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¡Que lean lo que quieran!

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Foto: ISTOCK

Ir al cine es un placer, a pesar, incluso, del maldito IVA cultural. Sentarte y disfrutar por algo más de una hora, ajeno al mundo, de esa ficción que has elegido que se desarrolle ante ti.

Ir a un concierto también es un placer. Cantar, bailar y emocionarte a escasos metros de tu artista favorito interpretando los temas que has escuchado cientos de veces.

Cuando vas al cine con tu pareja y elige ella la película, la cosa cambia y, de repente, entiendes a Einstein: un minuto de Whiplash no dura lo mismo que un interminable minuto de Bridget Jones. Si ya a los que acompañas a la sala es a tus hijos y no tienen edad como para esperarlos fuera, la sensación que en tu cerebro puede provocar la palabra cine quizá esté más cerca del sufrimiento físico que de una actividad placentera.

Con un concierto, lo mismo, prueba a escuchar en directo a los Cantajuegos o al que quedó tercero en La Voz hace tres años, y hablamos.

Con la lectura pasa algo muy parecido, pero no nos enteramos. No se puede obligar a veinticinco alumnos a leer el mismo título porque cada uno de ellos tiene gustos particulares, personales y distintos.

Nos bombardean a diario con la "atención a la diversidad", pero cuando llega la hora de enganchar a nuestros escolares al hábito lector nos la pasamos por el forro. ¿Se imagina usted que una señora, a la salida del cine, lo esperara con un cuestionario sobre los pormenores de la historia? Al cine se va a disfrutar, no a pasar una hora y media en tensión intentando recordar cómo llegaron a aquel hotel o quién era realmente Alfred, el conductor del autobús del minuto 52. Por eso, cuando salimos, preguntamos "¿qué te ha parecido?" en lugar de "¿cuántas parejas anteriores al matrimonio había tenido el protagonista?".

Pero los profesores, en las programaciones, incluimos una lista de "Lecturas obligatorias". Y Juan, que tiene 14 años y está en segundo de ESO repitiendo, que escucha rap en sus ratos libres y que ha empezado a salir con Estela, una niña de 4ºB, se va a leer el mismo libro que Saray, que vive en un cortijo y viene al instituto en el transporte, donde solo se relaciona con Clara y Mireia, cosa que preocupa mucho a su madre junto al hecho de que sigue jugando con muñecas. Y ambos se van a leer Abdel, de Enrique Paez, por ejemplo, porque como queremos fomentar la lectura, vamos a ignorar por completo sus gustos personales y los vamos a cuantificar con un examen en el que la primera pregunta será cómo aprendió Abdel a escribir.

En mi clase solo planteo un libro al trimestre, pero es una técnica de psicología inversa, la inmensa mayoría se lee dos.

¡Y queremos que se enganchen a la lectura!

También me encanta que los alumnos se tengan que leer dos libros a la vez. En un país donde el 35% de sus habitantes no lee "nunca o casi nunca", hay centros educativos donde los alumnos tienen, simultáneamente, dos libros de lectura. Obligatorios, por supuesto.

Yo he leído, en algunas ocasiones, más de dos libros a la vez. Los tengo tanto en mi mesita de noche como desperdigados por la casa. Quizá me apetecía un poco de Lezama Lima antes de ponerme con The Martian (me defraudó mucho, por cierto). Otros días pasaba del marciano y me dejaba abducir por Stoner (gracias, Valverde), y ese día ni Lezama ni micción antes de dormir. Pero a mí me gusta leer. Elijo lo que leo y tengo 33 años.

Les voy a contar lo que hago en mis clases.

El acto de leer es obligatorio. Todos los días de clase dedicamos los diez primeros minutos a leer. ¿No se quejaban de que las clases de 60 minutos eran demasiado largas? Les aseguro, incluso, que funciona mejor que el Mindfullness o cualquier otra técnica que el iluminado de turno de su centro les quiera vender por panacea.

Los alumnos eligen libremente los títulos y yo les doy el visto bueno. Normalmente, soy más estricto por lo bajo que por lo alto, quiero decir, no permito un Gerónimo Stilton a partir de segundo de ESO, pero sí acepto una Historia Interminable en primero.

Los cómics están permitidos, ¿han leído ustedes Astérix? He tenido unos cuantos alumnos a los que les gustaba el manga y, gracias a ellos, he descubierto un mundo que, si bien no me atrae, ha aumentado mis coordenadas culturales. Bob Dylan es Nobel de literatura, los cómics son literatura. Prueben a escribir una canción o un cómic.

Nos bombardean a diario con la "atención a la diversidad", pero cuando llega la hora de enganchar a nuestros escolares al hábito lector nos la pasamos por el forro

La relación que se mantiene con el libro no es marital. En cualquier momento posterior a la lectura de las primeras 30/40 páginas, el libro puede ser cambiado por otro previa exposición oral de los motivos. Los alumnos deben tener claro que en algún lugar de la biblioteca del centro, o en su casa, o en la librería hay un libro esperándolos, solo tienen que encontrarlo. Leer no es un coñazo, pero un libro en concreto sí puede llegar a serlo.

Después de la lectura, se debe realizar una reseña de la obra delante de la clase al estilo de los booktubers actuales. Para ello, analizamos en clase algunos canales de estos booktubers y, con ellos, sus técnicas de expresión y trucos. El alumno elige entre grabar un vídeo que visionamos en clase con permiso de la pizarra digital, una presentación de diapositivas o salir delante de los compañeros. Al finalizar, algunos de ellos, voluntariamente, exponen su opinión sobre la exposición, siempre intentando aportar algo positivo y algo negativo. El comentario final me corresponde a mí. Los parámetros que valoramos son: expresión, interés, materiales y originalidad.

Solo planteo un libro al trimestre, pero es una técnica de psicología inversa, la inmensa mayoría se lee dos. Y se lee dos porque los títulos les gustan, y como les gustan se enganchan a la historia, y yo les facilito la adicción porque leemos todos los días, y como están enganchados leen en casa (no todos y no mucho, pero lo suficiente como para leerse dos al trimestre).

Deberían probarlo, los resultados son sorprendentes. Y si quieren, otro día, tratamos el estudio de los clásicos.