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Una mujer en la Casa Blanca

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Asumámoslo: la mujer que ha conseguido ocupar un lugar en la Casa Blanca no es la que optaba al poder sino la que ha seducido al poder. Melania Knavs, una modelo de metro ochenta y ojos azules que abandonó sus estudios de arquitectura para posar en las portadas de las revistas, conquistó al multimillonario Donald Trump y ahora tendrá su alcoba en uno de los palacios más importantes del mundo. Una vez más la profecía Disney se cumple a rajatabla: la guapa, la callada y la que mejor luce los vestidos es la que tiene premio. "Un mundo ideaaaal".

Cuando estábamos a punto de presenciar un desenlace diferente, ¡por fin una mujer iba a sentarse en el Salón Oval! se rompe el hechizo y nos quedamos con la miel en los labios. Lo cierto es que las únicas mujeres que han llegado a la Casa Blanca son las consortes de los presidentes, incluyendo a la propia Hillary, que no lo consiguió por méritos propios sino a través de su marido. El mensaje para futuras generaciones no ha cambiado: nada de estudiar carreras, trabajar y obtener logros, sólo si te pones mona y un poco de maquillaje podrás optar a una plaza en el reino de los cielos. Verás qué bien quedas al "lado de", sonriente y calladita (porque los jarrones nunca han firmado tratados y mucho menos acuerdos de estado).

Para las mujeres acceder a puestos de liderazgo no es tarea fácil. No porque no estemos capacitadas sino porque nos ponen todas las zancadillas del mundo. Como el poder ha estado siempre en manos de los hombres, ahora nos cuesta concebir que quien dirige un país pueda tener rasgos femeninos. Por un lado desconfiamos de las candidatas atractivas, de las que se ponen atractivas y de las que no son atractivas: a Carly Fiorina, la cuestionan por llevar las uñas pintadas y a las que no se maquillan las freímos a comentarios desagradables y machistas. Y por otro lado también desdeñamos las actitudes femeninas: una mujer amable, comprensiva, que escucha y es alegre sería tildada de blandita e indefensa de inmediato. Por eso la mayoría de mujeres que optan a puestos de responsabilidad se mimetizan con el rol de macho y hablan más alto, son más agresivas, más ambiciosas.... ¡Ah!, espera que esto también está castigado. A Condoleezza Rice la apodaban "Dominatrix" y a Victoria Woodhull, primera mujer en presentar su candidatura a presidenta de los EEUU la llamaban "Mrs. Satan"... Entonces ¿qué opciones nos quedan?

Realmente pocas y los hechos lo confirman. Actualmente las mujeres presidentas en el mundo pueden casi contarse con los dedos de la mano y están sometidas a juicios constantes por parte de la opinión pública y los medios de comunicación. Además de la cuestión femenina/masculina estas mujeres tienen que de lidiar con el conocido "techo de cristal" (barreras invisibles para ascender), soportar el "techo de cemento" (excesiva presión por demostrar que merece el puesto) y tratar de avanzar en el "suelo pegajoso" (sentimiento de culpabilidad por desatender a su familia, casa y entorno). Vamos, que además de la a la presidencia deberían optar a la medalla de oro en los Juegos Olímpicos en la categoría triatlón.

Aunque el camino no sea fácil no hay que desistir, tenemos que seguir intentándolo. Pero ese esfuerzo debe ser grupal y desde muchos flancos. Para que un día haya una mujer presidenta en la Casa Blanca (o en la Moncloa) es necesario que las personas crean que el perfil femenino es válido para el cargo. Para ello tendríamos que estar mas acostumbrados a ver esa figura en nuestro entorno cotidiano: que haya más mujeres en puestos directivos, que los jurados y comités de expertos estén más equilibrados, que los premios en categorías profesionales no sólo se concedan a hombres... Cuando hablamos de "paridad" es precisamente de esto de lo que estamos hablando. No se trata de ignorar a hombres válidos sino de estimular que las mujeres también ocupen estos espacios.

Algunas personas aseguran que el puesto de Primera Dama o consorte no es baladí y que es mejor tener un pie dentro que ninguno. Es cierto que es una figura que tiene un gran foco de atención y que bien utilizado podría servir para cambiar esa imagen de mujer = jarrón chino, pero esta posición estratégica no debe gozar de mucho margen de maniobra. Ha habido algunos intentos destacables, como el de Michelle Obama y la propia Hillary Clinton que intentó poner en marcha un programa de salud en su estancia en la Casa Blanca, pero no tuvieron demasiado éxito porque según cuenta la escritora y experta en damas consortes Sara Sefchovich "todo va bien mientras cumplen el papel que se espera de ellas, en cuanto salen de esa arena empiezan los palos".

Mucho me temo que la nueva First Lady estará encantada en su papel de jarrón de la Dinastía Ming, luciendo modelitos y apareciendo en las portadas así que tendremos que seguir trabajando en eso de visibilizar a las mujeres en puestos de liderazgo, para que llegado el momento no nos tengamos que disfrazar de machos ni nos acribillen a insultos por ocupar un alto cargo.