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La final de la Champions. Como siempre

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En su vida, una persona puede cambiar de pareja, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol - Eduardo Galeano.

"¿Pero cómo puedes ser activista de toda la vida, de Podemos y del Real Madrid?". Es sencillo vivirlo y, probablemente, imposible de explicar: el fútbol pertenece a la infancia. Tiene que ver con el juego, con competir, con el sentimiento irracional y, especialmente en este tiempo de Historia acelerada, con un cierto aterrizaje semanal en la normalidad.

Hace dos años un buen amigo tuvo un problema de salud. Ya se ha repuesto, pero fue un buen susto para él y su familia. Y para sus amigos, claro. Le operaron dos días antes de la final de la Champions entre el Madrid y el Atleti, después de meses cantando a los cuatro vientos que "este año sí, este año la ganamos", y no iba a poder verla en el bar de siempre, porque se había ido a su pueblo, La Roda (Albacete), a pasar el postoperatorio.

Sus amigos decidimos, ese sábado, hacer dos cosas: ir al bar de siempre a recoger un puñado de las aceitunas que ponen de tapa con las cañas y bajarnos a La Roda a darle la sorpresa. La sorpresa le encantó y lo demás está contado: el gol de Ramos en el 93, la décima y la alegría desbocada.

Hay algo de eso en la afición al fútbol y al Madrid. No es la camiseta, el escudo o la idolatría a los jugadores, que también. El fútbol reúne, desde pequeñitos, a innumerables grupos humanos delante de un televisor y unas cervezas que van fraguando, entre goles y reproches arbitrales, ese tipo específico de relación de amor que solemos llamar amistad. La misma gente, el mismo bar y el mismo ambiente repetidos una vez por semana que terminan por constituir una rutina que te salva de otras rutinas más terrenales: los madrugones, el curro, el paro y las fatigas cotidianas sustituidas durante hora y media por una aglomeración de pasión e ilusiones comprimidas entre dos porterías y cuatro líneas blancas.

En tiempos en que a toda una generación de activistas nos ha cambiado la vida, salimos en la televisión y nos llaman señorías en la moqueta de los parlamentos, los partidos de fútbol son, también, una vacuna contra la idiotización. En el bar de siempre las cervezas saben como siempre, los goles se celebran como siempre y los amigos te tratan como siempre. Agarrarse a raíces sólidas es clave para no echar a volar. En las agendas terroríficas y las vidas dadas la vuelta que nos han tocado, los espacios de tiempo que puedes dedicar a tu gente son una cura de humildad y cariño. Para muchos, esos ratitos tienen al fondo un televisor y la retransmisión de un partido de fútbol soñando con un taconazo de Redondo, un gol de Raúl rebañando la pelota en el área pequeña o una volea de Zidane por toda la escuadra.

Se atribuye a Jorge Valdano haber dicho que "el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes". No es cierto: el fútbol es una cosa sin ninguna importancia en torno a la que se cimentan algunas cosas imprescindibles para sobrevivir.

Por superstición y por amistad, hoy volvemos a La Roda los amigos de siempre. Animaremos al Madrid, como siempre; la cerveza sabrá como siempre, vocearemos y nos abrazaremos en cada gol, como siempre y, siendo el fútbol una cuestión de tradición y rutina, el Madrid ganará la Champions. Como siempre.