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Historia de un día en la playa con niños

03/07/2015 07:49 CEST | Actualizado 05/07/2016 16:41 CEST

Cuando tienes 18, lo que más quieres en este mundo es que llegue el verano para irte a la playa con amigos. Eres insultantemente joven, estás tremendamente bueno y tienes más tolerancia al alcohol que un ruso en la Guerra Fría. Esto, te guste o no, da un giro radical en un momento muy concreto de tu vida: cuando empiezas a tener hijos.

Y entonces tú, inocente, te conviertes en tus padres cuando sueltas expresiones como "¡Aléjate del agua que no has hecho la digestión!".

Si tienes retoños, seguro que estos puntos te suenan:

1. Tu aspecto: cambias el modelazo de los veintitantos por un bañador de pelotillas del año pasado. Intentaste comprar uno nuevo, pero volviste a casa con uno de Spiderman, otro de Frozen y otro de dinosaurios. En talla 4-6 años, claro.

2. La llegada a la playa: una estampa, hasta arriba de bártulos, como si te fueses a mudar de país. La sombrilla, la neverita, la colchoneta, la bolsa, los manguitos, el bañador para cambiar a los niños, los cinco tipos de cremas solares, la esterilla, las toallas…

3. El madrugón: te has levantado a las 6 am porque tus hijos no entienden de horarios vacacionales pero, entre unas cosas y otras (embadurnar a la familia de crema entre ellas), no llegas a la playa hasta las 12, hora punta para encontrar un hueco en el que clavar la sombrilla.

4. La playa-overbooking: porque se acabó eso de escalar hasta una cala recóndita, ahora buscas la más cercana a tu hotel o apartamento porque ¡bastante tienes con lo tuyo y lo que quieres es llegar! Rápido.

5. El color de la sombrilla: así como el estampado, los eliges a conciencia en una decisión que puede llevar toda una tarde en el paseo marítimo. Sí, porque esta será tu única referencia cuando estés en el agua para saber dónde está, entre toda esa masa de gente, vuestro sitio.

6. ¿Tranquilidad? Cuando intentas relajarte llega alguna de tus criaturas: "Mamá, me quiero bañar", "Mamá, me ha picado una medusa", "Mamá, tengo sed" (¿y padre no tienes, bonito?)… "¡Mamá, tengo caca!" ¡¿PERDÓN?! Respiras hondo y sales escopetada hacia el baño cochambroso del chiringuito más cercano…

7. Las pelotas: tus hijos quieren jugar a la pelota "o mejor, ¡a las palas!" y tú, con miedo por que le saquen un ojo a alguien, propones dar un paseo por la orilla. Ellos, furiosos, te miran diciendo: "¿Pero tú te crees que tenemos 80 años, o qué?"

8. Topless: según ves al grupo de jovencitas de dos toallas más allá quitarse la parte de arriba del bikini rezas para que tus hijos, entretenidos enterrándose mutuamente, no las vean. Pero pasa, ¡cómo no iba a pasar!, las ven, las miran, las remiran y las señalan. Faltaría más. Mientras, tú pides que por qué no te entierran un ratito a ti.

9. Vuelta a casa: después de un día intenso, vuelves derrotada, como recién salida del campo de batalla, igual de cargada que cuando te marchaste pero 20 años más vieja.

10. Y entonces decides ir al espectáculo viejuno del hotel y te das cuenta de que está pasando: tu pareja y tú sois tus padres.

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