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Los brillantes (y eternos) discursos de Castro

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Fidel Castro fue un orador extraordinario, tanto por su habilidad con la palabra como por la cantidad de tiempo que era capaz de usarla. Ostenta el récord Guinness del discurso más largo de la historia en la ONU, cuatro horas y 29 minutos, el 29 de septiembre de 1960, en su primer intervención ante la cámara.

Al subir al estrado , vaciló al auditorio: "No se preocupen, seremos breves".

No es su primer chiste en la ONU sobre su verborrea. En la Cumbre del Milenio de 2000, subió al estrado, cubrió con un pañuelo la luz que avisa a los cinco minutos de que el tiempo de intervención ha concluido, arrancando carcajadas de los presentes, y procedió a hablar exactamente cinco minutos, para regocijo de su audiencia.

La suya es una larga trayectoria de peroratas, y las más espectaculares no se han producido en suelo extranjero.

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ

Antes de la revolución, tras ser arrestado por tratar de tomar el cuartel de Moncada, decidió representarse a sí mismo durante el juicio. Recién licenciado en Derecho, el 16 de octubre de 1953 pronunció ante el tribunal un mítico discurso de cuatro horas en el que explicó los males de Cuba y sus planes para la isla.

Su alegato, plagado de referencias al libertador José Martí y titulado La historia me absolverá, tuvo un efecto espectacular. El juez, en efecto, absolvió a la mayoría de los implicados en el proceso.

La imagen del gobierno dictatorial salió dañada y, aunque Castro fue condenado a 15 años, el juez le aseguró que su vida no correría peligro en la cárcel, de la que salió al año convertido en un héroe nacional. Nunca bajó el ritmo en sus discursos, incluso al ir envejeciendo, aunque hay debate sobre cuál ha sido su intervención más larga.

EL DISCURSO MÁS LARGO

El Mundo recuerda uno de siete horas y cuarto frente al Parlamento cubano el 26 de febrero de 1998, tras ser reelegido presidente hasta el 2003, cuando tenía ya 71 años. Habló sobre historia, su vida personal, sobre cine y TV, sobre las elecciones en Cuba y la reciente visita que había realizado el papa Juan Pablo II.

Comenzó a hablar a las 17.30 y terminó de madrugada con su habitual "¡Patria o muerte, venceremos!". Cuando le advirtieron de que se estaba pasando de tiempo dijo que aún quería decir un par de cosas más y que no se sentía cansado.

Otros recuerdan el que dio en el III Congreso del Partido Comunista de Cuba, celebrado en La Habana en 1986: siete horas y 10 minutos.

Le dieron para hablar del comunismo, del partido, de los deberes de los revolucionarios, de la historia de Cuba, de Marx y Lenin, de la economía, la sanidad y la educación. Y del Enemigo, el imperialismo, que aparecía en casi todos los discursos.

El mundo ha perdido un orador apreciado incluso por aquellos que no eran sus aliados, un político cuya retórica ha protagonizado libros.

El escritor Gabriel García Márquez, íntimo amigo suyo, describió una vez el espectáculo que suponía ver a Castro en el estrado:

Empieza siempre con voz casi inaudible, de veras entrecortada, avanzando entre la niebla con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Entonces se establece entre él y su público una corriente de ida y vuelta que los exalta a ambos y se crea entre ellos una especie de complicidad dialéctica, y en esa tensión insoportable está la esencia de su embriaguez. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo