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Manuel Jabois: "La digestión del 11-M ha sido horrible"

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MANUEL JABOIS
Manuel Jabois | CARLOS PINA / EL HUFFINGTON POST
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Un joven de dieciséis años se toma un JB con cola a tragos rápidos. La gente lo observa mientras desayuna. Es temprano en Madrid. Cerca de la estación de Méndez Álvaro. Sale luego a la calle y se aproxima a un BMW. Se baja la ventanilla y el chico llegado de Avilés le pasa a Jamal Ahmidan -’el Chino’- una bolsa de deporte repleta de explosivos. Él cree que es polen.

Es Gabriel Montoya Vidal, también conocido como ‘el Gitanillo’, ‘Baby’ y ‘el Guaje’. Un delincuente juvenil, que traficaba con hachís, sin planes de futuro. Su amistad -en un universo de rayas, puticlubs, juergas sin fin- con Emilio Suárez Trashorras le llevó a un punto que no imaginaría: la trama asturiana del 11-M. Terminó llevando en un coche a varios de los autores del atentado una noche lluviosa de febrero hasta Mina Conchita.

Él sería el primer condenado por los atentados de Atocha y el único menor implicado por colaborar con los terroristas. Su vida, su historia, sus movimientos y su experiencia las cuenta ahora Manuel Jabois en Nos vemos en esta vida o en la otra (Planeta). Un extenso reportaje periodístico -”suelo tener muchos problemas con el espacio”- basado en sus conversaciones con ‘el Gitanillo’, que nunca había hablado con un medio.

El escritor y periodista de El País se enfrenta de una manera seca, árida, descriptiva y fría a uno de los episodios que más han dolido en nuestro país. “Mi trabajo no es enjuiciar, es preguntar”, le gusta decir a Jabois. El espejo de una realidad que todavía atormenta a España.

¿Por qué has escrito un libro sobre ‘el Gitanillo’?

Es el relato periodístico del primer condenado de los atentados del 11-M. Está hecho a partir de conversaciones con él, contrastado y ampliado con la información disponible y confirmada, incluida la sentencia. Es la historia de un chico que en cuatro meses pasa de estar en un portal con sus colegas haciendo travesuras, fumando algún porro y hablando de tías a participar de una forma natural en los atentados. Una naturalidad bajo la que estaba el verdadero espanto.

¿Cómo llegas hasta él?

A través un compañero de El Mundo que se llama Joaquín Manso, que propone hacer un reportaje con motivo del décimo aniversario del 11-M, porque este chico no había hablado nunca con un periodista. Entonces era menor, estaba más protegido, al principio salían sus iniciales y luego se le rebautizó como ‘el Gitanillo’. Esto inspiró a intentar que nos diese la primera entrevista en exclusiva. Me puse un contacto con él y me despachó fríamamente la primera vez.

A partir de ahí enciende una luz y dice ‘yo sé que algún día lo contaré’. Con ese teléfono que tenía, lo fui llamando poco a poco para preguntarle cómo iba todo. Al cabo de un tiempo, en el que yo me había llegado a desentender y había cambiado de trabajo a El País, se puso en contacto y comentó que estaría bien tomar un café y hablar para ver si podíamos tener la suficiente confianza. Suelo tener muchos problemas de espacio con los reportajes y no hubo una excusa mejor que para hacer un libro. Prefería hacer una larga crónica.

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¿Cuántas veces te has reunido con él? ¿Cuántas horas de conversaciones?

No excesivas. Lo que sí hubo fue mucho trabajo telefónico y de conversaciones. Y mucha documentación también. Con él me reuní tres o cuatro veces. Ya no estaba en Avilés, sino en un pueblecito del norte. Quizá eso fue también lo que terminó animándole a contar su historia.

No lo juzgué ni lo condené ni lo absolví

La primera vez que os visteis frente a frente, ¿qué impresión te dio?

Me sorprende porque su apodo -que era periodístico, nadie lo llamaba así en Avilés- era por ser un chaval flaquito, un quisquilla. Tenía 16 años en el 11-M y ha crecido mogollón. Es un tío fuerte, muy alto. Te impresiona un poco. Personalmente, lo vi normal, un chaval que estaba integrado y tenía su trabajo precario, pero empleo al fin y al cabo. Muy loco con los perros y que quería irse a vivir a una casa en el monte. En apariencia, reinsertado. Yo, desde luego, no lo juzgué ni lo condené ni lo absolví. Yo iba a hacer mi trabajo: capturar su historia y narrarla.

¿Lo has visto en algún momento arrepentido?

Dice que se arrepiente de lo que ocurrió, pero no de lo que hizo. Lo cuenta explícitamente. Es una forma un poco retorcida de ver las cosas. Me la creo porque no es una frase excesivamente exculpatoria.

En el libro se cuentan episodios muy bestias como el camino a Mina Conchita, la huida a Toledo o su paso por el centro de menores de Los Rosales. De lo que te narró, ¿qué es lo que más te impactó?

