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La UE alcanza un acuerdo para evitar la salida de Reino Unido

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DAVID CAMERON
David Cameron. | AP
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No le ha temblado la voz al primer ministro David Cameron. Ha concluido la negociación más importante de su vida y se siente vencedor. El Reino Unido ha logrado cambiar la naturaleza de su relación con la Unión Europea. Y de paso ha cambiado –con la ayuda de los otros 27 líderes europeos- también a la UE misma. Ahora sólo falta que los británicos decidan en referéndum que se sienten cómodos con este acuerdo y desean seguir en una Europa que hoy se ha deformado para acomodar a un dubitativo Reino Unido. “Haré campaña con mi corazón y mi alma para que el Reino Unido continúe en la UE”, ha declarado el premier británico ante una abarrotada sala de prensa tras una cumbre de más de más de 36 horas y muy pocas horas de sueño.

Pero decidan o no quedarse los británicos –en una consulta que se celebrará probablemente el próximo 23 de junio- la UE ha cruzado una línea que deja desfigurados algunos de sus principios sagrados: la libertad de movimiento de trabajadores, su no discriminación y su igualdad allá dónde residan en todos los rincones de Europa.

Como era previsible, los líderes de los 28 estados que componen la Unión Europea han acordado que el Reino Unido pueda utilizar un “freno de emergencia” en caso de que los ciudadanos comunitarios trabajando en el Reino Unido supongan una carga excesiva para sus finanzas públicas. Dicho mecanismo permitirá que los europeos que lleguen al Reino Unido a partir del momento en que se ponga en marcha el mecanismo –lo que podría suceder en enero de 2017, ha dicho Cameron- no puedan durante siete años acogerse a beneficios sociales a los que sí tendrán derecho los trabajadores británicos. Es decir, ante un mismo trabajo, los ciudadanos europeos recibirán más o menos en función de su pasaporte. Además, el mecanismo podrá afectar de manera retroactiva a quienes ya disfruten de esos beneficios a partir de 2020.

Las contradicciones de esta medida con el espíritu de la Unión Europea las explicaba recientemente el presidente del Parlamento Europeo Martin Schulz en una conferencia pronunciada en la London School of Economics. Con un ejemplo práctico, Schulz mostraba las implicaciones de la medida:

“Claudia es alemana. En 2017 viene a trabajar a la London School of Economics. No le conceden beneficios sociales. Y le dicen que sólo recibirá esos beneficios de manera completa en 2021. Su compañero británico John, que también trabaja en la universidad haciendo el mismo trabajo, recibe todos los beneficios. Incluso a pesar de que las leyes de la Unión Europea le dan derecho a Claudia a un trato igual”.

Estos recortes en las prestaciones a ciudadanos europeos no británicos se acompañan además de otras medidas destinadas a reducir las ayudas que las familias reciben por sus menores. En caso de que los niños residan fuera del Reino Unido, recibirán la ayuda de manera proporcional al coste de vida del país en que residan.

El tono eufórico que Cameron ha empleado para detallar estas medidas han dado una idea de la formidable manera en la que el debate sobre la inmigración en el Reino Unido ha sido devorado por las emociones a costa de las razones y los números. Por momentos, el primer ministro ha dado a entender que el abuso, “conseguir algo a cambio de no hacer nada”, fuera lo habitual entre quienes han decidido ir a vivir al Reino Unido a buscar una vida mejor o sencillamente más estimulante.

EL GRAN RUBICÓN

Este es precisamente el gran rubicón que ha cruzado la Unión Europea en esta cumbre: dar por validos los argumentos que, derivados de la presión de las fuerzas populistas (que en el Reino Unido encarna el Partido por la Independencia de Nigel Farage), no se atienen a razones objetivas de carácter económico. Se estima que los beneficios que Cameron ha logrado restringir (que son en la práctica un complemento salarial para quienes ganan los salarios más bajos en el Reino Unido) afectan en la actualidad a 65.000 trabajadores en el Reino Unido. El ahorro que la nueva medida supondrá para el estado británico no será sustancial y pocos tienen dudas de que en la práctica el mecanismo no reducirá sustancialmente el número de ciudadanos europeos que vayan a trabajar el Reino Unido. Todo ello sin perder de vista que los ciudadanos europeos que trabajan en el Reino Unido aportar con sus impuestos una tercera parte más de lo que reciben en servicios públicos y beneficios sociales juntos.

Cameron ha logrado además un compromiso para que en el futuro se modifiquen los tratados de la UE y reflejen que los países que no están en el euro no puedan ser discriminados en los avances hacia una mayor integración económica y que el sacro santo principio europeo de avanzar siempre hacia una cada vez más estrecha unión no afecte al Reino Unido. “Nunca entraremos en el euro y nunca formaremos parte de un ejército europeo”, ha repetido Cameron. En definitiva, todo para el Reino Unido, ¿pero sin el Reino Unido?

El peor escenario posible podría ser que a pesar de lo acordado los británicos decidan marcharse. En ese caso, las medidas podrían no llegar a aplicarse nunca (una demanda que Bélgica quería a toda costa) pero no está tan claro. Marine Le Pen ya ha anunciado que si logra alcanzar la presidencia en Francia exigirá una negociación “a la británica” y celebrará después un referéndum. En latitudes más próximas al establishment europeo, lo acordado hoy también tendrá consecuencias. Es un secreto a voces que otros países europeos miran con interés la nueva normativa para poder utilizarla y discriminar a los trabajadores en función de su pasaporte. “Los abusos en el estado del bienestar también nos afectan en Alemania”, ha declarado la canciller Angela Merkel.

Se ha cerrado en todo caso un ciclo en las relaciones entre el Reino Unido y Europa. Si los inicios se caracterizaron por una década de desprecios del continente a la isla – el Reino Unido solicitó entrar al club por primera vez en 1961 y no lo logró hasta 1973, una vez Francia levantó su gran veto – los últimos dos días han dejado claro que la Unión está dispuesta a casi todo, incluso a dejar de lado sus esencias, para que los británicos no crucen el canal de la Mancha sin retorno.

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