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Yo no amo a Cataluña ni a los catalanes

21/09/2017 07:21 CEST | Actualizado 21/09/2017 12:38 CEST
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Ya sé que ahora, entre la progresía, se estila declarar gran amor por Cataluña y por los catalanes pero no es mi caso. Aunque, siento decepcionaros: tampoco los odio. No los amo ni los odio, del mismo modo que no amo ni odio a Extremadura o a la gente que la habita, ni a Soria ni a Murcia... Es que estoy más en la línea de Hannah Arendt.

Me explico: sí, amo casi todos los lugares que conozco de Cataluña. Lógico que los ame porque la mayoría los he visitado atraída justamente por su belleza. Y amo -más o menos, según- a casi todos los catalanes (y sobre todo, catalanas) que conozco. Pero son un número muy reducido en comparación con los siete millones y medio de catalanes que hay. No me atrevo, pues, a extrapolar.

Conocer un lugar y conocer gente nacida allí crea lazos emocionales, por supuesto. No es lo mismo para mí una plazuela que visité y cuya belleza, cuyo encanto, cuya paz o cuyo bullicio me emocionó (y más si anduve por ella con gente querida) que otra que no conozco.

Amo u odio por lo vivido. Hasta ahora nunca me ha ocurrido eso de amar u odiar a alguien por el lugar donde nació. A la gente la valoro por su manera de ser y de estar en el mundo.

Y creo que, hoy en día, el lugar de nacimiento conforma la manera de ser y de estar en el mundo en una dosis minúscula.

La identidad es compleja y construida con muchísimos factores. Nuestro género en primer lugar y también la clase social, el nivel cultural, la ideología, los gustos, las experiencias, el carácter...

Pero, además, actualmente la identidad está atravesada por múltiples influencias provenientes de todas partes del mundo. Hace un siglo (e incluso menos), alguien podía nacer y morir sin otra influencia que no fuera la de su entorno físico inmediato, entorno que, por otra parte, se parecía extraordinariamente al de sus padres y sus abuelos (sobre todo en las zonas rurales). Pero el mundo entró en una fase de cambio descomunal. Ahora, nuestra identidad tiene mucho más que ver con el tiempo que con el lugar. Pero mucho, mucho más. Mi identidad (y la de cualquiera) está más determinada por haber nacido en la segunda mitad del siglo XX que por haber nacido en mi pueblo. Tengo más en común con una mujer actual de Cantabria que con una mujer del siglo IXX que vivió en la misma casa que yo.

Y no creo que nadie, a no ser muy obcecado, pueda pretender que en la vida de un adolescente es más determinante el hecho de bailar sardanas o sevillanas (aunque llegado el momento lo haga y disfrute) que le hecho de tener un móvil, hacer fotos con él y subirlas a Instagram, ser fan de Harry Potter o de tal o cual juego de rol...

No amo ni odio a nadie por el lugar de nacimiento pero tengo claro que aborrezco el nacionalismo.

Una joven de 20 o 30 años ¿cómo se viste? ¿qué come? ¿de qué habla? ¿cuáles son sus ídolos? ¿con qué se divierte? ¿qué tiene más influencia y más peso en la formación de su identidad? ¿aquello que aprendió en su pueblo y que solo se da allí -o en los pueblos del entorno- o la música que ha escuchado, las series y los programas de televisión que ha visto desde antes de echar los dientes y que comparte con millones de personas nacidas en los más diversos países?

No considero positivo despreciar el propio lugar de nacimiento. Mejor, incluso, si "te cae bien" (pero esto es como la familia, no siempre pasa), pero de ahí a elevarlo a categoría suprema, a pensar que es un criterio esencial en tu vida, a venerar esa pertenencia primaria, a aferrarse a ella, a idealizarla, a categorizar a la gente por tal variable...

No comparto el sentimiento nacionalista pero, bueno, hay otros muchos sentimientos que no comparto. Normal. Lo que me irrita de los nacionalistas son tres cosas:

1. Su esencialismo. Crean un "ser nacional" compacto, de contornos precisos que ignora o lamina otros parámetros que para mí son mucho más importantes e interesantes. Verbi gratia, la clase social o los horizontes utópicos de referencia.

2. Su elitismo. Consideran su lugar como bien definido, culturalmente cerrado y no contaminado (en el mundo actual, jejé), con alma inmutable (o sea, que ser vasco ahora es esencialmente lo mismo que serlo hace cien años, por ejemplo) con largas tradiciones... Y creen que los no nacionalistas somos una especie de masa informe. Como cuando los aristócratas piensan que solo ellos tienen antepasados...

3. Su convencimiento de que el mal (moral, político, económico) viene de los otros. Y, por lo tanto, ellos, sin los otros, mejorarían extraordinariamente.

Y por eso, no amo ni odio a nadie por el lugar de nacimiento pero tengo claro que aborrezco el nacionalismo.