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La historia de Vivian Maier

28/08/2015 07:34 CEST | Actualizado 27/08/2016 11:12 CEST

2015-08-24-1440436490-4060213-Vivian_Maier.jpgVivian Maier era una mujer alta, un tanto desgarbada y caminaba, según cuentan quienes la conocieron, como si desfilase en una marcha militar. Tenía un trabajo de niñera. Y una afición secreta: la fotografía. Le gustaba fotografiar a la gente normal y corriente, a los niños al aire libre y a las personas marginadas o golpeadas por la vida que se encontraba a la luz del día o en oscuros callejones. Le gustaba también fotografiarse a sí misma. Su rostro y su cuerpo reflejado en espejos o escaparates. Muestran esos autorretratos a una mujer algo tímida y huidiza, como si la cámara que la fotografiaba fuese en realidad un lugar en el que refugiarse del resto de las miradas. Como si ahí, detrás de la cámara, detrás de sí misma, el mundo fuera un lugar menos peligroso, menos hostil, menos oscuro. Escondida en unas fotos que jamás le enseñaría a nadie: ni las suyas ni las que le hacía a los demás: a la gente normal y corriente, a los niños al aire libre, a las personas marginadas o golpeadas por la vida. Unas fotos que guardaba en cajas. Cajas que, a su vez, guardaba en los garajes de las familias para las que trabajaba. Diferentes familias. Muchas fotos, muchas cajas. Mucho talento que sólo se descubrió tras su muerte, en 2009, casi por casualidad.

Me emocionó la historia cuando la conocí. Y sigue haciéndolo aún más ahora que acabo de ver el estupendo documental Buscando a Vivian Maier. Un chico, John Maloof, el realizador del documental (nominado al Oscar), compra en una subasta una serie de fotografías por trescientos y pico dólares, y así descubre el monumental legado de esta mujer que parecía rehuir la fama, el éxito, el reconocimiento, la multitud. Que sólo parecía centrarse en su trabajo de niñera, en las noticias macabras de los periódicos (leía con avidez los periódicos, los apilaba y almacenaba en su habitación: habitaciones en las casas de las familias para las que trabajaba, siempre cerradas con gruesos candados) y en esas fotografías que realizaba en el mayor de los secretos. Esas fotografías que ocultaba en numerosas cajas. Más de cien mil fotografías realizadas entre Nueva York (donde nació en 1926) y Chicago (donde murió en 2009) a lo largo de varias décadas. Maloof se puso en contacto con varios museos, entre ellos el MoMA. Todos las rechazaron. Organizó exposiciones en galerías, y ahí comenzó el despegue. Los expertos situaron el trabajo de Vivian a la altura de Diane Arbus o Helen Levitt. Entre el horror y la inocencia. En septiembre, la galería Bernal de Madrid expondrá algunas de sus fotografías y un vídeo realizado por la propia artista.

Miro esas fotografías una y otra vez. Sobre todo, las que se hizo a sí misma. Esa mujer alta y un tanto desgarbada, con un ligero aire en el rostro a la escritora Jane Bowles y a la actriz Tilda Swinton (si la historia de Vivian se llevase al cine, creo que Tilda sería una buena opción para interpretarla), con la cámara colgada del cuello y la mirada inquietante, entre la avidez y la serenidad, refugiándose en el cristal que la reflejaba, que la apartaba del mundo que se encontraba detrás de ella (lo cotidiano, lo inocente, lo monstruoso). La miro y pienso en lo extraño y complicado que es todo, en el difícil equilibrio que separa la cordura de la locura, en la fugacidad del tiempo. En la fugacidad de aquella tarde o de aquella mañana, con el rostro de la mujer que fotografiaba en secreto atrapado ya para siempre en el cristal de aquel escaparate, ajena al hecho de que algún día -hoy mismo- alguien la observaría desde el otro lado del mundo.

Este post fue publicado inicialmente en el blog del autor