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Esto es lo que pasaría si no hubiera Luna (y otras preguntas científicas que hacemos a Google)

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El final del año es momento de balances. Y tratándose de saber qué buscamos en internet, nadie mejor que Google para contárnoslo. En la recopilación anual de los términos más buscados por los internautas nunca faltan programas de televisión, personajes populares o eventos de la actualidad, pero las consultas no se limitan a esto: hay quienes ven en la casilla más popular de la red una versión moderna de los oráculos o de las antiguas máquinas de magos de las ferias, o incluso una segunda opinión alternativa a la famosa Bola 8 Mágica.

Algunas de las preguntas que los usuarios han formulado con más asiduidad a Google en 2015 son de carácter científico. Estas son las respuestas.

¿QUÉ PASARÍA SI NO HUBIERA LUNA?

No es obligatorio que un planeta tenga satélites naturales, ni que estos sean necesarios para hacerlo habitable. El hecho de que la Tierra tenga una luna, y que sea la mayor del Sistema Solar en relación a su planeta, es producto de una pura casualidad catastrófica: la hipótesis más aceptada dice que hace unos 4.500 millones de años, cuando la Tierra apenas acababa de nacer y el Sistema Solar aún era un peligroso juego de carambolas, una roca del tamaño de Marte colisionó violentamente con ella. Del impacto contra la Tierra de aquel gran cuerpo, al que los científicos llaman Tea, surgieron nuestro planeta actual y su luna.

formación luna

Es cierto que la Tierra sería un lugar muy diferente si Tea hubiera pasado de largo: la Luna ralentizó la rotación terrestre. Según los científicos, antes de aquello un día en la Tierra duraba solo unas seis u ocho horas.

Algunos expertos apuntan que en los planetas de rotación más rápida, como Júpiter, los vientos son mucho más fuertes; la Luna ha evitado que toda la Tierra esté sometida a diario a vendavales de más de 160 kilómetros por hora, lo que sin duda habría dificultado el desarrollo de la vida.

Por otra parte, la Luna también estabiliza el eje de rotación terrestre. Si no fuera así, el bamboleo de la Tierra haría variar la inclinación de los rayos solares, por lo que el clima cambiaría enormemente a lo largo de la historia; por ejemplo, habría épocas de hielos en lo que hoy conocemos como la región ecuatorial. Y a todo ello se añade que las noches serían oscuras como boca de lobo, que no habría eclipses y que las mareas serían mucho más débiles, lo que repartiría más agua hacia los polos.

¿QUÉ PASARÍA SI LA TIERRA DEJARA DE GIRAR?

Una estrella naciente lleva a su alrededor lo que se conoce como disco protoplanetario, un anillo de material a partir del cual se formarán los planetas. Este disco gira en órbita alrededor de la estrella. Cuando la gravedad reúne montones de materiales que formarán planetas individuales, estos heredan esa rotación que continuará indefinidamente, ya que en el espacio no hay nada que detenga el movimiento.

En el caso de la Tierra, además, la rotación de una de sus partes ha sido clave para que hoy estemos aquí. La capa exterior del núcleo de nuestro planeta está compuesta por una aleación líquida de hierro y níquel que gira rápidamente, y es este movimiento el que produce el campo magnético terrestre mediante un mecanismo de dinamo.

campo magnético

El campo magnético protege a la Tierra del viento solar y de la radiación cósmica letal, y a esto le debemos la existencia de vida.

Un ejemplo de lo que ocurre sin esta barrera invisible lo tenemos en Marte: en nuestro vecino rojo, la casi total ausencia de campo magnético hizo que el viento solar se llevara la mayor parte de su atmósfera.

Otra cosa es qué ocurriría si la Tierra se detuviera de repente. Es fácil imaginarlo: dado que nuestro planeta gira a razón de una vuelta al día, esto significa que en el ecuador la velocidad de rotación es de unos 1.670 kilómetros por hora. Ya sabemos cómo actúa la inercia cuando un coche se ve obligado a frenar bruscamente; si este frenazo se produjera viajando a más de 1.000 kilómetros por hora, todo lo que conocemos sobre la faz de la Tierra se vería de repente arrastrado por una fuerza inconmensurable. Tal vez algunos microbios podrían sobrevivir, pero el resto de la vida desaparecería de un plumazo.