Debajo de cada frase hay 192 muertes. Ese viaje tiene unas consecuencias que semanas después las verá todo el mundo y será portada internacionalmente. Habrá miles de familias destrozadas. Lo que me provocó mayor impacto fue que el 11 de marzo de 2004, a las dos horas de los atentados y cuando el 99% de la población estaba maldiciendo a ETA, había dos pandilleros -uno de 16 y otro de 27 años- en Avilés que estaban debajo de una televisión y con la imagen de la estación diciendo ‘esto fue Mowgli’ (el apodo que le pusieron a ‘el Chino’). Para calibrar el horror y el espanto real, esa es la imagen.

¿Cómo se enfrenta uno a escribir sobre el gran puzle del 11-M?

Primero evitando el puzle porque no soy periodista de investigación y esta es una historia personal de un chaval que tiene una presencia importante en el 11-M. También es verdad que si no estuviera él, habría otro. No es la pieza maestra. La forma de encarar estos reportajes y artículos periodísticos es la neutralidad, la mayor objetividad posible. El compromiso nace de la objetividad. Cuando estás relatando unos hechos estás informando, aunque sean de acontecimientos tan trágicos. En este libro no hay ninguna moraleja, no hay ninguna conclusión. Mi trabajo no es enjuiciar, es hacer preguntas y proporcionar la información.

La fidelidad del lector está ahora bajo mínimos

¿No hay cabida ahora mismo en los periódicos para que este tipo de relato se pueda publicar por entregas?

Se podría intentar, y así funcionaban las cosas. Lo hacían Chaves, Capote, Mailer, Hemingway o García Márquez. Lo que pasa es que no sé hasta qué punto es alta la fidelidad del lector para que cada día vaya atrapándole una historia. Estamos en un momento periodístico de mucha fracción, de muchos estímulos externos, de mucha información. La fidelidad del lector ahora mismo está bajo mínimos, en el sentido de asentamiento de una rutina. Ahora se picotea mucho más, hay acceso a más versiones. No sé si es posible, ni siquiera si yo mismo me podría enganchar a una historia por entregas. Entre otras cosas, porque cuando te pones a leer te gusta hacerlo de tirón. Es lo que pasa con las series.

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El 11-M marcó a toda España, todo el mundo se acuerda dónde estaba y cómo se enteró. ¿Cómo lo viviste?

Estaba durmiendo. No recuerdo lo que hice la noche anterior, pero nada conveniente. Me levanté sobre las once y pico y lo primero que hice fue poner el Teletexto porque no tenía Internet. Me fui corriendo al periódico -El Diario de Pontevedra- y me enganché a la información a través de los televisores y de Internet. Recuerdo la inmensa tristeza, el ambiente terrible de pesadumbre, de depresión. El bajonazo que sucede a la semana de la muerte de un ser querido.

El 11-M ejemplifica muy bien los males de este país

¿Cómo crees que España ha digerido el 11-M después de doce años? ¿Qué nos ha quedado de aquello?

Lo que queda de las grandes digestiones de España, un odio cainita. Un enfrentamiento continuo. Doce años después todavía seguimos siempre con problemas, con un ambiente tenso. Este año parece que se han puesto de acuerdo. Este país no aprende. Si ni siquiera ha aprendido las lecciones del 11-M, no sé qué otras puede aprender. Ha sido una digestión horrible. Se produjo a finales de una campaña electoral, hubo las jornadas de después, todavía sigue gente diciendo que fueron unos atentados para colocar a Zapatero en La Moncloa, durante años gente de relevancia habló de golpe de Estado encubierto. El 11-M ejemplifica muy bien los males de este país porque ni siquiera con 192 cadáveres encima de la mesa somos capaces de darnos la mano y olvidar las rencillas, ya sean personales o ideológicas.

¿Te intriga indagar más sobre alguno de los otros implicados?

No, a través de la historia de ‘Baby’ el caleidoscopio muestra a los demás con sus versiones. La trama asturiana del 11-M, en cierto modo y para cierta gente, fue la historia también de un aburrimiento de un tiempo muy perdido, de una gente que no tenía grandes misiones. Él era un chaval aburrido, que no tenía nada que hacer, que había dejado los estudios. Los otros chicos también son gente que está jugando a la consola, que tiene alguna deuda de 100 pavos y que su objetivo es salir de marcha, ponerse. En cierto modo, el horror se disfraza aquí de muchas formas y una es el aburrimiento.

¿Ha leído el libro el protagonista?

No, todavía no. No se lo he enviado. Nunca sabes cómo puedes sentar, tampoco es mi problema. No es el típico reportaje que dices ‘ojalá le guste’. Ahí está lo que me ha contado y no lo utilizado para ninguna causa.

Después de este libro tan seco, duro y árido, ¿qué tienes entre manos literariamente?

No lo sé. Hay un libro que me gustaría abordar de una vez, y que tengo pendiente, que es sobre Camba. Un trabajo corto, breve. La verdad es que no tengo ni idea. Siempre que empiezo una novela aparece una historia real mejor. Entre la imaginación y lo que puedo tocar, siempre elijo la realidad porque la mirada es la de reportero y no la de novelista.

EN BREVE

Un libro: El adversario, de Emmanuel Carrère

Una película: Centauros del desierto

Una serie de televisión: Los Soprano

Un bar: El Baúl, en Pontevedra

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