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Así es la física del mundo de 'Tomorrowland'

20/06/2015 18:51 CEST | Actualizado 22/06/2015 07:57 CEST
TOMORROWLAND

Un niño monta en una atracción donde unos muñecos animados cantan y bailan al son de una conocida canción de Disney, It’s a small world. Pero su recorrido no acaba como los demás. Antes de completar el circuito, un pin que le ha entregado una misteriosa niña le ha señalado para que su cochecito tome un camino alternativo y secreto, uno que le conducirá a un rincón de otra dimensión, fuera de nuestro espacio y nuestro tiempo: es el mundo de Tomorrowland.

Así arranca la apuesta de Disney para este verano, un viaje a un lugar cuyo nombre no solo resultará familiar a los niños de hoy, sino que también disparará un resorte en sus padres, los que eran pequeños cuando el gigante del entretenimiento infantil abrió sus primeros parques en Estados Unidos. “El mañana puede ser una edad maravillosa”, dijo Walt Disney en 1955 cuando inauguró en California su primer Tomorrowland, la sección de sus parques temáticos dedicada al futuro.

Desde hace 60 años, Tomorrowland ha sido ese retrato de un futuro imposiblemente ideal, una utopía sin cambios climáticos ni guerras, poblada por máquinas destinadas a divertirnos y hacernos soñar. Todo ello con una pátina intemporal gracias al retrofuturismo, esa estética inspirada en las ilustraciones de Verne que siempre representará un futuro alternativo anclado en el pasado, pero nunca pasado de moda. Los guionistas de Tomorrowland, Damon Lindelof y Brad Bird, han volcado en la cinta casi todos los inevitables clásicos del futurismo: androides, naves espaciales, gadgets imposibles, universos alternativos, viajes en el tiempo... ¿Un batiburrillo de fantasías sin sentido?

UNIVERSOS PARALELOS

Lo cierto es que, más acá de la fantasía y la ciencia ficción, el de los universos paralelos es un concepto que los físicos teóricos se toman muy en serio. Tanto que a lo largo de los años se han desarrollado hipótesis muy variadas, todas ellas con algo en común: nuestro universo no es el único que existe, sino solo uno de los muchos que forman un multiverso, una colección de universos. Claro que todo el que no sea físico teórico se preguntará: ¿qué pruebas hay de ello? Y la respuesta es clara: ninguna.

Aunque a primera vista pueda parecer que la explicación más simple de la realidad es que solo existe nuestro universo, para muchos físicos no es así. Algunos piensan que los valores de ciertas constantes del universo parecen demasiado perfectos, como si hubieran sido escogidos; de ser diferentes, ni siquiera estaríamos aquí. ¿Por qué toman esos valores y no otros? Una posibilidad es que existan todas esas otras versiones, y que en muchas de ellas no haya Tierra ni Humanidad. Pero tal vez en otras sí existan copias de nosotros mismos.

Stephen Hawking es uno de los físicos que defienden la existencia de universos paralelos. Su idea es que la famosa Teoría del Todo, ese marco ambicionado en el que todos los fenómenos físicos encajarán y que logrará vincular la relatividad de Einstein con la física cuántica, es la llamada Teoría M, una extensión de la Teoría de Cuerdas en la que existen 11 dimensiones; las siete adicionales a nuestras cuatro (tres espaciales y una temporal) podrían sostener otros universos.

Quizá la versión más pegada al terreno de la idea del multiverso se da en la física cuántica. En el mundo de lo muy pequeño las cosas suceden de una manera extraña: algo puede comportarse como una partícula y una onda a la vez, y una partícula puede estar y no estar al mismo tiempo. Los físicos cuánticos manejan probabilidades, pero las ecuaciones piden precisión. En 1957, el estadounidense Hugh Everett propuso una solución: todas las posibilidades existen; todos los pasados y todos los futuros de las partículas son reales, pero en universos distintos que se van ramificando a medida que se presentan diferentes opciones. Esta Interpretación de Mundos Múltiples de la física cuántica le costó a Everett la burla de sus colegas y el fin de su carrera en física, hasta que su idea fue reivindicada años más tarde.

MÁS RÁPIDO QUE LA LUZ

Así pues, la imagen de un universo alternativo retratada en Tomorrowland, como también en una buena parte de la ciencia ficción universal, es una idea que da de pensar y de comer a muchos físicos. Pero ¿qué hay de la entrada a ese mundo paralelo? En la película, los personajes despegan desde la Torre Eiffel en una nave que viaja al espacio para después regresar y depositarlos en Tomorrowland. Allí descubren que pueden contemplar lo que va a suceder unos segundos en el futuro gracias a unas misteriosas partículas, los taquiones.

Los taquiones no son un invento de Lindelof y Bird, sino que fueron definidos en 1967 por el físico Gerald Feinberg para referirse a las partículas más veloces que la luz. Hasta hoy, los taquiones no existen, dado que según la física relativista nada puede moverse más rápido que la luz. Pero en física teórica la inexistencia de algo no es en absoluto un obstáculo para trabajar sobre ello, y los taquiones son el fundamento de un aparato también hipotético llamado antiteléfono taquiónico cuya principal virtud consiste en que es capaz de enviar mensajes al pasado, como ocurre con la protagonista de Tomorrowland.