¿QUÉ PASARÍA SI USÁRAMOS EL 100% DE NUESTRO CEREBRO?

En este caso es de esperar que la búsqueda en Google aclare la confusión: esa frase tan oída de que solo utilizamos el 10% de nuestro cerebro no es más que un mito. Todos utilizamos el 100% de nuestro cerebro, pero no todo al mismo tiempo. El cerebro no es un montón de neuronas iguales, sino que sus regiones están especializadas en distintas tareas, como el razonamiento, las emociones o la visión. Dependiendo de la tarea mental que estemos ejecutando en cada momento, utilizaremos más unas regiones cerebrales que otras, y con diferente intensidad.

No cabe duda de que el cerebro aún esconde muchos secretos; este año se ha descubierto que posee vasos del sistema linfático, una red que recorre nuestro cuerpo y que se encarga de recoger residuos y transportar células del sistema inmunitario. Parece increíble que este hallazgo, que obligará a cambiar los libros de texto, haya pasado inadvertido a la ciencia hasta el siglo XXI.

Pero en cualquier caso, una cosa está clara: entre esos secretos ocultos no está ningún poder sobrenatural, como sugería la película de Luc Besson Lucy. Mover objetos con la mente es imposible; ya no por el cerebro, sino porque es sencillamente incompatible con las leyes de la física.

¿QUÉ PASARÍA SI NO HUBIERA SOL?

La mayoría de los planetas giran alrededor de una estrella, o de más de una; pero no todos. En los años 70, los astrónomos comenzaron a sospechar que podían existir planetas flotando libremente en el espacio sin estar vinculados a ninguna estrella, simplemente orbitando su galaxia. Estos planetas interestelares o huérfanos podrían haberse formado directamente de esa manera como pequeñas estrellas fallidas, o bien pueden haber sido expulsados de su sistema solar nativo.

En 2012, el Observatorio Europeo Austral (ESO) detectó un posible planeta huérfano llamado CFBDSIR 2149-0403 a 100 años luz de la Tierra. Al año siguiente se confirmó otro aún más cercano, PSO J318.5-22, a solo 80 años luz. Aunque casos como estos podrían parecer una rareza, lo cierto es que hoy los científicos piensan que probablemente son muy abundantes.

planeta sin estrella

Curiosamente, y aunque a primera vista un planeta sin estrella debería ser un lugar frío e inhóspito, no tiene por qué ser así: en 1999, un astrónomo teorizó que una atmósfera de hidrógeno podría conservar el calor radiactivo interno de un planeta huérfano, y que por tanto la existencia de vida no es descartable. De hecho, CFBDSIR 2149-0403 no es precisamente un planeta frío, sino que su problema es justo el opuesto: su temperatura se estima en unos 400ºC.

En lo que se refiere a nuestro propio planeta, es obvio que sin la presencia del Sol desaparecería la vida tal como la conocemos. Sin el calor de nuestra estrella no tendríamos agua líquida, y la Tierra sería un lugar helado y muerto. Por otra parte, la energía de la luz solar fue la que permitió a algunos de los primeros microorganismos producir el oxígeno que respiramos, y que fue imprescindible para la aparición de la vida compleja.

¿QUÉ PASARÍA SI NO HUBIERA ABEJAS?

A menudo se cita una presunta reflexión de Albert Einstein según la cual la desaparición de las abejas terminaría con la vida terrestre en apenas cuatro años: sin abejas no hay polinización, las plantas se extinguirían y los animales terminarían muriendo. Lo cierto es que al parecer Einstein nunca dijo nada semejante, según la web de investigación de citas Quote Investigator.

Con Einstein o sin él, otros científicos sí han especulado sobre los efectos de una posible ausencia de las abejas, empezando por Darwin, que en su día ya advirtió de que algunos tipos de plantas se extinguirían. Desde finales del siglo XIX comenzó a apreciarse que las consecuencias no acababan ahí, sino que la pirámide ecológica entera correría riesgo de derrumbarse.

Uno de los primeros en alertar de que esto conllevaría el fin de la civilización fue el escritor belga Maurice Maeterlinck en 1901 y desde entonces han sido muchos quienes han defendido la misma tesis. Esperemos no tener ocasión de comprobarlo: desde la década pasada han comenzado a registrarse muertes masivas en las colmenas de varios países, un problema acuciante cuyas causas aún no se han definido con claridad.

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