TENDENCIAS

Almudena Grandes: "Frente al machismo 3.0, es normal que el feminismo se rearme"

La escritora habla en esta entrevista del (no) final de la crisis, de la división de la izquierda y del referéndum catalán.

17/09/2017 20:33 CEST | Actualizado 17/09/2017 20:33 CEST
CARLOS PINA

Cuando a Almudena Grandes (Madrid, 1960) se le mete una historia o una imagen en la cabeza, puede convertirse en obsesión. Y así ocurrió con la casa de la calle Galileo 14 de Madrid, un lugar por el que la escritora ha pasado "miles de veces" y que dio techo a Clara Stauffer, una destacada falangista que ocultó y refugió a numerosos criminales nazis durante años.

Stauffer es uno de los personajes centrales de la última novela de Grandes, Los pacientes del doctor García (Tusquets), la cuarta de la serie de seis Episodios de una guerra interminable. La autora acude a su entrevista con El HuffPost no sólo para presentar este libro, sino también dispuesta a analizar la actualidad política española, la situación en Cataluña, la evolución del feminismo (y del machismo) y la necesidad de una ley de memoria histórica.

¿Cómo llegaste a la historia de Clara Stauffer o cómo llegó la historia hasta ti?

Encontré a Clara en un libro, como casi todas las cosas que me han pasado y que he aprendido en mi vida; en un libro del periodista Javier Juárez que se llama La guarida del lobo, que me llamó la atención porque en la portada salía Otto Skorzeny [un militar nazi], muy desfigurado, con su cicatriz, pero muy atractivo también. En aquella época en la que yo leía toda clase de cosas sobre la posguerra, el franquismo y sus implicaciones, de repente me encontré con Clara y, más que con Clara, con la casa de Clara. Lo que me marcó fue lo de Galileo, 14. Una calle (con un cine, un teatro, una sala de conciertos, un centro cultural donde mi hija daba sus conciertos) por la que he debido de pasar miles de veces. Lo que me impresionó primero fue lo cercano del lugar.

Y luego ya cuando vi la foto de Clara en Peñalara en bañador, de alguna forma se apoderó de mi cabeza y de mi corazón. Todo lo que fui investigando de ella me fue fascinando más y más. Es una mujer muy singular, muy poliédrica, que tiene muchas facetas. Destacó como deportista amateur de alto nivel, ya que en la España prerrepublicana y republicana las mujeres tenían la posibilidad de dedicarse al deporte de competición. De la misma manera, empezó una carrera política muy joven, participó en la fundación de la Sección Femenina, ocupó el tercer puesto del organigrama muy pronto y hasta el final. Pero cuando Franco ganó la guerra ella contribuyó a imponer a las mujeres españolas unas condiciones de vida distintas a las que a ella la habían formado y que le habían permitido llegar a ser lo que era. Eso me fascinó: su doble nacionalidad, su doble militancia y, sobre todo, hay una cosa muy fascinante en Clara: a pesar de que estaba protegiendo a criminales malvadísimos y a pesar de que ella era servidora de una causa social del mal, fue una mujer verdaderamente abnegada, que vivió para su causa. Perteneciendo a una muy buena familia y con una herencia que le habría permitido vivir bien, todo lo que tenía Clara (su capacidad de trabajo, su casa, sus propiedades) lo puso al servicio de su causa y fue como una madre para un montón de refugiados. Es verdad que había criminales monstruosos entre esos refugiados y es verdad que no me inspira ninguna simpatía su causa, pero, sin embargo, hay que reconocer su abnegación.

El PP es el único partido de la derecha europea que conserva vínculos con un partido fascista.

En algún momento has comentado que "nuestra relación con el pasado es anormal y patológica", en referencia a la memoria histórica. ¿Cómo lo explicas?

España, por un lado, es una pura anomalía desde 1945, cuando acaba la Segunda Guerra Mundial y los Aliados, que nunca quisieron reconocer que la Guerra Civil había sido la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial, decidieron que Franco les caía más simpático que los demócratas españoles y entonces le dieron la vuelta a ese axioma latino y dijeron lo de 'el amigo de mi enemigo es mi amigo'. La mejor prueba de esa anomalía es que a finales de los 40 las potencias del Eje habían recuperado la democracia y la dignidad, pero, mientras, aquí, el reloj se había parado. España fue la única potencia implicada en la Segunda Guerra Mundial que no cambió después del 45.

