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Páginas de insultos y descalificaciones

24/01/2018 07:25 CET | Actualizado 24/01/2018 07:25 CET
EFE

Las páginas de la crisis catalana se escriben a diario, este capítulo de la historia de España acapara la agenda política y mediática de los últimos meses en lo que parece una exploración sin precedentes de los límites del Estado de Derecho. Puigdemont decidido a aguantar el órdago a las instituciones se ha propuesto volver a ser president de la Generalitat con una estrategia basada en la premisa de quien no me apoye, estará traicionando la voluntad del independentismo. Y bajo la sospecha de traidor, no hay en las filas del independentismo constitucionalista quien se atreva a decirle al ganador moral de las elecciones lo que la politóloga danesa Marlene Wind le recordó en forma de preguntas pertinentes.

Como si se tratara de Mr. Smith en "Caballero sin Espada", Puigdemont está sabiendo mantener el protagonismo a través de un filibusterismo jurídico anclado en lo inédito de sus propósitos: ser investido president de la Generalitat obviando sus cuentas pendientes con la justicia. Su huida a Bélgica para evitar el destino que han corrido sus cómplices lo sitúa en una atalaya de excepción para continuar abonando el frentismo en el que el independentismo se siente cómodo. Su lenguaje no abandona los códigos bélicos: autoritarismo, amenazas, violencia, encarcelación, exilio, venganza... un relato que no tiene más respuesta que la de los autos del juez Llarena y algún exabrupto en forma de declaración política.

El empecinamiento de Puigdemont pretende desafiar a propios y ajenos

El Gobierno de España continua parapetándose tras la vía judicial y la policial. Ya forman parte de la historia el famoso "no habrá urnas" y aquella tensión diaria antes del 1 de octubre en la que diversas fuentes aseguraban que mañana las encontrarían. En el mismo capítulo tenemos la afirmación de "no habrá referéndum" que contrasta con las imágenes de las colas de gente con sus papeletas ante las urnas en cada rincón de Cataluña. La nueva afirmación es "Puigdemont no pueda entrar en España ni en el maletero de un coche" mientras el político catalán protagoniza todas las portadas de la prensa europea con su desafiante viaje "atrápame si puedes" a Copenhage. Valiente afirmación considerando los precedentes.

La escalada de tensión va en aumento, aunque las calles anden más sosegadas, porque el empecinamiento de Puigdemont pretende desafiar a propios y ajenos. Y mientras las élites políticas tratan de resolver este dilema sin precedentes con palabras como botarate y esperpento, la sociedad como un resorte hace suya una guerra de trincheras en las que hace falta subyugar al otro para sentirse parte de algo. El último capítulo lo llamaría "con dos cojones" la expresión que utiliza un joven que importuna a Puigdemont para que bese la bandera española con un broche de oro "la cárcel te espera". La conclusión no es alentadora porque el insulto y la descalificación llenan las páginas que estamos escribiendo en el mayor reto de convivencia de la reciente historia democrática de nuestro país.

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