“Los gestos”, ni teatro inclasificable ni teatro arriesgado, teatro del bueno

“Los gestos”, ni teatro inclasificable ni teatro arriesgado, teatro del bueno

El público del Dramático no busca precisamente una tarde de entretenimiento sin más. Ni a pasar el rato por pasarlo.

Elena Córdoba en 'Los Gestos'Luz Soria

Que ya, que ya, que de lo que hay que hablar es de los cambios en la gestión en los teatros en la Comunidad de Madrid y en los del Ayuntamiento de Madrid. Y sería así de no haber visto Los gestos de Pablo Messiez en el Teatro Valle-Inclán del Dramático. Porque como sabrán las personas que están pasando por esta sala la obra se impone por sí misma a quien la ve.

¿De qué manera? Puede que de muchas. Pero lo que es seguro es que la reacción variará a lo largo de esa línea que va de la extrañeza a la conmoción o viceversa. Reacciones que se producen en un público, el del Dramático y más si va al Teatro Valle-Inclán en Lavapiés, que no busca precisamente una tarde de entretenimiento sin más. Ni a pasar el rato por pasarlo.

Para todos ellos, muchos más de los que se cree, ha creado Messiez una obra que, a pesar de hablar y usar códigos, se sale completamente de ellos. Aunque cercana en espíritu a todas sus obras y, desde luego, a la última, La voluntad de creer. Frente a la que es un paso más. Un paso que por otro lado les cambia el paso a los espectadores que se lo cogieron en esta obra que se acaba de citar.

Para centrar el tiro, vayamos con el argumento. La obra gira entorno a unos personajes que se reúnen en un espacio en el que uno de ellos, Topazia, la protagonista, va a montar un bar. Bar en el que ella, que es actriz, va a representar una obra de homenaje a Pasolini. Entre las personas reunidas allí están el autor y director de la obra. La madre de la actriz. Un jovencísimo pianista que se ha contratado para la ocasión. Y un enigmático escritor, que más que escribir lee, como hacen todos los escritores que se precien, que pasaba por allí ¿o no? y se incorpora al reparto de la obra.

Fernanda Orazi y Emilio Tomé en 'Los Gestos'Luz Soria

De locos ¿verdad? Pues no. No lo es. Y aquí empieza la magia del teatro. Pues todos esos personajes acaban adquiriendo un sentido. ¿Qué sentido? Difícil de verbalizar, de poner en palabras, sobre todo, si tras ver la obra hay que escribir para contarlo. Solo hay que revisar las críticas publicadas, entre las que destacan los adjetivos comodines de inclasificable y arriesgada. Así que, si para los profesionales es difícil, cómo será para los espectadores que quieran contarla o verbalizarla. Seguramente más.

El motivo es que lo que cuenta Messiez como en la citada La voluntad de creer es un misterio. En este caso el misterio de porque se hace lo que se hace. Si en el mundo de lo sensible, lo único cierto que se puede hacer es nombrar lo que se ve, pues interpretar lo que se ve ya es una fabulación, y como tal un cuento y, las más de las veces, un cuento chino, ¿qué se hace haciendo arte?

Y, más concretamente, ¿haciendo arte teatral? Un arte de gestos codificados. Una actriz llora. Conclusión del público o de quien lo vea, está triste. Pues no, no sabemos qué le pasa si la persona que llora no lo dice. Incluso, puede llorar sin saber el motivo. Esto está magistralmente planteado en la escena inicial, en la que el enigmático escritor joven se da cuenta de que si quiere ser un buen escritor solo puede nombrar. Y en otra escena que sucede entre la Topazia y el director del teatro. Todo lo demás es falsa poesía, narración, interpretación que lleva, habitualmente, al error a la confusión.

Sin embargo, existe una tradición de gestos. Gestos que no pertenecen ni a los actores ni a los seres humanos de hoy en día en general. Gestos que se han construido a base de educación y civilización. Que con el tiempo han perdido su conexión entre la emoción, el sentimiento o el pensamiento que lo crearon. Pero que sedimentados en los cuerpos sucede, sale a la luz.