Pero, además, los españoles seguimos perseverando en esa anomalía después de la Transición. España es el único país de toda Europa que no tiene una política pública de memoria. Es la única democracia europea surgida de un régimen totalitario que no se funda en un acto solemne de repudio de la dictadura anterior. El Partido Popular, para concretar, es el único partido de la derecha europea que conserva vínculos con un partido fascista. Y la democracia española es la única democracia que no se funda sobre su propia condición de antitotalitarismo, sino que se funda sobre el aire, sin referentes. Esa anomalía ha impregnado buena parte de las instituciones y de la vida política española.

CARLOS PINA

¿Qué dirías a quienes piensan que es mejor olvidar y pasar página?

Olvidar es necesario, pero, para olvidar, primero hay que resolver los temas. La cuestión es que en España se pretende que se olviden historias que no están resueltas. Es fundamental resolver los asuntos pendientes para poder empezar a olvidar y, si no a olvidar, por lo menos a otorgar a quienes quieran el derecho a poder olvidar. Lo que es una barbaridad es pretender olvidar cuando los temas no se han resuelto y, sobre todo, temas que en España ya exceden la propia política.

El hecho de que haya 100.000 fusilados enterrados en las cunetas no tiene que ver con la política, sino con los derechos humanos.

Otra anomalía española es que hay gente que considera que el hecho de que haya 100.000 fusilados enterrados en las cunetas tiene que ver con la política, con la derecha o con la izquierda, y en realidad esto es un asunto de derechos humanos. Hay decenas de miles de familias españolas a las que se les está negando un derecho humano fundamental. Un Estado democrático no puede hacer esto. Es evidente que el asunto de la memoria histórica está muy mal enfocado en nuestro país. Pese a todo, yo sigo estando persuadida de que la batalla de la memoria se ganará por una ley, pero no va a ser por la ley de la memoria histórica, sino por la ley de la gravedad. Porque las manzanas se caen de los árboles. Y aunque tres millones de personas se queden afónicas soplando para arriba, al final se caerá. Habrá un momento en que una generación de españoles nacidos en democracia llegarán al poder y no entenderán su país. Esa es mi esperanza.

¿Piensas que a los jóvenes de ahora, que serán los políticos del futuro, les interesa la historia de guerra y posguerra?

No sé si les interesa o no, pero me imagino que sí les interesará la calidad democrática del Estado en el que van a gobernar. Estos asuntos perjudican la calidad de la democracia española y, en gran medida, son responsables de la desafección que sienten los ciudadanos hacia la política y del descrédito a las instituciones. Así que no les quedará más remedio que interesarse.

La conciencia política de un trabajador de la construcción de los años 30 era superior a la que tiene cualquier licenciado de ADE ahora.

En esta última novela reivindicas una burguesía republicana, de izquierdas, y es verdad que mucha gente no concibe que ambos conceptos puedan ir unidos. Se ve, por ejemplo, en las críticas al líder de Izquierda Unida, Alberto Garzón, simplemente por celebrar su boda.

Esta novela resulta una reivindicación de la burguesía republicana, pero porque es una clase social exterminada en el relato de la Guerra Civil. En la literatura y el cine español contemporáneos hay una corrección política encubierta. Si os fijáis, los republicanos sólo son verdugos o víctimas, no héroes y, en ambos casos, son gente analfabeta, pobre, manipulable, que no tienen capacidad de decidir, a quienes alguien ha engañado. La burguesía republicana, la clase social que forjó la Segunda República, a la que pertenecía la gran mayoría de los dirigentes de la Segunda República, está ausente. Porque se pretende asociar a los republicanos con un radicalismo violento e ignorante.

