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Arquitectura y política(s)

04/11/2017 09:06 CET | Actualizado 04/11/2017 09:06 CET

Ahora que tan de moda parece estar reivindicar la dimensión política de la arquitectura, ahora que arquitectos del prestigio de Rem Koolhaas asumen abierta y públicamente un compromiso político o que, pensadores de la arquitectura como Josep María Montaner, autor entre otros del libro ArquitecturayPolitica y con cuya presencia contaremos en la Bienal de Arquitectura de Euskadi Mugak la semana que viene, asumen incluso responsabilidades de gestión política, ahora que destacados jóvenes arquitectos como Andrés Jaque reivindican la arquitectura como un hacer político... No puede uno sino felicitarse, pero no por ello deja de tener la misma paradójica sensación que tenia de adolescente cuando un grupo musical preferido pasaba a ser mainstream y adorado por todos: por un lado la confirmación de un acierto personal que se ve corroborado por un mayor quorum, por otro lado el despojamiento de una íntima intuición.

Y es que algunos tuvimos la suerte de tener entre nuestros profesores a arquitectos checos exiliados del Pacto de Varsovia, y a arquitectos chilenos que huyeron de la dictadura de Pinochet y con ellos aprendimos bastante rápidamente que sí, que la arquitectura tiene un alto componente político que hay que saber usar, y vimos que hay escuelas de arquitectura en las que se enseña a diseñar vivienda social y otras en las que se enseña a construir edificios corporativos.

Por supuesto que la arquitectura es política. ¿Cuando no lo fue? La arquitectura siempre es expresión de la sociedad que la produce, edifica los valores de esa sociedad y construye físicamente las relaciones de poder, y las hace visibles. Aunque no siempre entrega el código para su correcta interpretación, es cierto. Desde la siempre mencionada relación príncipe-arquitecto, pasando por las escenificaciones barrocas del poder eclesiástico de la contrarreforma y siguiendo por la construcción de las ciudades coloniales o las arquitecturas revolucionarias de Ledoux, el neoclasicismo de los edificios institucionales norteamericanos o los falansterios de los socialistas utópicos del siglo XIX, los valores esgrimidos por las vanguardias de los años 30 y su preocupación por la vivienda o las arquitecturas totalitarias de esa misma época..., el estilo internacional, la recuperación postmoderna de la ciudad, y la fragmentación formal propugnada por la deconstrucción de los 80 y 90 y demás eyaculaciones capitalistas... llegando hasta la desnudez y sobriedad sobrevenida de la arquitectura de los últimos años (crisis mediante), la arquitectura siempre nos habla de la sociedad en que vivimos y de la política que la rige.

Sin embargo recientemente el anuncio del "flirteo" con la politica de ciertos arquitectos con proyección publica no deja de ser noticiada cual descubrimiento de una nueva dimensión o de una faceta olvidada... Es como si la intervención de Oriol Bohigas en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de marzo de 2014 en la que sorprendiendo a sus compañeros de mesa redonda, Rafael Moneo y Juan Navarro Baldeweg, lamentaba la falta de compromiso y en particular de compromiso político por parte de los arquitectos, hubiese sido escuchada y atendida, y hoy cada vez mas y mas arquitectos asumen y hasta reivindican la dimensión politica del quehacer arquitectónico.

Pero no podemos limitarnos a reconocer las implicaciones políticas de la arquitectura, o a revindicar una lectura politica de la misma, sin correr el riesgo de travestir una mera observación en sucedáneo de compromiso político con tratamiento de noticia, eso sí. En estos tiempos en los que sin subvención no hay revolución, es fácil caer en el postureo y pretender que la dimensión política de la arquitectura se juega en el discurso arquitectónico, ése que tanto se predica pero rara vez se practica y no podemos ni debemos dejar el potencial político de la arquitectura encerrado en escuelas, colegios profesionales o instituciones. Hay que llevarlo a la calle y a los hechos, llevarlo al encuentro con la sociedad y contrastarlo con la ciudadanía.

La arquitectura encierra una dimensión politica. Pero la pregunta no puede ser si la arquitectura es o no politica, sino qué política queremos hacer a través de la arquitectura. Y sobre todo, al servicio de quien ponemos la arquitectura. ¿De unos pocos? ¿De los poderosos? ¿O del conjunto de la ciudadanía? Si la Arquitectura es un bien de interés público, que lo es, una herramienta para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, que tambien lo es, cual es entonces el modelo de sociedad que nos plantea la arquitectura del siglo XXI?

¿Qué tipo de sociedad queremos construir a través del quehacer arquitectónico?

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