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¿Cómo estudian ellos hoy?

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Shutterstock.

Veo luces y colores, y velocidades que no conocíamos. Veo un mensaje fugaz que deja marcas incandescentes que resplandecen en 3D. Veo aparatos por todas partes y las ruinas de los precursores de esos aparatos agobiándonos. Veo destellos por aquí y por allá; profusión de luces y sombras en códigos difíciles de descifrar. Veo que las cosas se van concentrando en el aparato y que el aparato va concentrando nuestras vidas. Veo movimientos fortísimos y veo que no los vemos. Y que todo eso se acelera semana tras semana.

Ellos estudian el día antes de la prueba, lo queramos o no; en buena medida porque hacemos las pruebas que hacemos y ellas se resuelven mejor en la inmediatez que con otras estrategias más progresivas y profundas. Pero eso no lo queremos ver. También porque a ellos la inmediatez les encaja bien. Entonces, por todo eso y porque se les dan las reverendas ganas, nuestros alumnos estudian la noche anterior. Solos, encerrados y acostados. A veces hay algún perro o gatito por ahí y siempre hay un celular en la mano buena. Como si ese aislamiento o ensimismamiento o recolección no alcanzara, también siempre están con sus auriculares colocados (no casualmente a Apple se le ocurre reinventarlos ahora; son protagonistas de la vida digital hoy).

Todo lo que allí entra, entra por ese nuevo caño que ahora se llama wi-fi. El celular -para ellos- es una voz en red social, una trama de voces que ocupa su espacio solitario hecha de amigos y no tan amigos, de música, músicas superpuestas, relatos y lecciones, obligaciones mal atendidas y compromisos raros, pitidos, timbres, plips y zuuuns. Su celular les habla y ellos le hablan a él. Es su centro de gravedad.

Él está estudiando hoy porque mañana tiene prueba. No le interesa lo que estudia; no se plantea que le podría interesar lo que estudia. Estudiar es -para ellos- un verbo encapsulado que no tiene peso ni valor relativo. Es lo que es y, periódicamente, toca (como bañarse o como sentarse a la mesa familiar a cenar). Aun así, se puede hacer mejor o peor. Por eso recurre a los resúmenes de sus mejores compañeros, a la consulta con su mejor amigo, a los recursos más prácticos de la Internet más a mano. No se da fuelle, solo le vale lo que le suma en lo inmediato para lo inmediato. Nada de profundidades, invenciones o discusiones; nada de caminos largos y de esfuerzos innecesarios. Video-aula (esas en que un profesor -en general en YouTube, que dicen que ya tiene 20 mil horas de esta categoría en su acervo- explica un tema en un vídeo de no más de 12 minutos) corta y práctica de los temas -o hasta los trucos- de la prueba.

Le cuesta concentrarse -ya lo sabemos- pero en el fondo ni lo pretende. Repite lo que debe recordar o hace ejercicios uno tras otro, como autómata, para que la mecanización fije por repetición. Siempre igual; como si lo repetido estuviera más allá del sentido y como si los ejercicios no tuvieran cuestión. Esos ejercicios para ellos nunca se vuelven problemas. Y muchas veces ni lo requerido tiene sentido ni los ejercicios -nobleza obliga-, cuestión. Él, en general, tiene razón; contribuimos (aunque no lo queramos ver) a que tenga razón. Sea lo que sea, simplemente se lo estudia para rendírnoslos en la prueba. Y de lo que queda, ni de cómo queda, no hay reflexión. Ni en ellos ni en nosotros; menos aún, compromiso.

En la escena de estudio de hoy, en el mundo entero, no hay libros ni textos, ni páginas ni experiencias corridas, ni artefactos que cueste trabajo sostener con las manos, como ya no hay discos, aunque abunde la música.

Nosotros no estudiábamos así. Sin embargo, nos embarazaba el mismo sinsentido. Yo lo recuerdo. Lo mío era mucho más de sentado y "mono-plataforma", con velador y a la tarde, y tal vez acompañado, pero al fin de cuentas, como ellos, yo tampoco iba a ninguna parte con todo aquello. Y aprobaba, por lo general. Como ellos.

Por inclinación profesional busco al libro educativo en todo ese alucinante ecosistema de estudio y no lo encuentro; ni en su versión más folklórica de las mil y pico de páginas encuadernadas en un volumen de tapa anodina, de nombre irrelevante y de precio mareante, ni en cualquiera de sus otras versiones sucedáneas, más baratas pero más etéreas, como los libros digitales y esas cosas.

En la escena de estudio de hoy (en la escena de estudio de hoy en el mundo entero) no hay libros ni textos, ni páginas ni experiencias corridas, ni artefactos que cueste trabajo sostener con las manos; tampoco hay culpas ni pesados imaginarios del deber de saber y academicismos por el estilo. No hay ningún tipo de libro por ahí; como ya no hay discos, aunque abunde la música (yo se que hay abundancias también en esa habitación a propósito de estudiar; es nuestro desafío entenderlas y aprenderlas -como el que en su momento enfrentaron primero iTunes y ahora Spotify, cuando parecía que la música se nos había perdido con la caída de los discos. Tendremos que saber gestionar esas abundancias invisibles del nuevo conocimiento después de admitir la caída de los tótems históricos).

Tu entras al mundo escolar y se siente la tensión soterrada. No nos cabe en la cabeza que esa seriedad que les demandamos desde la escuela pueda ser atendida por tan desmelenada escena de estudio casera y deshilvanada.

No hay ganas, tampoco. Ni de eso que hay que estudiar ni de otras cosas. No hay ganas -creo- porque hemos -nosotros, los educadores- llevado el diseño escolar a unos máximos de tedio casi perfectos. Somos insoportables y por eso no nos soportan. Damos clase hasta en los recreos; siempre sabemos de todo; ponderamos sobre sistemas de organización social, pero también sobre drogas, alcohol, buen vestir, ciudadanía digital, ritmos y tecnologías; nos creemos lo que no somos y contamos historias que no son; nos ponemos nerviosos ante lo bueno y nos crecemos con lo que no sirve; homologamos nuestras voces y nuestros puntos de vista como si lo hubiéramos ensayado por decenios.

Por eso -creo de nuevo- ellos nos atienden así, con esa eficiencia desganada del que anda sobrado. Y es probable que les sobre; pero les sobra de lo que no les demandamos. Justamente. A eso que los alumnos hacen bien no lo reconocemos como valor (esto conecta con aquella abundancia invisible de la que hablábamos más arriba).

Desconfiamos de ellos y de todo su ecosistema. Tu entras al mundo escolar y se siente la tensión soterrada. No nos cabe en la cabeza que esa tamaña seriedad que les demandamos desde la escuela pueda ser atendida por tan desmelenada escena de estudio casera y deshilvanada. Creemos que con ese ceremonial que han montado no están estudiando y que así no se estudia y seguimos apostando por una escena falsa, remedo de un iluminismo estereotipado.

Yo sé que los estudiantes no se están revelando y que este cierto tono épico que trasunta mi prosa no se detecta hoy día en las escuelas del mundo. Eso lo sé. Pero mi insinuación épica, aun discreta, proviene de la potencialidad instalada en esa situación y en esa tensión. Bien llevado, creo que ese desfase esencial entre lo que la escuela cree que pasa y lo que está pasando carga ímpetus de conspiración. El mero paso del tiempo no lo consolidará, pero tal vez sí, si se hacen algunos movimientos que -dios quiera- alguien, en alguna parte, esté incubando. Confío en los emprendedores para esto; ellos suelen ser intuitivos.