Es verdad que en los años 30 en España había mucho analfabetismo, la gente era muy inculta. Pero la conciencia política de un trabajador de la construcción era superior a la que tiene cualquier licenciado de ADE ahora mismo. La burguesía republicana fue fundamental porque, sin ella, no habría nacido la República. Si la República no la hubieran impulsado intelectuales, pensadores, juristas, filósofos, ¿quién habría escrito la Constitución del 31? ¿Quién se habría dedicado a fundar escuelas? ¿Cómo habría sido posible montar un Estado en tan poco tiempo? En este caso, como la novela cuenta una iniciativa diplomática de las autoridades republicanas en el exilio, mis protagonistas tenían que ser burgueses y me parece que está bien reivindicar esa clase social injustamente apartada del relato. Es injusto por ellos e injusto por la imagen que se da de la República.

¿Cómo ves la situación política actual de la izquierda?

Mal. Sobre todo respecto al gran problema natural de la izquierda española, que es la división. Parece que la izquierda española ha nacido con el gen de la división. Sin embargo, si comparamos a la izquierda española con otras izquierdas europeas, es difícil verlo mal. Porque la novedad que en otros países ha representado la aparición de partidos xenófobos y de extrema derecha aquí se ha visto sustituida por la aparición de un partido de extrema izquierda, que ha conseguido un resultado electoral que triplica el mejor resultado histórico de un partido a la izquierda del PSOE. Me refiero a Podemos. Es verdad que el PSOE siempre ha arrastrado el mal de la división —este año hemos tenido ejemplos de la tremenda fuerza de ese gen— y es verdad que Podemos también está amenazado, aparentemente, por ese problema endémico de la izquierda española. Pero, dejando el tema de la división aparte, el hecho de que Pedro Sánchez haya ganado las primarias abre un tiempo nuevo. Yo soy una optimista congénita y quiero pensar que ahora está más cerca una posible alternativa gubernamental de izquierdas. Me gustaría poder dejar de hablar de una división de la izquierda lo antes posible.

Creo que ahora está más cerca una posible alternativa gubernamental de izquierdas.

¿Es verdad entonces eso de que la derecha es más fuerte porque está más unida?

La derecha está más unida que la izquierda porque en este país sólo hay un partido de derechas. Creo que Ciudadanos ha sido ambiguo y también tiene muchos problemas, hasta de unidad, sin ser un partido de izquierdas... Parecía que podía ser una alternativa al PP, pero han optado por una presencia más neutral, más en tierra de nadie. Pero antes de que apareciera Ciudadanos toda la derecha se concentraba en el PP. El PP es un partido que en el que caben desde los demócrata-cristianos hasta los ultraderechistas. Con una ley electoral como la española que favorece descaradamente a las mayorías y perjudica a las minorías, el hecho de estar unidos y de que toda la derecha esté ahí es una ventaja evidente.

Yéndonos a la extrema derecha... ¿qué queda de los nazis de los años 40 en la Europa actual y, concretamente, en España?

En la Europa actual lo que quedan son los neonazis, que son un movimiento muy exitoso en algunos países, no aquí. En España, lo que queda es que nos chupamos 40 años de dictadura porque los Aliados no quisieron darse cuenta de lo que estaba pasando aquí. Las secuelas de esos 40 años de dictadura las seguimos arrastrando, aunque aquí no haya neonazis.

Que también los hay...

Sí los hay, pero no tan poderosos como en Hungría, en Polonia o en Alemania.

La salida de crisis se me antoja un tanto eterna y utópica.

¿Qué queda de la Almudena Grandes de Las edades de Lulú?

Queda poco, como en cualquiera al cabo de casi 30 años. Pero, afortunadamente, madurar no es sólo engordar y que te salgan canas. Tiene un lado positivo y ahora soy mejor escritora porque tengo más control sobre mi trabajo y porque he aprendido muchísimas cosas. He perdido la frescura del principiante, pero he ganado control y sabiduría.

CARLOS PINA

¿Y qué queda de la España en crisis de Los besos en el pan?

