‘Los farsantes’ o ser 'fake news' de nuestro mundo

Javier Cámara, aunque esté en escena como el que más, no es el protagonista, sino uno de los cuatro actorazos del elenco.
Los farsantes
LUZ SORIA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Los farsantes

La vuelta a los escenarios de Javier Cámara con Los farsantes de Pablo Remón en el Teatro Valle inclán no ha suscitado tanto impacto mediático como se suponía. Lejos de suceder como en Broadway o el West End, que cuando una estrella cinematográfica y/o televisiva estrena una obra se arma la revolución y las entradas vuelan. Aquí ni si quiera los medios parecen haberse desmarcado.

Digamos que esto se podría considerar transparencia gubernamental o buenas prácticas ministeriales. Javier Cámara, aunque esté en escena como el que más, no es el protagonista, sino uno de los cuatro actorazos del elenco.

Alguien que se sucede en distintos personajes que los hace todos “al estilo de Javier Cámara”. Sea un director de cine, de padre de la protagonista, de novio de la madre de la protagonista, de camarero de bar, de niño (sí de niño de seis años resabiado con barba y con globito ¿Quién no quiere verlo?).

¿Un defecto suyo el que no pueda desligarse del tipo de actor que es? Pues no. Mas bien parece una indicación de dirección ya que lo mismo se piensa al ver al resto de actores. Justificada por el tema de la obra, el de la autenticidad. ¿Somos lo que realmente somos o somos fingidores profesionales? De ahí que la obra esté plagada de personajes del cine, el teatro y sus aledaños.

Ana, la protagonista que interpreta Bárbara Lennie, es una mujer que ha adoptado en la vida el papel de actriz. Un papel que juega sin convicción, ni si quiera cuando lo juega en serio. Como el resto de los personajes de la obra que viven todo no como lo que son y quieren ser sino como lo que representan. Sí, el trasunto de Lo fingido verdadero de Lope que se vio en el Teatro de la Comedia.

Sobre ellos se cierne un fantasma, como en las obras de Shakespeare, que se aparece en forma de noticia o de sueño. No están los tiempos para otro tipo de apariciones. Es el padre de Ana, Eusebio Velasco. Un director de cine de culto esperando la parusía o el segundo advenimiento de Cristo. Vamos, un chalao que no conoce nadie, pero referente para los profesionales del sector y para su hija. El sempiterno artista que se presenta como un iluminao.

Los farsantes.
LUZ SORIA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Los farsantes.

Por supuesto, muere olvidado, pobre y solo. Y es que la autenticidad, al menos artística, lleva a lo que lleva. Mejor dedicarse a la farsa. Interpretar un papel, o un papelito en esta comedia que es la vida. Reírse y ser feliz.

Mejor disfrutar de la fiesta, capitalista, of course, cuanto se pueda y hasta donde se pueda. (Apunte al margen, ¿por qué últimamente no hay fiesta de ficción sin cocaína y alcohol? ¿Por qué a los personajes simpáticos siempre les hace falta una raya? Deben ser que los carteles, las destilerías y las bodegas patrocinan obras, películas, series y libros, ahora que fumar está tan mal visto y prohibido, para normalizar el consumo como antes hicieron las tabaqueras y después las cafeteras. Se cierra el margen.)

Para contar todo esto, de que la vida es una farsa y nosotros unos farsantes que nos dedicamos a representarla, o que “la vida es sueño y los sueños, sueños son”, Pablo Remón se monta una historia de dos horas y media con intermedio.

¿Se aburre el personal? No. ¿La disfruta? Mucho, pues se les ve muy satisfechos riendo durante la función y aplaudiendo cuando acaba. ¿Huele a algo? Al modo y el recorrido de El bar que se tragó a todos los españoles, el éxito de la temporada anterior del CDN que va camino de convertirse en el patrón oro de la era Sanzol.

¿Se puede decir que está mal? Claro que no. Menudo es el equipo artístico que hay detrás. Un equipo que en su mayoría se ha fogueado en el sector pobre del teatro alternativo. Un teatro con el que la obra se muestra inmisericorde. En el que se bromea con 4.48 de la suicida Sarah Kane, que en el off español es una diosa.

Así que, siguiendo el consejo de Remón, lo mejor sería ser un farsante de crítico y decir que esto suyo es guay. Que Los farsantes muestra que Bárbara Lennie donde debe estar es encima de un escenario. Que Francesco Carril ha afinado su estar en escena y empieza a ser más que un virtuoso. Que Nuria Mencía puede hacer y decir lo que quiera con esa forma suya de hablar tan característica. Y que Javier Cámara, sobre todo en su escena del bar, se sale, aunque se le vea el cartón de actor. Al resto de sus compañeros también. Y que, gracias a su interpretación, Madrid se va a llenar de camareros, recogiendo la mierda de sus perros llamados como el filósofo de moda, Byung-Chul Han.

Los farsantes.
LUZ SORIA / CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL
Los farsantes.

Para el resto, Los farsantes es un juego de trileros preguntando a la audiencia donde está la bolita. Mientras la acción se mueve de arriba abajo, de izquierda a derecha, o viceversa. Un producto entretenido, pues siempre está sucediendo algo, con ritmo cinematográfico, en esa escenografía que Mónica Boromello, con su buen hacer habitual, ha llenado de espacios grandes y pequeños set de rodaje donde hacer representar una pequeña gran escena, con cierto estilo heredero de Lepage.