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Lo que me hizo Kevin Spacey cuando tenía 13 años, y lo que no hizo

Estábamos juntos en una obra de Broadway y éramos amigos. Y, de repente, dejamos de serlo.

06/11/2017 16:32 CET | Actualizado 06/11/2017 18:13 CET
Danny Lanzetta

Cuando tenía 13 años, Kevin Spacey me puso la mano en el muslo.

No es el acto más ofensivo que ha hecho, eso lo sabemos gracias a Anthony Rapp. El incidente descrito por Rapp en BuzzFeed ocurrió unos años antes que el mío y, lo que es aún peor, Rapp se encontraba extrañamente aislado. Cuando leí su declaración de lo ocurrido, me sentí aliviado, podía haber sido mucho peor.

Afortunadamente no fue así. Los caminos de Rapp y el mío nunca llegaron a cruzarse, él es algo mayor que yo, pero tengo la sensación de que tuvimos infancias similares. No creo que exista un sentimiento de "fraternidad" entre antiguos actores jóvenes, aunque todos sabemos lo extraña que podía resultar a veces esta experiencia. A día de hoy, cuando le cuento a mi mujer cómo me pasaba tres horas diarias en los sets de rodaje o que pasaba varias horas después del colegio en un coche dirección a Nueva York (Estados Unidos) para hacer tres castings, niega con la cabeza y concluye: "Tuviste una infancia rara".

Quizá. Pero me encantó. No tanto el hecho de actuar. Lo dejé cuando alcancé la edad adulta, y me interesaba bastante más John Milton que Al Pacino. Pero lo que me encantaba eran las oportunidades que me ofrecía: viajar, quedarme despierto hasta más tarde que mis compañeros de clase y que me trataran como a un adulto. Y lo que es más importante, conocí a algunas de las personas más interesantes que he conocido nunca. Muchas de mis percepciones del mundo a día de hoy se deben al privilegio que tuve con mi "extraña" infancia.

Kevin Spacey y yo estuvimos juntos en el reparto original de Lost in Yonkers en 1991. Nos entendimos estupendamente. Es un tío muy afable y gracioso, como sabe cualquiera que le haya visto en Saturday Night Live. Causa muy buena impresión, es fácil hablar con él y es muy divertido. Recuerdo que me fascinaba esa característica cicatriz en su cara, pero me daba miedo preguntarle por ella. Aunque estoy seguro de que no le habría importado que lo hiciera. Nunca olvidaré aquella fría noche en la que estuvimos sentados en la entrada de un hotel en Winston-Salem (Carolina del Norte, Estados Unidos). Hablamos sobre la obra, sobre mis vicisitudes de adolescente, sobre su edad (por algún motivo me costaba creer que solo tuviera 32 años). Fue una noche bonita. Fue encantador conmigo y con mis padres, y recuerdo irme a la cama contento de que Kevin Spacey fuera mi amigo.

En Nueva York, la obra de teatro fue muy alabada por las críticas y ganó un montón de Tony Awards. Kevin y yo éramos compañeros en uno de los mayores éxitos de Broadway. Nos hicimos buenos amigos. Salíamos juntos a cenar, charlábamos entre bastidores y una mañana incluso planeamos que yo fuera a su apartamento entre obra y obra. Sin embargo, normalmente estábamos en su vestuario. Kevin tenía uno de los vestuarios más lujosos en la otra parte del teatro. Era muy espacioso. Había un sofá y una televisión y uno de esos espejos elegantes de Hollywood con bombillas alrededor. Pasamos muchas noches ahí antes de salir al escenario, viendo partidos de baloncesto, especialmente los desempates.

Nos hicimos buenos amigos. Salíamos juntos a cenar, charlábamos entre bastidores y una mañana incluso planeamos que yo fuera a su apartamento entre obra y obra. Sin embargo, normalmente estábamos en su vestuario.

Ocurrió una de esas noches, estábamos viendo a los Celtics en la televisión y Kevin Spacey puso su mano en mi muslo. Mentiría si dijera que recuerdo las circunstancias exactas o la altura a la que puso su mano. Tengo trastorno obsesivo compulsivo diagnosticado, y a menudo no me fío de mi memoria. De hecho, acabo de hablar por teléfono con mi madre y dice que ni siquiera ese día fui capaz de decirlo con total seguridad. Pero sabe que estaba asustado. Y, sabiendo que su hijo no solía inventarse historias para llamar la atención, vino a recogerme para que no tuviera que ir a casa de Kevin. Creo que fue mi trastorno obsesivo compulsivo lo que detuvo a mis padres. Ellos tenían que hacerse cargo de un niño que escribía listas absurdas de sentimientos de culpabilidad, que se había desnudado en un supermercado con 4 años debido a un impulso inexplicable y estaba obsesionado con el número cinco. ¿Quizá esto no era más que otra manifestación de la enfermedad que todavía desconocían?