Saltando desde el mundo de las partículas al de los objetos grandes, a menudo se dice que el hecho de romper la barrera de la luz nos ofrecería la clave para viajar al pasado. Pero ¿cómo se explica esto? Dos físicos de la Universidad Tecnológica de Michigan (EEUU), Robert Nemiroff y David Russell, acaban de elaborar un estudio, aún no publicado, en el que detallan el cómo y el porqué. Y no puede hacerse de cualquier manera: “Simplemente viajar más rápido que la luz no lleva inmediatamente a viajar hacia atrás en el tiempo”, señala Russell a El Huffington Post. El modelo —siempre en el papel— propuesto por los dos físicos requiere un viaje de ida y otro de vuelta. "El resultado importante es que el viaje inicial no causa un viaje al pasado, sin importar cuán rápido sea; la parte importante es el viaje de regreso, donde aparece el potencial de viajar en el tiempo", agrega Russell.

En su artículo, los dos físicos plantean un escenario: una nave parte de la Tierra al espacio con destino a un planeta que se aleja del nuestro a una velocidad determinada. La nave toca el planeta, gira y de inmediato emprende el regreso al lugar del que partió. Sencillo, ¿no? Si el cohete vuela por debajo de la velocidad de la luz, nada extraño sucede. "Vista desde la Tierra, la nave simplemente se marcha al planeta, da la vuelta y regresa", escriben los científicos.

Las cosas se complican si la nave viaja a la velocidad de la luz. En este caso, y dado que la imagen de la nave llegando al planeta tarda lo mismo en llegar a la Tierra que la propia nave, se daría una curiosa circunstancia: los responsables del centro de control de la misión, con su potente telescopio, presenciarían la llegada del cohete al planeta justo en el mismo momento en que la nave aparecería aterrizando de vuelta. Es decir, verían la nave por duplicado: una imagen a medio camino de su viaje y otra en la plataforma de aterrizaje, esta última correspondiente a la presencia real del cohete en ese instante.

VIAJAR AL PASADO

Aún más extraño es lo que sucede si la nave rompe la barrera de la velocidad de la luz. En este caso, las ecuaciones predicen que el cohete va reduciendo el tiempo del viaje de vuelta respecto al de ida, más a medida que su velocidad es mayor. Lo que ocurre con las imágenes es aún más curioso; según Russell, "cuando uno va más rápido que la luz, esa persona vence a la luz emitida por su nave". Y las consecuencias son aberrantes: "De repente, ves la nave en la plataforma, y después ves la luz emitida por la nave (su imagen) que sucedió inmediatamente antes del aterrizaje, porque la luz de después del aterrizaje está más cerca de ti que la de antes del aterrizaje", prosigue Russell. "Después ves la imagen que sucedió inmediatamente antes, y así sucesivamente; así que ves una película del viaje de regreso, pero rebobinada. Mientras, probablemente no toda la luz del viaje de la nave hacia el planeta ha llegado aún a tus ojos, así que también ves cómo ocurre esto".

En resumen, veríamos tres imágenes de la nave: una que ha aterrizado en la plataforma —la de la nave real—, otra que despega marcha atrás desde allí y la tercera aún de camino hacia el planeta en el vuelo de ida. Pero en este caso aún existe físicamente un solo cohete. Lo verdaderamente insólito aparece al aumentar aún más la velocidad: llega un momento en que se produce una duplicación real de la nave; ya no se trata de imágenes dobles o triples, sino de dos cohetes. "Parece ser una consecuencia de las ecuaciones que derivamos y que siguen el movimiento y la velocidad de la nave durante su viaje", apunta Russell. "Y aquí es donde finalmente aparece la posibilidad de viajar hacia atrás en el tiempo".

Esto ocurre cuando el tiempo del viaje de vuelta se reduce tanto que sobrepasa el cero y adquiere valor negativo. Llegado un umbral de velocidad, la duración del viaje de vuelta será la misma que la de ida, pero de signo contrario. El tiempo total del viaje es cero: en el momento en que la nave despega, ya ha regresado. Y si aumentamos aún más la velocidad, el resultado es que la nave aterriza antes de despegar; en el límite, cuando la velocidad de la nave se hace casi infinita y en las condiciones del estudio, aterriza nada menos que un año antes de su lanzamiento. "Antes de que la nave despegara de la plataforma, los astronautas que aparecieron y se quedaron en la plataforma de aterrizaje podrían salir, contar su viaje e incluso contemplar después el despegue de su nave desde la plataforma", escriben los físicos.

¿Y si estos astronautas trataran entonces de impedir su propio despegue? Nemiroff y Russell no analizan este caso, pero sugieren una posibilidad: que esta acción diera lugar a la ramificación de dos universos paralelos, uno en el que la nave despega y otro en el que no. Pero por supuesto, todo esto es solo teoría; su realización práctica es del todo imposible. De hecho, Nemiroff ya publicó un curioso estudio en el que rastreó internet exhaustivamente en busca de señales de viajeros temporales, como informaciones aparecidas antes de que ocurrieran; pero sin éxito. Todo esto, al menos en nuestro presente y en este universo, solo pertenece al fantástico mundo futuro y alternativo de Tomorrowland.

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