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Los frentes de Nicolás

24/02/2016 07:17 CET | Actualizado 23/02/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

La planificación estratégica es básica para consolidar un buen gobierno, ganar una batalla, o sacar adelante a una nación a mediano y largo plazo. Cuando teníamos Gobiernos de alternancia democrática, en los 60, 70, 80 y mediados de los 90, aunque ya tocado por la sombra del golpismo, existían los planes de la nación, presentados anualmente y realizados por expertos en todas las ramas, que, cumpliéndose o no, por lo menos tenían un rumbo por el cual guiar las políticas publicas y reclamar cuando no se cumplían.

Hoy, ni el propio Maduro sabe a dónde va. Los planes de la Patria no son más que plastilina amoldable a como le convenga al presidente. El presupuesto anual de la nación se transforma en letra muerta entre el papelillo que es ahora la moneda venezolana, y además, a Nicolás y su séquito les encanta improvisar en aquello de "como vaya viniendo, vamos viendo".

Lo que sí tiene claro el régimen son los frentes que debe mantener para tratar de someter a la oposición democrática y controlar a la población: La Fuerza Armada, los magistrados y jueces, la impunidad de los grupos armados de la revolución, el control de la moneda y las divisas, el control de los medios de comunicación y lo que éstos pueden informar, el control de la distribución de alimentos y medicinas, pero sobre todo, el continuo enfrentamiento, el discurso violento y las amenazas contra empresarios y gremios, contra periodistas y cualquiera que les reclame.

Para ejemplarizar su poder y demostrarle a la gente el control que tiene sobre el poder judicial, el régimen mantiene encarcelado a 79 personas, políticos, diputados electos, militares, estudiantes, jóvenes, mujeres, tuiteros y gente común. Cada uno de ellos es un motivo. Y además, son sometidos a tratos crueles, inhumanos y degradantes para que los venezolanos sepan lo vil y malos que pueden ser y sembrarles temor.

Que Vasco Da Costa haya bajado 30 kilos y tome agua de la poceta porque no hay agua en la cárcel donde está, que Efraín Ortega tenga tromboflebitis en miembros inferiores, haya padecido hepatitis B y C y esté muy mal de salud, que Gerardo Carrero tenga más de 32 abcesos infectados en la piel, o que presos hayan sido torturados con asfalto caliente en sus genitales, que les hayan dado comida descompuesta y con gusanos, que les hayan restringido los alimentos hasta llevarlos al punto de la desnutrición, que los mantengan a 15 metros por debajo de la superficie terrestre en una Tumba, no es casualidad, ni mala administración carcelaria, ni "descuido". Es parte del terror psicológico y social que el régimen impone para dominar y para demostrarle a la mayoría opositora que todavía manda y que si no le importa maltratar de esta forma a quienes están bajo su custodia a pesar del escándalo, porque son presos políticos reconocidos, qué pueden esperar el resto de los mortales venezolanos.

De este modo, Maduro mantiene su frente de guerra. Y reta públicamente a los militares a que den un paso al frente en defensa de un sistema fracasado, hambreador, hazmerreír del mundo entero. Además, la Asamblea Nacional saliente, la que estaba controlada por Diosdado y su combo, le hizo el regalo final al nombrar en los últimos días a los magistrados que conformarían el frente contra las decisiones de la Nueva Asamblea Nacional. Claro, Maduro no quiere hundirse solo. Él quiere que lo acompañe el Poder Judicial y la Fuerza Armada.

Quien está perennemente tratando de fortalecer y consolidar sus frentes de batalla para mantenerse en el poder a costa de lo que sea no cree en la amnistía, y mucho menos en la reconciliación. La amnistía libera y devuelve al país a quienes durante años han realizado una férrea lucha por la democracia y el Estado de Derecho, y la reconciliación entre los venezolanos le quitaría al porcentaje de ciudadanos que todavía domina a cuenta de dádivas, del miedo que les impone al decirles que les quitará lo que el Gobierno les ha dado o de amenazarlos con sus puestos de trabajo en la Administración pública.

Solo un Gobierno fuerte, sólido y que cree en sí mismo es capaz de aceptar sus culpas y remediarlas, de aplicar justicia donde tenga que aplicarla, de llamar a la reconciliación del pueblo para intentar remar hacia delante con todas las fuerzas, hacia la transición, y buscar la forma de salir de los atolladeros profundos en los que se encuentra sumergido. El Salvador, Guatemala, Chile son ejemplo de esto. En cambio, el débil Gobierno venezolano, que se mantiene a la fuerza, que reprime y persigue en todas las formas a la población, no tiene ningún interés en ceder, en escuchar, en llamar al diálogo.

Lo que nunca se imaginaron es que se enfrentarían por primera vez en mucho tiempo a un frente mayoritario escogido por el pueblo. Que perderían estrepitosamente el 6 de diciembre su mayoría en la Asamblea Nacional. Que el pueblo, harto de tanto circo y poco pan, le dijo sí al cambio y votó por la alternativa democrática. Ahora, Nicolás tiene quien le responda, quien le exija, quien lo controle y quien denuncie y procese las arbitrariedades, la corrupción y la ineptitud de 17 años de atraso para nuestro país.

Tampoco previó el régimen de Maduro, por la ceguera y sordera que siempre ha padecido para enfrentar los verdaderos males del país, que su frente opositor más contundente iba a ser la población hambrienta y desesperada, esa gran masa que está buscando leche para sus hijos, porque ahora ya no lloran porque se cayeron o porque otro niño les pegó..., ahora lloran ¡porque tienen hambre!

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico venezolano La Razón

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