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Puchipuchi y la Trotona

29/09/2017 18:14 CEST | Actualizado 29/09/2017 18:14 CEST
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Yo no elegí quedarme a vivir en Barcelona, ciudad a la que pensaba retirarme cuando me jubilara mi cuerpo, que no mi oficio. Pero me quedé sentada. Y mi casa de Madrid no hay manera de adaptarla porque las diferentes administraciones, de aquí y de allí, se saltan las leyes cuando les viene en gana, razón también por la cual Madrid es dura e intransitable para personas con movilidad reducida.

Y Barcelona es una ciudad civilizada, donde no se da ninguna discriminación por ir sentada todo el día. La conozco bien desde los años setenta, y en menos de tres años me ha sido fácil, y me han hecho fácil, sentirme catalanista. Aunque como nacida en Valencia, donde viví dos años, y a lo largo de mi vida residente en Toledo, Córdoba, París, Bilbao y, fundamentalmente Madrid, no puedo por menos que sentirme apátrida.

Por eso y otras razones es casi imposible meterse en la piel de un independentista para alguien como yo, recién llegada como quien dice, y que pertenece a una época, generación y pensamiento en los que acabar con las fronteras y las banderas (y no poner más o cambiarlas), era el sueño en el ámbito de la política.

El Estado nos ha hecho y nos hace daño a todos. Mucho daño. Quizá más a los catalanes últimamente, no lo sé. Y se puede intuir fácilmente que el nacionalismo, una idea simple y potente, sea abrazada por muchos, que se sienten estafados y engañados. Porque ven en ella la justicia que les falta, y además porque sólo se vive una vez, y subirse en este tren tan sentimental debe dar mucho gusto y un subidón de adrenalina, aunque solo sea un rato.

En Barcelona estamos viviendo ahora una guerra con armas verbales y llenas de ira, inimaginables no hace mucho.

Pero el cómo se ha hecho y las consecuencias, que ya se han visto, lo que produce, entre otras cosas, es una profunda tristeza, porque la fractura social, provocada por la falta de profesionalidad del líder de los corruptos del PP y del líder de los corruptos de Convergencia, va a tardar mucho tiempo en repararse. Lo sabemos, sobre todo, los que nos hemos criado en el oscurantismo de una sociedad marcada por el guerracivilismo. Y eso es lo que estamos viviendo ahora en Barcelona. Una guerra con armas verbales y llenas de ira, inimaginables no hace mucho. En uno y otro bando, donde los disparates empiezan a llenarlo todo. Y el dolor que produce lo que vemos y oímos es algo que nunca se lo perdonaremos ni a Rajoy (auténtica fábrica de independentistas) ni a Puigdemont (enciende españolistas). ¡Qué mal lo habéis hecho, mentecatos!

Yo por lo pronto, el fin de semana lo pasaré primero con el loby Un dels nostres, un grupo ecléctico y variopinto de gentes de izquierdas, al que pertenezco mucho antes de venir a vivir a Barcelona. Hemos decidido ir a Colliure para celebrar un acto de desagravio ante la tumba de Don Antonio Machado, al que algunos descerebrados independentistas (hay de todo) han tachado de españolista y anticatalanista, a este hombre que se exilió al final de la guerra tras vivir casi dos años en Barcelona, defendiendo la II República y hablando un perfecto catalán.

Pero también haré excursiones por la bellísima Cataluña, enganchada a la radio, a la que siempre he sido adicta. Y cuando haya un referéndum amparado por la Constitución, reformada o no, que tantos jirones de piel costó conseguirla, iré la primera a votar. Contenta de hacerlo, deseosa, y votaré orgullosa NO. Porque quiero para mi país un federación en la que todos convivamos respetando nuestras diferencias y nuestros deseos. Que los hay.

Que Puchipuchi y la Trotona (motes con los que se conoce en Madrid a Puigdemont y a Rajoy) se vayan y purguen el resto de su vida el daño que nos han hecho a los catalanes y a los filocatalanes.

En todo caso, pase lo que pase en los próximos días, meses o años, para alguien de fuera, pero que ama y vive en Cataluña, la sensación es que las fronteras, no las físicas de momento, pero sí las del pensamiento, los sentimientos, las afinidades y complicidades se han instalado ya irremediablemente. Y esas consecuencias, para los que vivimos aquí, son las peores. Porque las otras, las económicas, políticas, geográficas... no nos las podemos ni imaginar. Y si lo hacemos, fijo que nos equivocamos.

Y causa extrañeza y pena que Barcelona, ciudad que siempre hemos admiramos todos los de mi generación como ciudad abierta y de cultura, vea ya en sus calles, sus casas, sus círculos, las discusiones y enfrentamientos que nunca tuvo. Es como si esa pugna absurda y extraña que no comprendemos los que no somos aficionados al fútbol, se hubiera instalado en todos los entornos sociales: ¿tú, del Barça o del Madrid? ¡Y al enemigo ni agua! Al final, da la sensación de que no es el fútbol lo que les gusta, que no es disfrutar de un partido bien jugado por ambos equipos. Da la sensación de que lo que les gusta es pisotear y ver humillado al que consideran contrario.

Por favor, que Puchipuchi y la Trotona (motes con los que se conoce en Madrid a Puigdemont y a Rajoy) se vayan y purguen el resto de su vida el daño que nos han hecho a los catalanes y a los filocatalanes.

Pues eso.

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