillo de ávidas miradas que lo iban convirtiendo en chorizos, morcillas, torreznos… hasta la concurrida plaza, donde lo mareaban de vueltas antes de liberarlo. A ciegas, el marrano husmeaba el aire y se perdía, indeciso, por entre las encaladas y estrechas calles.

Urge decir que era un sorteo con patas, y que la primera casa en la que se introdujera se convertiría en la última morada del animal. Durante varios años, para indignación del vecindario, el gocho libre olisqueaba el viento por un instante e iniciaba un trote (cochinero, por supuesto) hasta el corral del alcalde, que ejercía el cargo, así lo declaraba, no por casualidad sino por designación digital, mucho antes de que los computadores intervinieran.

No tan ilustre, pero no menos reveladora de lo que supone un cerdo para las familias con saque y sin cuartos, es la historia de aquellos paisanos míos que compraron un jamón a plazos y dieron el codillo como entrada.

En mi pueblo había, por lo menos, un cerdo en cada casa (me refiero al animal; los hábitos de higiene de alguno de mis paisanos darían para otro artículo, cuya lectura no sería recomendable para acompañar el almuerzo), al que engordaban, más que las bellotas que mitigaban nuestras carencias, las mondas de patata, las frutas tocadas por el pedrisco, los calabacines sietemesinos, y, caníbales ignorantes, los restos de algún guiso con sus ancestros.

Supongo que nuestro guarro de cabecera (el de cuatro patas, digo) tampoco se percataba de las miradas que le dirigíamos constantemente cotejando sus orlas de grasa. Y es que lo mejor de sus carnes no nos estaba destinado, sino que paletillas y jamones eran cambiados por un peso diez veces mayor de lascas de tocino. Trueque que nos aseguraba disponer durante todo el año de algo sustancioso que aliviara la viudez de patatas y legumbres y alumbrara las migas.

Trotando el tiempo, descubrí que el amor que sentíamos en mi pueblo por el cerdo era minúsculo si lo comparamos con la devoción que los chinos le profesan. Y no me refiero a su inclusión como fecha de calendario, sino a la decisión que han tomado, y de la que informó con rigor y amenidad El País en su edición del 16 de abril, de construir rascacielos de hasta veintidós pisos para dedicarlos exclusivamente a su crianza. Edificios automatizados en los que serán engordados por millares gracias a redes de tuberías que suministran el pienso obedeciendo las órdenes del computador, que lo mismo prevé la dieta que detecta al bicho con fiebre o la acumulación de metano en los pisos afectados por la flatulencia.

Por supuesto, el aprovechamiento del detritus para obtener abono y gas combustible está asegurada.

Al parecer, una epidemia de peste porcina esquilmó la cabaña oriental hace cuatro años, y es tal el consumo que los hijos de Mao (a palo seco, sin Coca-Cola) hacen de su carne que el gobierno ha impulsado con entusiasmo cualquier idea que multiplique los puercos.

Para algunos potentados financieros, la idea no es todo lo rentable que pudiera parecer a primera vista, habida cuenta lo caro que resulta echar cemento por encima de una planta sexta y lo poco pudientes que son los inquilinos. También recelan los casi clandestinos ecologistas chinos (que saben lo poco conveniente que resulta oponerse a los proyectos gubernamentales) del impacto que macrogranjas de semejantes dimensiones puedan tener en un medio ambiente tan castigado ya por la industrialización desbocada.

Recuérdese que los chinos son nuestros principales compradores de carne de cerdo y el año pasado les colocamos un millón y medio de toneladas (sin contar los jamones de pata negra, que ya se los han quedado casi todos).

Pero nos falta por conocer la opinión de los principales implicados en esta iniciativa: los gochos propiamente dichos y sin señalar. No estoy yo muy seguro de que las vistas les compensen por tener que hozar en el inhóspito hormigón.

Ni de que hayan diseñado botones de ascensor aptos para sus pezuñas.

Tampoco sé cómo pondrán precio a las chuletas, si serán más caras las de ático que las de entresuelo o si en las etiquetas de los torreznos especificarán que están elaborados con habitantes de pisos exteriores.

Y no excluyo el riesgo de asistir a una oleada de suicidios porcinos, lluvia para la que ningún paraguas está preparado.

En cualquier caso, daría oro por asistir a una junta de vecinos. De fijo que se parecen mucho a algunas, malolientes e interminables, en las que ya tomé parte. Me refiero, por supuesto, a inmuebles anteriores a aquel en que resido actualmente. En este, fueron tantas las facilidades ofrecidas que solo necesité siete años para abrir este restaurante que ahora quiero vender.

Me queda por saber si el porquero, a tono con su situación, se sitúa a la puerta del rascacielos vestido con librea y gorra de plato y sonríe con sadismo cada vez que abre la puerta a los inquilinos que parten, eso creen, de excursión.

En cualquier caso, lo que sí ha quedado demostrado es la visión de futuro de mi querido colega Dabiz, que un día tuvo la idea de llenar su DiverXO de cerdos con alas, con las que pueden, si lo desean, volar desde la azotea de su edificio en busca de mejor vecindario.

Por cierto, el alcalde (a quien el matarife de la Transición le seccionó el cargo) fue a confesarse después de tanto tiempo. Con contrición se arrodilló ante la celosía, que tanto le recordaba a su despensa, y, quitándose la boina, se llevó la mano a su corazón de pana reconociendo que atraía al gorrino utilizando trapos empapados con el flujo de una cerda en celo.

—Olvídalo, hombre, Dios sabrá perdonarte. Y yo también. ¡Qué buena mano tenías para el adobo de las morcillas, jodío!

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He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”