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Emmanuelle Riva, desde una cierta distancia

03/02/2017 07:20 CET | Actualizado 03/02/2017 07:20 CET

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De joven, Emmanuelle Riva poseía una belleza un tanto extraña. Elegante, reservada, introspectiva, distante. Podríamos decir que todo ello muy del gusto de Marguerite Duras, autora del guión de Hiroshima mon amour, la película de Alain Resnais por la que se la conoció mundialmente.

Pienso ahora en la actriz predilecta de la genial escritora francesa, Delphine Seyring, y pienso lo mismo que de Emmanuelle Riva. Escribe Duras sobre Seyring: "Cuando anda, todo su cuerpo se mueve, y no hace más ruido que un niño". ¿Se puede definir la elegancia de un modo mejor? Aunque Riva y Seyring no tuvieran un aspecto físico similar, sí poseían esa belleza extraña, esa elegancia, esa introspección en la mirada. Como si el mundo, tan complicado e injusto, tan enrevesado e inquietante, tan maravilloso e impredecible, fuese algo ajeno por completo a ellas.

Ellas vivían sus propias historias, se mantenían al margen. Y en cierto modo, el mundo transcurría de forma paralela, girando a su aire, incomprensible, imposible de atrapar con facilidad más allá del instante presente. También había una atractiva melancolía en sus ojos, en sus gestos, en sus movimientos. Mujeres de miradas y silencios, de serenidad y pasiones arrebatadas pero controladas, interiorizadas. Eso, al menos, era lo que transmitían sus personajes fundamentales. Y las fotografías que ocupaban lugares destacados en los diarios y revistas especializadas. Aunque aquellas fotografías también captasen sus risas, sus carcajadas, su alegría, su lado más amable, su pasión por el cine y por la vida, naturalmente. Las fotografías que las mostraban a sí mismas, no a sus personajes.

Los ojos de Emmanuelle Riva interiorizaban toda una amplia gama de sentimientos, no necesitaban recurrir a las palabras para expresarse, y un rostro, como escribió Marguerite Duras, fuera de moda.

Resulta, en este sentido, muy conmovedora la risa y la serenidad de Riva, convertida en una lúcida y venerable anciana, recogiendo los numerosos premios que recibió por su impresionante e impecable interpretación en Amour, de Michael Haneke. No se llevó el Oscar -como tampoco lo hizo el año pasado la fascinante Charlotte Ramplig- porque la justicia es un término en desuso y siempre hay una jovencísima Jennifer Lawrence al acecho. Una lástima. (Me temo que este año sucederá lo mismo con Isabelle Huppert, aunque Emma Stone haya realizado una interpretación superior a la de Lawrence aquel año, todo hay que decirlo).

El cine la recordará fundamentalmente por esas dos esenciales interpretaciones. Pero Riva hizo mucho teatro (ahí la descubrió Resnais). Volvió a las tablas recientemente con una obra de Marguerite Duras, Savannah Bay, tan fascinante como desconocida en nuestro país, editada en castellano (como otros importantes, aunque no demasiado conocidos, títulos de Duras: cruzamos los dedos para que sigan traduciendo más textos de la escritora) por Bid & Co. José Luis Gómez quería que Julia Gutiérrez Caba (de quien también se podría decir lo que Duras escribió sobre Seyring: Cuando anda, todo su cuerpo se mueve, y no hace más ruido que un niño) y su sobrina nieta, Irene Escolar, la interpretasen, pero no pudo ser, lamentablemente. La elección de las actrices no podía ser más acertada.

Se ha muerto Emmanuelle Riva, casi en silencio, a los ochenta y nueve años. Con esa cierta distancia que la caracterizaba. Con esos ojos que lo observaban todo, que interiorizaban toda una amplia gama de sentimientos, que no necesitaban recurrir a las palabras para expresarse. Un rostro, como también escribió Duras de Seyring, fuera de moda.

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