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Entrevista a Paula Bonet: "Truffaut era el hombre que amaba al amor"

14/05/2015 16:58 CEST | Actualizado 14/05/2015 17:08 CEST
MIGUEL GONZALES DE LA FUENTE

Madrid no se parece a París, pero cualquier sitio es bueno para charlar sobre François Truffaut, quizá uno de los directores que mejor llevó al cine algunos de los rincones e intimidades de la ciudad: sólo han hecho falta un par de minutos y la ilustradora valenciana Paula Bonet ya está hablando del director francés, sobre el que acaba de publicar un libro titulado 813 (La Galera, colección Bridge), en el que combina texto e ilustraciones para contar de una manera muy personal pero documentada las historias sentimentales de los personajes de cuatro películas de Truffaut. Si no hubiera muerto tan joven, es posible que Truffaut, ya convertido en un viejecito, hubiera estado encantado escuchando hablar a esta ilustradora que durante una época fue también profesora de Castellano, pero que no se olvidó nunca de que el arte era lo más importante, aunque no pudiera vivir de él. Hasta que un día lo consiguió, se mudó a Barcelona, publicó su primer libro, The End (2014), y empezó una época vibrante de trabajos y proyectos con un sello muy personal.

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¿Por qué Truffaut?

El objetivo es homenajear a Truffaut. Siempre he sabido que Truffaut era uno de mis referentes, pero ahora que he hecho este libro sé que es el máximo referente. Me obsesioné con él cuando lo descubrí, con 20 años, y es el único director al que vuelvo una y otra vez cada cierto tiempo. Cada dos o tres meses —a veces, cada mes—, necesito revisar su obra. Y hay muchas cosas mías que vienen de él: mi gusto por los primeros planos, por la intimidad, por utilizar la autobiografía como vehículo para hablar de otros temas, el uso que hace de la literatura en su vida y en su obra…

813 es el número de la habitación donde se reúne el protagonista de La piel suave con su amante. ¿Es un libro sobre amor, sobre adulterio, sobre infidelidad?

Es un libro que se estructura en torno a los triángulos sentimentales. 813 es también una novela de Maurice Léblanc, al que Truffaut amaba como escritor. Le hacía homenajes a través de ese número. Cuando en alguna de sus películas tenía que aparecer un número por algún lugar, ya ni le preguntaban: 813, por ejemplo, fueron los días que permaneció en el sótano de un teatro el protagonista judío de El último metro, que tiene que esconderse de los nazis durante el París ocupado. Pero para mí, el 813 también era una forma de hacer un guiño al público especialista: yo sabía que a este libro se acercaría el público que consumió The End, mi primer libro, al que es más fácil de acceder y que tiene un público más joven, pero también quería el público especializado no se sintiera timado.

Era un poco arriesgado escribir sobre Truffaut, ¿no?

Era arriesgado si yo me hubiera intentado disfrazar de crítica o escritora, pero me acerco al oficio de escribir con muchísimo respeto, y soy consciente de que no es un libro de crítica cinematográfica. Es un homenaje sincero y sin ninguna pretensión.

¿Cuál crees que era la visión que tenía Truffaut del amor?

Era un hombre que amaba a la vida, a las mujeres y al cine. Pero su relación con el amor y con las mujeres tiene que ver con su no relación con su madre, que primero no quiso tenerlo, luego lo dejó con su abuela, y cuando se lo llevó a vivir con ella, lo tenía durmiendo en la entrada de la casa compartía con un novio. Truffaut vivió pensando durante mucho tiempo que el hombre que le había dado los apellidos era su padre biológico, cuando en realidad no lo era. Su madre era una mujer con muchos amantes. Y se convirtió en un muchacho solitario. Siempre estuvo buscando la figura de un padre, y siempre buscó también el amor de las mujeres. Yo creo que todos sus traumas hicieron también que tuviera un visión complicada del matrimonio, aunque la relación que tuvo con su mujer, con Madeleine Morrenstein, fue la única que duró hasta el final: fue a morir a su casa, aunque en aquella época estaba con Fanny Ardant. Hay una escena de una de sus películas en la que el protagonista, Antoine Doinel, se despide en un taxi de su esposa, Christine y le dice: "Mi hija, mi amiga, mi hermana…" Y ella le contesta: "Ojalá hubiera sido sólo tu mujer".

¿No crees que en Truffaut hay una mezcla de la necesidad de amar y una imposibilidad de hacerlo?

Sí, quizá sea el hombre que amaba a las mujeres o al amor, pero no a una mujer en concreto. Amaba enamorarse…

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¿No te parece que los personajes masculinos que aparecen en las películas sobre las que habla tu libro son bastante inoperantes?

Truffaut, en estas películas, es muy feminista: en todas las películas que he elegido, el personaje que tiene las cosas claras desde el principio, que decide incluso su final y el de su amante es el personaje femenino. Los personajes masculinos se dejan arrastrar por el azar, por las casualidades, por el contexto o por decisiones ajenas a ellos mismos. Algunos de sus personajes tienen incluso trabajos que parecen juegos de niños.

¿Qué crees que aporta revisitar a Truffaut hoy en día?

Eso creo que no lo tengo que decir yo…

¿Pero cómo crees que lo está recibiendo la gente de la generación que ya conocía a Truffaut?

Este libro me está haciendo muchos regalos, y uno de ellos es que la gente que conoció a Truffaut, críticos, gente del cine que lo entrevistaron o que conocieron bien su obra se han acercado al libro y lo están defendiendo de una manera impresionante. Gente como Jaume Figueras, o Emilio Gutiérrez Caba.

