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Gil Parrondo, memoria de nuestro cine

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Tenía 95 años. Su humildad y humanidad iban por delante de cualquier otra cosa. Como debe ser (o debería ser). Eso es lo primero que supe valorar de Gil Parrondo (Luarca, 1921), decorador y amante del cine hasta la médula. El transcurrir del tiempo y la propia naturaleza han hecho que este asturiano, tan reconocido en la profesión cinematográfica, haya dejado de existir. Pero este empeño desgarrador de la vida no podrá arrancar a su familia y amigos su recuerdo disfrutando de sus películas.

Tuve el inmenso placer y la suerte de conocerlo al dirigir mi primer largometraje, Bienvenido Mr. Heston. Un documental que trata sobre uno de los proyectos más reconocidos en su prolija carrera, la película El Cid (1961) de Anthony Mann y protagonizada por Sophia Loren y Charlton Heston. Desde que contacté con él todo fueron facilidades. Siempre que llamaba a su casa contestaba su mujer o una de sus hijas. Llegué a apreciar el inmenso cariño que tenían por su marido y por su padre vía telefónica. En el primer encuentro con Gil, en el Gran Hotel Conde Duque de Madrid, pude disfrutar de cientos de anécdotas aderezadas por un gin tonic, una de sus bebidas favoritas. Este hotel tan cercano a su casa era un refugio para él, un lugar donde pensar y confeccionar sus decorados. También me enseñó un tesoro, los planos y bocetos que dibujó para El Cid.

Gil era la enciclopedia andante de la historia del cine. ¡Qué envidia!, ¡qué memoria tan prodigiosa! (lo dice un joven de treinta años). No le hacía falta recurrir a internet para mencionar cientos de títulos cinematográficos, los años en los que se produjeron y sus responsables. No obstante, siempre le acompañaba en su bolsillo una libretita que consultaba solo para corroborar sus vivos recuerdos donde apuntaba todos y cada uno de sus logros en el séptimo arte. Fecha y título escritos a mano durante más de 70 años de profesión.

Gil Parrondo era la enciclopedia andante de la historia del cine. ¡Qué envidia!, ¡qué memoria tan prodigiosa!

Películas en las que trabajó con grandes figuras del cine nacional e internacional. Es el caso de Orson Welles, David Lean, Henry Hathaway, Franklin Schaffner, Robert Rossen, Stanley Kubrick, Nicholas Ray o Anthony Mann... Y en nuestro país se entendió a la perfección con el director José Luis Garci. Junto a él consiguió cuatro premios Goya con Canción de cuna, You're the one, Tiovivo C. 1950 y Ninette.

Pero su proyección internacional se la proporcionó los premios Oscar, siendo el primer español en conseguir tan distinguida estatuilla en 1970 con Patton. Repetiría esa misma sensación un año después con Nicolás y Alejandra.

Dejando a un lado su faceta profesional, por todos conocida, Gil era, ante todo, un ser humano de los que dejan una huella profunda y un extraordinario recuerdo. Tan extraordinario como era él.

Disfruté como nadie las horas que pasamos juntos en los estudios Buñuel de Madrid trabajando para hacer realidad Bienvenido Mr. Heston. Por cierto, la última grabación en estos platós tan queridos por Gil. Poco después los derribaron para construir viviendas de lujo. El señor Parrondo levantó allí espléndidos decorados de la mano de una de las personas a las que más admiró, el productor Samuel Bronston. Me regaló testimonios inéditos y me confesó estar feliz de poder recordar una de las mejores etapas de su vida.

Hace pocas semanas, conseguimos estrenar en Madrid Bienvenido Mr. Heston, un homenaje al cine español y a su técnicos. A aquellos profesionales que han dedicado su vida a la pasión que compartían con Gil Parrondo. A esta proyección, en el Centro Cultural Conde Duque, acudieron algunas de sus hijas. Entre ellas, Inma, quien me manifestó su cariño y agradecimiento por contar con su padre para narrar esta historia. Me pidió un DVD del documental. En ese instante, y antes de que se proyectara en pantalla grande, se lo acercó a su padre a casa (ya no salía de su hogar). Inma regresó para verlo con nosotros. Cuando finalizó, me dio un gran abrazo y me dijo que le había encantado. Enseguida recibió la llamada telefónica de su padre preguntando cómo había transcurrido la proyección. El público de la sala y Gil lo vieron en espacios diferentes al mismo tiempo. Estaba feliz con lo que habíamos conseguido. Yo respiré hondo y me sentí orgulloso de haber contribuido a preservar parte de su memoria. Unos días después me he escrito con su hija Ana Luz para ir a verle a su casa y recordar nuestro rodaje. No pudo ser porque no se encontraba con las suficientes fuerzas. Hablé con él por teléfono para contarle los avances de nuestra película en común. Estaba contento. Con una sonrisa en la cara, como siempre. Así lo recordaré. Un maestro de los decorados incansable.