De eso sí que queda mucho. Para ser completamente honestos, el Gobierno debería reconocer que sólo habremos salido de la crisis cuando recuperemos niveles de vida comparables a los de antes de la crisis. Con lo cual, la salida de la crisis se me antoja un tanto eterna y utópica. Probablemente nunca volveremos a vivir como en la primera década del siglo XXI. En cualquier caso, mientras en España exista y crezca la clase social nueva de los trabajadores pobres —la gente empleada que no es capaz de salir de la miseria con su trabajo— de la crisis quedará todo. Para mí esa es la prueba del nueve. Mientras se dé esa realidad, mientras en España las limpiadoras de hotel cobren dos euros por habitación, queda todo. Da igual que crezca el consumo, da igual que los más favorecidos vivan mejor. Una situación como esta hay que mirarla desde el punto de vista de los más desfavorecidos, de los menos afortunados. Y, desde ese punto de vista, creo que la crisis está prácticamente intacta.

Es normal que el feminismo se rearme.

En El País Semanal compartes espacio con columnistas como Javier Marías. No sé si estás al tanto de la última polémica que le rodea...

Cada uno tiene su forma de estar en el mundo y sus hobbies, y las polémicas no son mis hobbies. Yo no produzco polémicas ni las alimento. Sí me he enterado de algunas; de otras, no, porque él últimamente polemiza todas las semanas. Es su estilo de vida, pero el mío no.

Entonces no te hablo de Javier Marías, sino del tema del artículo.

Eso sí. Supongo que será el del feminismo.

Sí, uno titulado Feminismo antifeminista.

Sí, lo leí, lo leí.

Sin mencionar el nombre del autor, mi pregunta es sobre esta corriente que consiste en defender un antimachismo, pero desde una postura machista.

Creo que esta época que estamos viviendo se caracteriza por la resurrección y la modernización de demonios que creíamos haber exterminado para siempre. Nos estamos enfrentando a nuevas versiones de males muy antiguos. Hay una especie de fascismo 3.0, que sería Donald Trump; hay un racismo 3.0, que sería Marine Le Pen; y hay un machismo 3.0 que se envuelve en una cáscara teóricamente progresista y teóricamente bondadosa. Y, entonces, tenemos que estar muy agradecidos a Apple por que deje que sus trabajadoras congelen sus óvulos para ser madres a los 40, cuando las echen para meter a mujeres más jóvenes, a las que pagarán la mitad y a las que también dejarán que congelen sus óvulos. Frente a esa realidad, frente al rearme machista, frente a esa moto que nos intentan vender de que es por nuestro bien, por nuestra libertad —de la subrogada no voy a hablar porque ya se ha convertido en una obsesión personal, pero tiene que ver con lo mismo—, creo que es normal que el feminismo se rearme. Me parece una reacción muy razonable. ¿Que hay extremos virulentos? Desde luego. En cualquier movimiento se mete la pata. Nunca se hace todo bien al cien por cien.

Es fundamental una reacción feminista frente a la nueva misoginia. Y además es fundamental que el feminismo se repiense como movimiento. El feminismo fue el único movimiento social que triunfó en el siglo XX. Pero, al mismo tiempo, al triunfar fracasó. Porque el horizonte del feminismo tradicional, que era la igualdad jurídica, no ha traído igualdad. Por eso me gusta hablar de posfeminismo. Creo que tenemos que repensar esto, darle una vuelta y ver cuáles son los próximos objetivos, puesto que el objetivo clásico de la igualdad jurídica no ha traído igualdad. En este proceso de cambio y de reflexión profunda, en el feminismo se está pensando bien y se está pensando mucho, pero evidentemente no estoy de acuerdo con todo. Hay determinadas corrientes y replanteamientos del feminismo de la diferencia que a mí nunca me han gustado. Siempre he sido feminista de la igualdad. Todo lo del porno feminista, el posporno, no me interesa, con eso no estoy de acuerdo. Pero es que no existe ningún movimiento perfecto ni inmaculado. Y, sobre todo, cuando un movimiento está en reconstrucción, como el feminista, lo de menos es señalar con el dedo los excesos y los errores. A mí me parece un proceso necesarísimo y lo apoyo.

Hace dos años, Montserrat Domínguez te entrevistó para El HuffPost y te hizo una pregunta que creo que se podría repetir hoy: ¿cómo estás viviendo el pulso independentista en Cataluña?

