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El silencio

20/02/2015 07:28 CET | Actualizado 21/04/2015 11:12 CEST

Cómo quedarse callado -a pesar de las naturales recomendaciones- ante el espectáculo ofrecido la semana pasada por varios medios a raíz de una confidencia sin importancia sobre la ausencia de mi película en los Oscar.

Es ingenuo considerar válida la palabra de uno mismo cuando se trata de comentar un fenómeno tan común que está en el fondo de una costumbre, un reflejo. Una forma. Una forma de hablar, de citar, de traficar, de industrializar; la información no es un privilegio adquirido, sino una forma de adquirir, mediante una venta. Esta forma se arraiga con tanta profundidad en nuestras costumbres que parece estúpido meterse y atacar la estructura.

Pero prefiero ser un estúpido que responde antes que ser débil y callarme. El silencio es, decía Francis Bacon, la virtud de los locos. Pero yo no estoy tan loco como para enfrentarme al conjunto de una profesión; a lo que me enfrento no es a una profesión, sino a una moda, y no sólo hablo en mi nombre, sino en el de una comunidad más amplia de personas cuya fama les expone a la gran trampa de la captación y de la desinformación. La misma trampa que hace de este documento un escrito largo, quizá menos atractivo que un papelillo que se gesta de un solo trazo, como un eructo. Hasta este texto se convierte en propiedad pública de una camarilla de periodistas que podrá hacer algo con él siguiendo sus propias reglas y términos. En cualquier caso, parece que se haya alcanzado un nivel mínimo de pereza intelectual en este tema, pero hay que esperar a ver si algunos ahondan más, sólo por tener la última palabra.

En mi opinión, que una declaración tan trivial -la de hace siete días- pueda tener este volumen, esta forma, que se retome en todo tipo de blogs, en todo tipo de webs, con ese automatismo, con ese placer tan manifiesto, esconde un amor por la tontería, por el sensacionalismo, por cualquier cosa que pueda calificarse de vulgar. El gusto por los titulares sensacionalistas no es exactamente nuevo -ha habido otros escándalos en el pasado-, pero parece que en los últimos días, en los últimos años, un determinado grupo de periodistas, de los que se esperaría más rigor o que responden a publicaciones serias, siguen cada vez más una dieta que se compone exclusivamente de no-noticias. Confiamos a los cronistas de mañana la salvaguarda del faro popular, esperando que estén listos para navegar las aguas más agitadas de la información real; como los blogueros a los que investimos con el temerario mandato de reflexionar una vez por semana, prometemos a estos buscadores de oro un ascenso por todo lo alto si descubren una piedra que pueda disfrazarse de pepita de oro; como con las brasas que creemos muertas y les soplamos para que se aviven. Como los pobres potomaníacos perdidos en un desierto de las cosas que decir, imaginan grandes oasis a los que se lanzan como bestias; al otro lado del curso del agua, las miradas de una cohorte cuyos dedos grasos y torpes no han manipulado su teclado desde hace un largo minuto pierden la razón. Y de repente... ¡ding! Salvados. La mercancía está entregada y nosotros también podemos entregarla; sólo hay que pinchar; es inútil leer el artículo, todo está ahí, en veintitrés palabras, en el titular.

La no-noticia sigue una maniobra infalible. Más o menos algo así: que un artista diga que "no tener la suerte de participar en la aventura es excluyente" no resulta rentable; mejor afirmar que se siente excluido; suena más a víctima. Que él mismo precise que "se lo ha tomado, de una forma un poco pretenciosa, como una declaración" tampoco interesa a nadie; sería admitir que es consciente de su propia falta de modestia. Omitiremos esta parte. En fin, que la situación sea "un poco humillante" tampoco convendría. Los negocios son los negocios; estará "humillado", si no, se excede el número máximo de caracteres permitidos por Twitter, y nos perdemos, a fuerza de matices, el anuncio de Ugg (un producto cuya existencia baja el cociente intelectual colectivo). Ya espero con impaciencia los titulares que digan que me meto con esta sabia empresa de botas.

Como me atrevo a rectificar el tiro en las redes sociales, y a decir que este tipo de periodismo es pobre, uno de "estos" se apresura en escribir: "Si bien se puede entender que él [yo] se exaspere al ver sus palabras tan burdamente deformadas, nos preguntamos si este genio trascendental consideraba el periodismo tan 'pobre' cuando le consagraban portadas e innumerables páginas tras el estreno de su película Mommy"... Como si los mismos espíritus confeccionaran la crítica de una película y la crítica, subyacente, de un individuo. He aquí un paralelismo de una estupidez abismal, un combustible que basta, admito, para dar pie al lector más primitivo, al que le encanta odiar.

Estos periodistas para mí no tienen honor; no tienen ni la inteligencia para criticar una obra ni el mérito para dar una información; es sólo un dato. Ellos la maquillan, la ceban para engordarla y, cuando está lista, la entregan a la multitud -de la nos gustaría creer que no dedicará ni una fracción de segundo a una centésima parte de noticia-. Pero, como en esa película de Audrey Hepburn y Shirley MacLaine, el rumor que sale de la boca de una niñita fea sigue su impulso imparable, y de repente cientos de personas nos escriben para ordenarnos que dejemos de "quejarnos" y que "cerremos nuestra sucia boca"; esta última frase sin duda hará sonreír a los amantes del odio. Mientras esperan vivir de su trabajo, viven para hacernos de rabiar, y se alegran de alimentar una falsa imagen de nosotros.

Y esta imagen permanece; hagamos lo que hagamos, sigue ahí. Por mucho que cuidemos las palabras que utilizamos -si son demasiado bellas, serán pedantes; si son francas, serán crueles-, por mucho que hagamos películas generosas, con el corazón -si hubiera que hacerlas demasiado con la cabeza, serían pretenciosas-, siempre hay una buena excusa para afirmar en primera plana que "presumimos" y que "atacamos" a no sé qué o a no sé quién.

Claro, un realizador que afirma con franqueza que está decepcionado tiene que ser un enfant terrible que se lamenta y protesta, porque, bueno, si no es un enfant terrible, ¿qué es? ¿humano? Sé de lo que hablo; tengo el don de hacer declaraciones inofensivas que se exageran rápidamente para que parezcan interesantes.

La historia de mi experiencia personal con esta moda se remonta cuatro años atrás. Una mañana temprano, en la conferencia de prensa del Festival de Cannes, seis periodistas quebequeses se reunieron en las oficinas de la distribuidora de Laurence Anyways para obtener algunas citas sobre la selección de la película para la categoría 'Un certain regard'. Después de meses leyendo análisis de medios reconocidos que casi aseguraban la presencia de mi película en las categorías oficiales, era comprensible que yo, a mis 21 años, hubiera podido dejarme llevar. Esa mañana, delante de esos seis periodistas, dije que estaba decepcionado por no estar en la competición oficial, pero feliz por estar en 'Un certain regard', y la conversación siguió su curso, como si nada. Al día siguiente, el sexto periodista escribía bien grande: XAVIER DOLAN LLEGA A CANNES, Y NO ESTÁ FELIZ. Todavía lo veo escrito negro sobre blanco, pero, en mi corazón, está escrito en rojo.

No hizo falta más para que, recién desembarcado en Cannes, me hablaran de mi cólera, de mi ira, hasta de mi vergüenza, de mi decepción claramente aireada, en todas partes, sin problema... Pasé una triste semana intentando deshacer ese escándalo imaginario nacido de un titular. Todavía me hablan de ello. Se sigue escribiendo de ello. Nunca lo olvidaré. Y, sin embargo, ¿quién sabe en realidad lo que se dijo aquella mañana de abril, en esa oficina? Nadie.

Precisamente lo mismo se produjo la semana pasada, cuando salió ese reportaje fragmentado y dos periodistas locales dijeron que "yo no estaba contento...": una invención total. Ni lo verbalicé ni lo sentí, ni lo expresé con el tono ni con la actitud. Nada grave, diréis, cuatro palabrillas inocentes, una paráfrasis habitual, que consideraríamos sin malicia; pero que, aparentemente, posee la cualidad fértil de los chismes exponenciales.

Erre que erre. Misma reacción, misma irritación, misma incomprensión. ¿De dónde sacan esos periodistas -los que transmiten ad nauseam esa supuesta noticia- la incapacidad para hacerse preguntas, para buscar en profundidad, para evaluar la relevancia de un tema cuando ni siquiera lo es? ¿A qué oficio aspiran? ¿A qué profesión se encomiendan? ¿Es que no comprenden el sentimiento de decepción? ¿Nunca se han enfrentado a situaciones decepcionantes? ¿Nunca han conocido el fracaso? ¿Es que su vida se limita a una serie de éxitos uniformes y deslumbrantes? ¿Se han enfrentado a noches en blanco, esperando una llamada que no llegaría nunca, para después sentir la tristeza más legítima? ¿Conocen la dificultad constante de la palabra y el miedo a ser mal citado?

En fin, ¿por qué nos molesta tanto la ambición? ¿Por qué siempre tenemos que confundirla con la pretensión?

También me pregunto por las consecuencias de haber escrito este texto. A mi juicio, la franqueza y la verdad son más importantes que la complicidad de una facción de columnistas cuyo amor siempre es una puñalada en la espalda. Llevo a cabo este oficio para ser querido a través de mis películas; no me esperaba que me quisieran por ser quien soy. Hubiera sido demasiado fácil. Pero, frente a este tipo de desinformación, callarse es insultar a la profesión de periodista, para la cual mi admiración sólo es comparable a la indignación que siento cuando se ensucia de un sensacionalismo mezquino y una demagogia cretina. Seguro que de este texto sólo se cogerán las últimas frases; las más deletéreas y las más infieles al espíritu del texto.

Es curioso, pero la respuesta más extraordinaria a esta carta, cuyo contenido es accesible al público íntegramente, sin alteraciones y sin rodeos, sería un gran silencio.

Este post fue publicado originalmente en la edición francesa de 'El Huffington Post' y ha sido traducido del francés por Marina Velasco Serrano.

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