Manuel Egozkue en 'Los Gestos'Luz Soria

Entonces ¿cómo es posible hacer una representación? ¿Cómo es posible hacer teatro que cuente lo que le pasa a la gente y no lo que pasa? Y ¿dónde encontrar un espacio en el que sea posible ese teatro que cuenta lo que les pasa? ¿Están preparados los políticos y las políticas para favorecer ese teatro contemporáneo, este sí, necesario?

Preguntas que se quedan como una inquietud en el cuerpo, como una sensación porque están planteadas a base de buena poesía. Y es que esta obra es pura poesía. El trabajo de un conjunto de poetas. El propio director, el elenco que le acompaña y el resto del equipo artístico. Todos increíbles. Nombrar a uno solo no es justo. Sin embargo, ¿cómo no hacerlo?

Como el momentazo en el que Fernanda Orazi, Topazia, se quita la peluca y convoca los gestos y la presencia de una Liza Minelli, para decir una soflama política en la que pide a los políticos determinación para posibilitar la vida antes que, para administrarla, como si en vez de tratar con ciudadanos tratasen con niños. Los gestos repetidos una y otra vez de los políticos. Gestos sin contenido. Gestos aprendidos que, debido a esa desconexión con lo que lo produjo, se interpretan bajo premisas falsas. O cuando al mejor estilo de Mina canta Vorrei che fosse amore.

No son los únicos momentazos. También los tiene Elena Córdoba cuando se lee el libro de Las expresiones o cuando baila o cuando hace ese gesto sacado de una película de terror. O como esa escena en la que Nacho Sánchez lee, simplemente, y adopta una postura, un gesto. De una sensibilidad y una poesía increíbles. O como Emilio Tomé, siempre estando ahí, presente, a hacer la pregunta y a responder a los otros personajes. O Manuel Egozkue, vestido con traje largo y negro e imitando la imitación que hace Topazia de Mina.

Y si hablamos del equipo que no está en persona en escena pero que se ve, también palabras se trata de mayores. La luz de Carlos Marquerie es sutilmente sublime. Y los videos de David Benito potentes sin ser intrusivos, sin cegar o confundir al espectador, aportando belleza al espacio. Tomando protagonismo cuando es necesario. La sutileza también está en el espacio sonoro, en los ruidos sordos, casi inaudibles de lo que pasa fuera de este bar ocupado, ruidos producidos por la vida en su día a día.

Nacho Sánchez en 'Los Gestos'Luz Soria

En conclusión, es mentira que esta obra de teatro sea inclasificable. Se trata de teatro del bueno. Del mejor. Escrito desde la experiencia que da la vida a quien reflexiona sobre lo qué hace, cómo lo hace y para qué lo hace. Y encima lo hace con un uso virtuoso de recursos teatrales, los de siempre, utilizados a la vista del público, sin trampa ni cartón.

Como también es mentira que sea un teatro arriesgado. Término acuñado por una sociedad capitalista en la que el riesgo es siempre económico y que significa que no atrapa el imaginario colectivo de los que pueden y quieren pagar una entrada. Y con ello enriquecerse como una factoría de ficción tipo Disney y sus musicales. Pues no, no hay riesgo porque hay público más que suficiente, y habitualmente olvidado por quienes administran lo público. Una audiencia a la que no le importa viajar entre la extrañeza y la conmoción, o al revés, siempre que ese viaje esté mediado por la belleza de la poesía.

De esa poesía que deja al público sin palabras porque entiende que no necesita verbalizar lo que ha visto u oído. Es consciente de que no lo van a hacer mejor ni con la certeza que lo que lo han hecho los poetas desde el escenario. Y, como ya se ha dicho, esta obra está llena de ellos con Pablo Messiez a la cabeza.

Espectadores que tras esta obra ya no podrán ver el mundo de la misma manera. Ya que habrán adquirido una forma de mirar y nombrar los gestos, como pueden ser los cambios de dirección en unos teatros públicos. Reconocerán en ellos los gestos de la administración (del arte) antes que los de la posibilidad de creación (de vida).

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.