Por un lado, con preocupación y tristeza por mis amigos catalanes. Yo publico en una editorial catalana (Tusquets) de un grupo español (Planeta) que ya ha dicho que si hay independencia, se va. Así que hay tensión en gente con la que trabajo todos los días.

Al margen de los asuntos personales, lo estoy viviendo como una consecuencia de los errores cometidos al mismo tiempo en Madrid y en Barcelona. Esta escalada es fundamentalmente responsabilidad de Mariano Rajoy y de Artur Mas, aunque luego Puigdemont lo ha heredado. Creo que ahí hay un cálculo electoral muy perverso. Rajoy, el PP, estaba convencido de que esta actitud le iba a dar votos en Cuenca, en Soria y en Santiago de Compostela y ha dejado que se pudriera porque le resultaba electoralmente rentable. Y Mas alimentó esta situación porque a Convergència, hoy PdeCat, este proceso le ha liberado en gran medida de las consecuencias del 3% que, sin embargo, están ahí, están esperándoles y les cazarán antes o después.

En mi opinión, los cálculos de dos políticos y de dos formaciones políticas muy irresponsables han creado una situación que se ha podrido y se ha enquistado. Lo que más me preocupa de lo que veo del proceso independentista de Cataluña es que una parte de la sociedad catalana ya se ha ido. Me da igual cuántos son; no sé si 20.000, 50.000, 400.000 o dos millones. En cualquier caso, son muchos los que, de alguna forma, se sienten fuera, al margen. Y son ellos los que pagarán el precio más alto cuando este proceso termine. Termine como termine. Personalmente, creo que se reconducirá, porque no queda más remedio. Pero cuando se reconduzca, peor, mejor o regular, ya hay una parte de la sociedad catalana que se va a sentir al margen y traicionada. Y eso es culpa de Rajoy y de Mas; sobre todo, de Rajoy, que es el más grande.

Hace tres o cuatro años se tendría que haber hecho un referéndum legal y vinculante.

¿Y cómo puede reconducirse?

No lo sé. Pero sí creo que para reconducir esto lo fundamental —y pienso lo mismo desde hace años— es un referéndum legal. Hace tres o cuatro años se tendría que haber hecho un referéndum legal, vinculante, sin propaganda infundada, en el que se pusieran las cosas sobre la mesa, en el que se garantizaran los derechos de todos, de los que van a votar sí, de los que van a votar no, con un censo electoral, con un centro de datos, con garantías. A mí me parece que un referéndum como el del 1 de octubre no es un referéndum, porque, sin garantías, no hay democracia. Creo que antes o después ese referéndum será inevitable. Pero cuando ese referéndum se produzca, habrá damnificados, pase lo que pase.

CARLOS PINA

De hecho, en la entrevista de la que hablo de hace dos años, tu respuesta es muy parecida a la de ahora. Ahí afirmas que "habría que haber hecho un referéndum hace mucho tiempo", que "Rajoy y Mas se retroalimentan permanentemente"...

Claro, claro, ahora cambiaríamos a Mas por Puigdemont, aunque la verdad es que él lo ha heredado. De alguna manera, Convergència ha cambiado de nombre, ha intentado cambiar de marca, pero la necesidad es la misma.

Incluso en aquella entrevista hablabas del "teatro de Forcadell" en el Parlament. Es curioso que justo ahora una columna tuya en El País ha levantado ampollas por comparar a Forcadell con Tejero...

Bueno, Forcadell ha pasado ahora del teatro al cine (risas). Ha pasado del teatro a la realidad.

¿Piensas que con todo el tema de Cataluña nos estamos desviando de otras cuestiones importantes?

Eso es evidente. Claro que el tema de Cataluña es urgente y hay que dedicarle toda la importancia. Pero, por ejemplo, gracias a la crisis catalana, prácticamente no nos hemos enterado de que el rescate bancario nos va a costar carísimo porque vamos a recuperar poquísimo. Y ahora resulta que el Banco de España dice que "joder, que ellos ya lo dijeron" y que no pasa nada. Esto, que habría sido una noticia de primera plana y motivo de interpelación al Gobierno, que habría sido gasolina para la oposición, ahora va a pasar desapercibido por el procés catalán. Y así como con tantas otras.