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¿Fragmentación financiera? ¿O fragmentación de confianza?

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La palabra fragmentación en estos momentos nos evoca a los mercados financieros de la zona euro. Esta situación de rotura impide, entre otras cosas, que una PYME española no se financie en iguales condiciones que una PYME alemana similar, sino que tiene que pagar un 70% más que sus homólogos alemanes. Que este tipo de empresas se financien en Europa en función de su localización y no de su situación es totalmente contrario al mercado único.

Centrándonos en la fragmentación de los mercados financieros, la Unión Europea, en especial el Parlamento Europeo, está trabajando en diferentes reformas para paliar la creciente división. La Unión Bancaria, sin ir más lejos, podría solucionar este problema de forma casi inmediata. Entonces, ¿cuánto tiempo se tarda en diseñar y poner en marcha un proyecto de este calibre?

Una Unión Bancaria como en la que se está trabajando no es fácil y debe hacerse bien, lo que lleva su tiempo. En esto hay unanimidad. Sin embargo, hay otro factor que afecta a la velocidad a la que esta Unión Bancaria podría ver la luz y que, a veces, pasa desapercibido. Se trata del apoyo de todos los países miembros a este proyecto, a lo que cabría preguntarse si realmente lo otorgan. Pues sí y no.

Sí porque todos los países se han comprometido a llevarla adelante. No porque determinados países, en especial los que se encuentran en una mejor situación económica, dan la sensación de querer ralentizar el proceso. Algunos expertos señalan, no se sabe si con razón o sin razón, que a Alemania podría interesarle que la Unión Bancaria no saliera adelante rápidamente. La causa reside en que uno de los primeros efectos que se espera es la bajada considerable de las primas de riesgo de los Estados de la zona euro y creen que este descenso relajaría la tensión reformista de los países periféricos.

En parte, puedo entender a los países mejor posicionados. En 2011, siendo Rodríguez Zapatero presidente del Gobierno, el presidente del BCE Jean Claude Trichet actuó con contundencia en los mercados secundarios de deuda consiguiendo relajar temporalmente las primas de riesgo de España e Italia. A cambio se pidió una serie de reformas a ambos países, que como sus primas de riesgo se relajaron, nunca emprendieron. Ante la incapacidad de ambos dirigentes de emprender las reformas necesarias, Berlusconi dimitió y Zapatero convocó elecciones generales. Así llegamos a julio de 2012 donde casi nos llevamos por delante el propio euro.

No tengo ninguna duda de que si el proceso reformista se hubiera iniciado antes en ambos países, no hubiéramos llegado a esa situación límite. Por tanto, a veces puedo entender las reticencias alemanas, pero es nuestra obligación convencerles de que hoy el escenario es diferente. Y en ello estamos.

No obstante, si estas afirmaciones sobre las reticencias de Alemania a una rápida implementación de la Unión Bancaria fuesen ciertas, la fragmentación que nos debería preocupar no es la financiera sino la de confianza. Es cierto que no es fácil ponernos todos de acuerdo, pero tal vez deberíamos reflexionar sobre esta división, mucho más dañina para los europeos que cualquier otra desunión.

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