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En el reino de 'Juego de tronos'

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Foto: EFE

Nadie puede, ni podrá en un futuro cercano, con ella. Los Emmy vuelven a coronar a Juego de Tronos y afrontan el reto de intentar sorprender en otras categorías.

La suerte de Juego de Tronos en los Emmy es la opuesta a la que tuvo Lost, lo que no deja de ser interesante teniendo en cuenta que ambas series comparten algunas características: ambas fenómenos de gran popularidad, ambas pertenecientes a la ficción de género y ambas con un reparto coral. Observar y comparar el trato que obtuvieron por los Emmy sirve para retratar dos caras muy diferentes de los premios de la televisión estadounidense, que emergen en función del sistema de votación que aplican.

Cuando Lost ganó en su primer año, el sistema de votación involucraba a todos los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias de la Televisión (un colectivo que actualmente alcanza los 18.000 votantes). Pero en su segundo año, los Emmy cambiaron el sistema de votación, instaurando los blue ribbon panels, jurados reducidos de una docena de personas. Ese año, Lost ni siquiera fue nominada como mejor drama, a pesar de haber ganado el año anterior. Eso ocurría en 2006, y este sistema se mantuvo vigente durante el resto de recorrido de Lost (que no volvió a ser nominada en la máxima categoría) y el inicio del recorrido de Game of Thrones, que durante sus primeros años no logró ganar como mejor drama. De hecho, la primera victoria como mejor drama de la serie de HBO, ya en su quinta temporada, fue en 2015, coincidiendo con la anulación de los blue ribbon panels y el regreso del sistema de votación abierto a todos los miembros de la academia. Este sistema es el que se ha mantenido también este año, en el que Juego de Tronos ha repetido como mejor drama, consolidando su posición.

Si no se hubiera cambiado el sistema de votación, ¿habría ganado Juego de Tronos como mejor drama alguna vez? Y si no se hubieran incorporado los blue ribbon panels, ¿quizás hoy Lost acumularía múltiples victorias en los Emmy? Realizar estas hipótesis permite observar hasta qué punto los premios televisivos pueden ser arbitrarios: en función del sistema de votación que se elija, aparecen dos formas muy diferentes de juzgar las series. Parece que sistema de los blue ribbon panels favorece a series con bajos índices de audiencia pero con un gran prestigio entre la crítica debido a su calidad innegable, como Mad Men, que ganó consecutivamente de 2008 a 2010, mientras que el sistema de votación abierto a todos los miembros de la academia beneficia a las series más populares y perjudica a otras ficciones más minoritarias, aunque sean consideradas una delicatessen por los expertos en la materia, como por ejemplo The Leftovers, premiada en los Critic's Choice Awards pero ignorada por los Emmy en 2015 y en 2016. En ocasiones hay series que logran poner de acuerdo a unas perspectivas aparentmente enfrentadas, como fue el caso de Breaking Bad. Y luego hay series que, por incómodas, nunca ganan un Emmy, sea cual sea el sistema de votación. No hay más que pensar en The Wire para recordar que todo premio tiene sus lagunas.

En el reino de Juego de Tronos, los Emmy tienen el reto de intentar introducir nombres nuevos para sorprender a los espectadores y también para que la lista de premiados reflejen mejor la realidad del medio, que tiene más series que nunca en emisión.

Pero volvamos al presente. Juego de Tronos ha vuelto a ganar como mejor drama por su segunda vez, confirmando que los Emmy se han rendido definitivamente a sus pies. El actual sistema de votación y la fuerza centrífuga del fenómeno que rodea la serie, cada vez más grande, garantiza que esto es sólo el principio y que el reinado de la ficción basada en las novelas de George R. R. Martin no ha hecho más que empezar. Si no vuelve a cambiar el sistema de votación, difícilmente habrá otra serie que le pueda hacer frente en su categoría durante los próximos años (incluso después de su final, pues está por ver si no la releva una precuela o spin-off que herede su popularidad). El hecho de que, además del premio al mejor drama, haya ganado también el de mejor dirección y el de mejor guión por el episodio Battle of the Bastards (el primero merecido, el segundo cuestionable) es un indicativo de que la serie tiene a los votantes de los Emmy en el bolsillo.

Los incondicionales de Juego de Tronos estarán encantados con la idea, pero es inevitable que las victorias de la serie en los Emmy acaben cansando a largo plazo. Lo que el año pasado fue una sorpresa, este año ha sido previsible, y el año siguiente... Los Emmy, como espectáculo, pierden con la repetición. Y este año no ha sido sólo que haya repetido Juego de Tronos. También lo ha hecho Veep, que va camino de iniciar un reinado similar en el terreno de la comedia. La categoría de miniseries evita esta rutina, pero tampoco ayuda que una sola ficción, American Crime Story, acapare todos los premios, por mucho que haya sido un fenómeno mediático en Estados Unidos.

En el reino de Juego de Tronos, los Emmy tienen el reto de intentar introducir nombres nuevos para sorprender a los espectadores y también para que la lista de premiados reflejen mejor la realidad del medio, que tiene más series que nunca en emisión (por algo llamamos Peak TV al momento actual), muchas de una calidad excepcional, creando un paisaje televisivo diverso y rico en matices. Esto es, precisamente, lo que los Emmy han intentado hacer este año a través de las categorías interpretativas, que son las únicas en las que es más fácil que Juego de Tronos se vaya con las manos vacías (por un lado, se trata de una serie coral, y por el otro, tiene a más de un nominado en cada categoría, por lo que el voto se divide). Así, las sorpresas más agradables de esta edición han sido la victoria de Tatiana Maslany como mejor actriz de drama por Orphan Black y de Rami Malek como mejor actor de drama por Mr. Robot, seguidos por el premio a Ben Mendelsohn como mejor secundario (aunque esto último algo incomprensible, teniendo en cuenta que su papel en Bloodline fue más memorable en la primera temporada que en la segunda).

Son necesarios más premios en esta dirección, y menos galardones para actores ya premiados en años anteriores, como Maggie Smith o Jeffrey Tambor. Esto también incluye a Julia-Louis-Dreyfus, aunque en el caso de la protagonista de Veep es evidente que no tiene rival. Quizás sería interesante aumentar el número de categorías (en vez de incluir más nominados, que es lo que se ha hecho este año): permitiría reconocer y visibilizar a un número mayor de series y serviría para adaptar los premios a formatos que resisten la clasificación, como las dramedias. Y es que aunque los Emmy difícilmente harán enfadar al público premiando Juego de Tronos año tras año (pues los que reivindican ficciones minoritarias siempre serán, por definición, una minoría) sí corren el riesgo de acabar convertir la gala en una rutina si no se introducen nuevos nombres cuyos rostros, brillantes por una primera victoria, le den a la noche de los Emmy esa magia que es sinónimo de buena televisión.

Toni de la Torre es crítico de series desde hace más de 10 años, autor de los imprescindibles libros Historia de las Series (Roca Editorial) y Series de culto (Timun Mas) y profesor de guion de series en la Universidad de Barcelona.