¿Y la gente de tu generación?

Bueno, en mi círculo más cercano adoramos a Truffaut. Ellos lo han recibido bien. No sé tanto otra gente, aunque el feedback está siendo bueno, y ojalá acerque a mucha gente a Truffaut. Aunque sé, por ejemplo, que las pelis de Truffaut necesitan su tiempo para aprender a disfrutarlas.

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Estaba pensando en eso, en que las pelis de Truffaut no se ajustan mucho a los ritmos contemporáneos…

Es que yo defiendo la lentitud en nuestra época, porque yo misma me he visto en los últimos años dentro de un torbellino de cambios, de inmediatez, de emitir imágenes y mensajes de una manera tan fast-food, que ahora mismo creo que se tiene que defender el derecho a consumir una imagen con tiempo para ser revisada, como cuando vas al Prado y te pones delante de un cuadro. Creo que es necesario que paremos…

Cuando miro los dibujos, tengo la sensación que los personajes están más protegidos en las ilustraciones del libro que en las películas…

Claro, es que está mi filtro, un filtro de alguien que admira y adora, que incluso ha imitado a veces en su vida a ciertos personajes. Supongo que están protegidos por el cariño que siento hacia ellos.

¿Qué materiales has utilizado para las ilustraciones?

Acuarela, tinta china y lápiz, aunque he intentado recuperar parte de mi trabajo pictórico, que dejé un poco de lado cuando mis dibujos empezaron a tener éxito.

Pero esto también es un libro con texto. ¿Qué importancia tiene la escritura para ti? ¿Cómo la abordas?

Es lo que más trabajo me supone, donde más energía he puesto, y donde más obsesiva he sido. Y sí, lo que más he trabajado. Yo me acerco con mucho respeto y sabiendo que los textos están respaldados por las imágenes, que es donde yo me siento segura. Pero nunca publicaría un texto sin imagen, porque no soy escritora, y además me gusta que imagen y texto vayan de la mano.

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¿Cómo casa la estética emocional de tus dibujos con un momento políticamente tan turbulento como el que vivimos?

Truffaut no iba a manifestaciones. Él decía que no se movilizaba por una intención, se movilizaba por una solución. No iba a defender ideales que quedarían en nada, iba a defender soluciones reales. Cuando estaba trabajando en sus películas autobiográficas y veía lo que pasaba alrededor, se planteaba si no estaba siendo frívolo por no poner su arte al servicio de la sociedad. Pero luego le venía a la cabeza Matisse, que vivió tres guerras y nos dejó cuadros de peces, mujeres y ventanas. ¿Matisse fue un frívolo? No. Matisse necesitó la autobiografía para explicarse a sí mismo y nos ha dejado un legado impecable con valores que sirven generación tras generación para entender muchas cosas que quizá no habríamos entendido si se se hubiera dedicado a retratar el contexto social. Claro, siempre tienes la duda, pero creo que Truffaut sigue siendo tan actual porque no hizo lo que la gente esperaba que hiciera.

Bueno, pero también rodó El último metro, que es una película contra el nazismo…

No, yo no estoy diciendo que no tuviera compromiso. Y yo tengo compromiso, pero hay muchas maneras de tener compromiso, y yo prefiero las carreras de fondo a las que pueden ser quizá más oportunistas.

Pero, ¿y cómo se manifiesta el compromiso en tu obra?

Yo no puedo teorizar sobre mi obra. Lo único que puedo decir es que, en la época en la que vivimos en la que la publicidad lo paga todo, yo no estoy haciendo publicidad. Y si hago algo, es mínimo, y porque hay un grupo de ilustradores que nos hemos unido para hacer una cosa muy concreta. Yo podría estar haciendo publicidad, pero todo lo que hago tiene que ver con un proyecto que me llega, como hacer el cartel del documental Five Days to Dance, donde los directores, Rafa Molés y Pepe Andreu, llevan el mundo de la danza a jóvenes en pleno proceso de desarrollo, y que me pareció un proyecto fantástico. Mi compromiso es más de carrera de fondo. No sé si a alguien le servirá o no le servirá…

¿Pero dibujar el hecho político no te interesa? Me refiero a una manifestación, al 15-M.

Depende, depende de qué tipo de manifestación. Yo estuve en París cuando pasó todo lo de Charlie Hebdo en enero. Fui a la manifestación, y estaba con la gente de París, y me estremezco recordando algunas cosas. Pero al mismo tiempo, había mucha mentira y muchos políticos manifestándose por cosas que luego no cumplen. Todo es muy delicado, y si no está todo muy claro, no puedes ponerte del lado de alguien.

¿Y ahora?

Ahora quiero parar. Está a punto de salir un disco de Christina Rosenvinge en donde he colaborado en la parte gráfica, y tengo un proyecto editorial muy a largo plazo, para finales de 2016, principios de 2017. Ha sido un año muy intenso y quiero trabajar con toda la calma que pueda…

¿Debes ser de las personas a las que mejor les ha ido durante la crisis?

La verdad es que lo valoro mucho. Hace cinco años yo estaba con un sueldo de profesora a media jornada y pagando un piso y un taller, sin dinero para cambiar las puertas de mi casa y con sabañones en invierno. Y claro, pasar de eso a poder vivir de tus dibujos… En realidad, nunca pensé que lo conseguiría.

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Paula Bonet ante la tumba de Truffaut en París

Imágenes cedidas por la autora

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