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La izquierda vuelve al redil

24/01/2017 07:22 CET | Actualizado 24/01/2017 07:22 CET

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Foto: EFE

Decía hace pocos días un activista de las redes sociales que él se sentía preparado para todo menos para enfrentarse a sus propios compañeros de partido. Y es que, especialmente en estos tiempos de configuración interna de las organizaciones políticas, los rivales dejan de ser de los otros partidos para pasar a ser los "colegas" del propio. ¿Y qué le van a contar a la izquierda de batallas internas? Cuánta energía, virulencia y audacia desperdiciada en aras de imponer una hipótesis por delante de las otras. Resulta llamativo que la pelea contra el enemigo interno suele ser sin reglas, mientras que contra el contendiente externo todo se percibe mucho más regulado y normativizado. Se da el curioso fenómeno de que, frente a los oponentes internos, la flexibilidad de recursos para el desarrollo de la contienda es máxima (filtraciones a medios, campañas organizadas en redes sociales, eventos internos de una parte, cooptación de apoyos, giros discursivos extremos, extrañas alianzas entre facciones y/o camarillas, uso de los recursos del partido a favor de una parte del mismo etc.) y mínima contra el oponente externo.

La derecha, a diferencia de la izquierda, tiende a usar todo su repertorio, aquí y al otro lado del charco, con los rivales externos o con los internos. Véase Trump con sus propios compañeros del Partido Republicano o con los rivales del Partido Demócrata. Por supuesto la izquierda, transformadora o no, no se queda atrás. A los hechos de los últimos tiempos bastaría con remitirnos con PSOE y UP. La diferencia es que, principalmente en el caso de los morados, la artillería pesada sale a relucir en las guerras civiles y se repliega el resto del tiempo, incluidos los grandes momentos electorales. Se trata de una lucha de clases mal entendida, donde el fin justifica los medios, exclusivamente, cuando se trata de compañeros, tornándose limitada y previsible, paradójicamente, cuando se trata de dar el callo frente al verdadero rival; el establishment y sus defensores en las instituciones. Sería como si, utilizando un símil deportivo, interpretáramos los entrenamientos con los compañeros como el momento del sumo desenlace de la competición y, la principal competición, como el momento de salir con los reservas y declarando cuáles van a ser nuestras intenciones.

¿Se imaginan al entrenador del Eibar declarando en los días previos al partido contra el Real Madrid cuáles son sus líneas maestras para afrontar el partido y, lo que es peor, diciéndolo en serio? Pues eso es lo que lleva más de 30 años haciendo la izquierda transformadora española. Gritar al establishment su declaración de intenciones, en un alarde de honestidad y caballerosidad cual gentleman inglés, dilapidando cualquier intento de alternativa a la línea recta visible porque, esta vez sí, el fin no puede justificar los medios. "Es lo que hay", han dicho siempre, "ya vendrán si quieren", "nosotros somos así", "no somos como ellos" o el ya manido "si hacemos como ellos, nos volveremos como ellos", al tiempo que se cesa al último disidente de turno. Y en esas estamos, después del breve paréntesis que supuso la irrupción de Podemos en sus primeros meses, con un discurso y un planteamiento rompecinturas, las aguas han ido, poco a poco, volviendo a su cauce natural. Al de siempre, al de la rigidez y previsibilidad. Como el agua filtrada que no quiere mancharse del resto de la sociedad, el camino que lleva a Roma será uno o no será. La cooptación de lo más granado de los movimientos sociales, que no de la sociedad civil, así como "la vuelta a las calles", clamando por los problemas con más claridad si cabe, es ya entendida como la nueva tabla de salvación.

Qué quieren que les diga, a mí no me gusta nada la idea de un partido-movimiento de izquierdas y creo que a los de arriba sí les gusta.

Ya ven, como si eso no se hubiera realizado antes y, lo que es peor, sin importar el hecho de poner en peligro la integridad y la independencia de los movimientos sociales, que son útiles a la sociedad precisamente por eso, por ser indomables. Mientras tanto, los de arriba y sus defensores, sin necesidad de declarar intención alguna, en silencio y sin estridencias, van desarrollando sus planes. No les hace falta gritar, son más radicales que eso; ejecutan de manera inapelable y no tienen complejo alguno en adoptar la forma que sea necesaria. Sus disputas tienen el motivo de saber quién de entre ellos va a ostentar el poder porque la victoria es dada por segura. Están y tienen aliados en todas partes.

Y es que las hipótesis, políticas o no, son eso, cuestiones por verificar, si es posible por la razón o la evidencia científica que, en el caso de la política institucional, sólo pueden probarse objetivamente ciertas de dos maneras; consiguiendo mayoría de escaños y/ o materializando leyes que transformen cosas. Ambas suelen estar, como es lógico, muy relacionadas, si bien es posible ayudar a desarrollar y aprobar leyes con la ayuda de otros sin haber conseguido mayoría institucional. Y yendo a lo concreto, lo que tenemos hoy son cuatro fuerzas políticas, tres de las cuales parece que están llegando a ciertos entendimientos, mal que nos pese, y una que está bastante lejos de bastarse por sí misma, al tiempo que carece de otros apoyos institucionales. Hagan ustedes cuentas, a ver qué sale.

Con PP y Ciudadanos no es posible, y el PSOE, con el que parecía que podía haber habido un mínimo hilo de entendimiento (de otra manera no habrían quitado de en medio al anterior secretario general) ya está cerrando filas. En esta tesitura, la vía institucional está, a todas luces, cerrada, pero estuvo abierta durante un periodo de tiempo nada desdeñable. No es cierto que, como indica Manolo Monereo, la máquina electoral diera todo lo que podía dar de sí. La máquina estuvo medio gripada y orientada, casi en exclusiva, a un electorado que se considerara nítidamente de izquierdas en las dos elecciones generales. Cuando se nombran los 5.000.000 de votos obtenidos por UP en las elecciones generales, siempre se obvia hablar de que allí estaban Izquierda Unida, Equo, Compromís, Izquierda Anticapitalista y muchos pequeños partidos de corte izquierdista o soberanista. La apelación a una parte de la sociedad, y no a la totalidad, que tenía que pasar por aros demasiado estrechos antes de votar a la formación, obtuvo resultados moderadamente satisfactorios. Aquello de eliminar barreras discursivas y simbólicas, con el fin de seducir a una amplia mayoría, fue ejecutado siempre de manera parcial y limitada, sin grandes asunciones de riesgos después de las elecciones al Europarlamento. Y a pesar de ello, la receta del diputado andaluz, ex miembro de la dirección nacional de IU y PCE, es la de ser mejor y más pura izquierda. Tan simple como alejarse del PSOE y hacer más visibles las diferencias con ellos a nivel central, sin caer en la cuenta que a nivel autonómico/municipal se mantienen pactos con ellos.

Qué quieren que les diga, a mí no me gusta nada la idea de un partido-movimiento de izquierdas y creo que a los de arriba sí les gusta. Me gustaría una verdadera máquina electoral para luchar por las instituciones, desde las cuales es posible apoyar el desarrollo de diferentes iniciativas de la sociedad civil, y unos movimientos sociales independientes, lejos de ser instrumentalizados o tutelados por ningún partido, capaces de organizar su propia agenda y discurso movilizador. ¿Recuerdan el 15 M, la PAH o Stop Desahucios abriendo camino? Pues eso, no volvamos a lo de ser paternalistas.

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