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La vida simple

11/05/2013 09:59 CEST | Actualizado 10/07/2013 11:12 CEST

Me había prometido vivir como ermitaño en el fondo de los bosques, antes de cumplir los cuarenta años. Me instalé durante seis meses en una cabaña siberiana a orillas del lago Baikal, en la punta del cabo de los Cedros del Norte. Tenía el pueblo más cercano a ciento veinte kilómetros, ningún vecino, ni rutas de acceso; a veces, una visita. En invierno, temperaturas de treinta grados bajo cero, en verano osos en la ribera. En resumen, el paraíso.

Llevé libros, puros y vodka. El resto -el espacio, el silencio y la soledad- ya estaba allí. En ese desierto me inventé una vida sobria y bella, viví una existencia reducida a gestos simples, miré los días pasar, frente al lago y al bosque. Corté leña, pesqué la cena, leí mucho, subí a las montañas y bebí vodka, mirando por la ventana. La cabaña era un puesto de observación ideal para captar los estremecimientos de la naturaleza.

Conocí el invierno y la primavera, la felicidad, la desesperación, y, finalmente la paz.

En el fondo de la taiga, sufrí una metamorfosis. La inmovilidad me dio lo que ya no me daba el viaje. El genio del lugar me ayudó a domesticar el tiempo. Mi retiro se volvió el laboratorio de esas transformaciones. Todos los días consigné mis pensamientos en un cuaderno. Ese diario de ermitaño es lo que tenéis en las manos.

Febrero. El bosque.

La marca Heinz comercializa unas quince salsas de tomate distintas. El supermercado de Irkutsk las tiene todas y no sé cuál elegir. Ya llené seis carritos con pasta y tabasco. Me espera el camión azul. Micha, el chofer, no ha apagado el motor, y afuera hace treinta y dos grados bajo cero. Mañana nos vamos de Irkutsk. En tres días llegaremos a la cabaña, en la costa oeste del lago. Debo terminar las compras hoy. Elijo la Tapas Super Hot de la línea Heinz. Me llevo dieciocho frascos. Tres por mes.

Quince clases de ketchup. Es por cosas así que tengo ganas de apartarme de este mundo.

9 de febrero

Estoy acostado en mi cama en la casa de Nina, calle de los Proletarios. Me gustan los nombres de las calles en Rusia. En las aldeas se encuentra la «calle del Trabajo», la «calle de la Revolución de Octubre», la «calle de los Partisanos», y, a veces, la «calle del Entusiasmo», por la que circulan lentamente viejos autos grises.

Nina es la mejor hospedera de Irkutsk. Antes fue pianista, se presentaba en salas de concierto de la Unión Soviética. Ahora lleva una casa de huéspedes. Ayer me dijo, «¿Quién habría dicho que un día me transformaría en una fábrica de panqueques?». El gato de Nina ronronea sobre mi panza. Si yo fuera un gato, ya sé sobre la panza de quién me calentaría.

Estoy en el umbral de un sueño que ya tiene siete años. En 2003 estuve por primera vez en las orillas del Baikal.

Caminando por la playa, descubrí cabañas regularmente espaciadas, pobladas por ermitaños curiosamente felices. La idea de escaparme al amparo de esos montes, solo, en el silencio, se abrió camino en mí. Siete años después, heme aquí.

Necesito reunir la fuerza para sacarme de encima el gato. Levantarse de la cama exige una energía formidable. Sobre todo a la hora de cambiar de vida. Este deseo de dar media vuelta cuando uno está a punto de tomar lo que desea. Hay hombres que retroceden en el momento crucial. Tengo miedo de pertenecer a esa especie.

El camión de Micha está cargado hasta el tope. Para llegar al lago, cinco horas de ruta a través de estepas heladas: una navegación, por las cimas y hondonadas de un oleaje petrificado. Hay aldeas que humean al pie de las colinas, vapores suspendidos de las alturas. Frente a visiones como éstas, Malevich escribió: «Quien haya cruzado Siberia nunca más podrá postularse a la felicidad». Desde la cima de una cresta, aparece el lago. Hacemos un alto para beber. La pregunta, después de cuatro tragos de vodka: ¿por qué milagro la línea del litoral coincide tan perfectamente con los contornos del lago?

Liquidemos de una vez las estadísticas. El Baikal, setecientos kilómetros de largo por ochenta de ancho y un kilómetro y medio de profundidad. Veinticinco millones de años. En invierno, una capa de hielo de ciento diez centímetros. El sol se burla de estos datos. Irradia su amor sobre la superficie blanca. Las nubes filtran rayos, un tropel de placas de luz se desliza sobre la nieve. La mejilla del cadáver se ilumina.

El camión parte sobre el hielo. Bajo las ruedas, un kilómetro de profundidad. Si caemos en una falla, la máquina se hundirá en lo negro. Los cuerpos caerán silenciosamente. Lenta nieve de los ahogados. El lago es una caverna soñada para quien le teme a la podredumbre. James Dean quería morir dejando «un bello cadáver». Los pequeños camarones Epischura baikalensis limpiarán los cuerpo en veinticuatro horas y no dejarán más que el marfil de los huesos en el fondo de las aguas.

14 de febrero

La última caja es una caja de libros. Si me preguntan por qué vine a encerrarme aquí, respondería que tenía lecturas atrasadas. Clavo una plancha de madera de pino encima de mi camastro y acomodo sobre ella mis libros. Traje unos sesenta. En París tuve el mayor cuidado en hacer una lista ideal. Cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío. El error sería elegir exclusivamente lectura difícil imaginándose que la vida en los bosques lo mantiene a uno en un alto grado de temperatura intelectual. El tiempo se hace largo cuando no hay más que Hegel para una tarde de nieve.

Antes de la partida un amigo me aconsejó llevar las Memorias del Cardenal de Retz y el Fouquet de Morand. Yo ya sabía que nunca hay que viajar con libros que evoquen el lugar de llegada. En Venecia, leer a Lermontov, pero en el Baikal, a Byron.

Vacío la caja. Tengo a Michel Tournier para las ensoñaciones, a Michel Déon para la melancolía, a Lawrence para la sensualidad, a Mishima para los fríos de acero. Tengo una pequeña colección de libros sobre la vida en solitario: Grey Owl para la radicalidad, Daniel Defoe para el mito, Aldo Leopold para la moral, Thoreau para la filosofía, aunque sus sermones de contable calvinista me fastidian un poco. Whitman, por su parte, me encanta: sus Hojas de hierba exhalan gracia. Jünger inventó la expresión de «recurso a los bosques», tengo cuatro o cinco de sus libros. Un poco de poesía y de filosofía también: Nietzsche, Schopenhauer, los estoicos. Sade y Casanova para calentar la sangre. Novelas policiacas de Série Noire: a veces hay que entretenerse. Algunas guías naturalistas de la colección Delachaux y Niestlé sobre pájaros, plantas e insectos. Lo menos que se puede hacer cuando invita el bosque es saber el nombre de los dueños de casa. La indiferencia sería insultante. Si viniera gente a mi departamento para instalarse por la fuerza, querría al menos que me llamasen por mi nombre. Los lomos de los volúmenes de la Pléiade brillan a la luz de las velas. Los libros son íconos. Por primera vez en mi vida, leeré un libro de una sola vez.

sylvain tesson

Extracto del libro La vida simple, de Sylvain Tesson, editado por Alfaguara y traducido por César Ayra. Obtuvo el premio Médicis al mejor ensayo en 2011.

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