De modo que no dijimos nada, ni hicimos nada. Y, si soy totalmente sincero, hasta hoy nunca había pensado en hablar sobre esto, ni siquiera siendo adulto. Es más, a menudo he usado esta historia como la típica historia que cuentas en una fiesta, algo para llamar la atención de las personas medio borrachas sentadas en círculo cerca de los aperitivos. Y, a menudo, concluía la historia con un comentario casual del tipo: "Todo el mundo sabe esto sobre Spacey".

Ahora, cuando pienso en esos momentos, me avergüenzo de ello.

Aún no alcanzo a entender por qué estoy escribiendo sobre esto, por qué la declaración de Anthony Rapp me ha impulsado a sentarme y a buscar las palabras adecuadas. Supongo que la respuesta más sencilla es que escribir es mi vida. Empleo las palabras para aclarar mis ideas. Nunca llego a entender algo por completo hasta que he escrito sobre ello. Ese momento con Kevin nunca me causó mucho impacto, no estoy seguro de por qué. Unos años después del incidente, incluso acepté una invitación suya para ver Glengarry Glen Ross. Pero hay algo más, algo a lo que llevo dándole vueltas desde que Rapp alzo la voz. Lo mejor que se me ocurre es lo siguiente.

En 1951 William Faulkner escribió: "El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado". Y de eso se trata. No podemos escapar de nuestro pasado. ni yo, Ni Spacey, ni Rapp. Yo me tomé la situación que ocurrió con Spacey como una broma, una historia que contar en fiestas. Y ahora me enfrento a la seriedad de algo que tanto yo como mis padres, deberíamos haber afrontado de manera diferente. En cuanto a Kevin, ha sido capaz de evitar este tema durante muchos años. Pero no ahora, ya es suficiente.

Kevin ha sido capaz de evitar este tema durante muchos años. Pero no ahora, ya es suficiente.

Quiero ser generoso y decir que, de alguna manera, Kevin también ha sufrido, ya que vivimos en una sociedad que castiga a las personas por ser sinceras. La pedofilia es un trastorno psiquiátrico por el que alguien siente atracción por niños preadolescentes. Hay muchísimas personas que tienen estos sentimientos pero no actúan al respecto. ¿Qué hubiera pasado si a Kevin Spacey se le hubiera dado la oportunidad de hablar de sus atracciones sin miedo o sin una sanción cultural? ¿Seguiría candente este debate?

Pero Kevin, actor de éxito, tenía más oportunidades que la mayoría para conseguir ayuda. De hecho, en su disculpa no se responsabiliza de su comportamiento, y combina su sexualidad con la pedofilia. Me gustaría perdonarle. Me gustaría pensar que es redimible, aunque solo sea por el hecho de que me salgo con la mía con esta despreocupada respuesta. Pero hasta que Kevin no se sincere, no merecerá ser absuelto por sus pecados, que ni siquiera parece comprender.

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En lo que refiere a Anthony Rapp, aplaudo su decisión de alzar la voz, pese a tener que meter el dedo en la llaga. Él también sabe que no se trata solo de eso. Como señaló Rapp en su Twitter: "Yo saqué a la luz mi historia, animado por muchas mujeres valientes y hombres que han hablado para arrojar luz sobre esta situación y tratar de cambiarla, como ha sido mi caso". Tiene razón. Lo cierto es que esto es una historia interminable con una lista interminable de héroes y víctimas. Y muchas personas de por medio.

Nunca volví al vestuario de Kevin. Seguro que él se dio cuenta de que me pasaba algo. Y trató de ser simpático. Yo fui el primero de los personajes originales en irme de Lost in Yonkers. De hecho, Manny Azenberg, el productor de la obra, me permitió terminar mi contrato antes de tiempo para poder ir a California (Estados Unidos) a grabar Brooklyn Bridge.

Hasta que Kevin no se sincere, no merecerá ser absuelto por sus pecados, que ni siquiera parece comprender.

Después de mi última obra, la mayoría del reparto y del equipo fueron a McHale's, un bar irlandés que ya no sigue abierto. Allí estaba Daisy Eagan, que ese año ganó un premio Tony con 11 años. Habíamos estado juntos en Los Miserables hacía algunos años. Kevin estaba muy animado. Incluso hay una fotografía nuestra de aquella noche: él me levantaba y sonreía para la cámara. Yo, agitando piernas y brazos, disimulaba mi angustia. Más tarde, me dio una consola Atari Lynx como regalo de despedida. No venía en una caja y ya había un juego dentro de la consola. Es como si la hubiera comprado para él y después hubiera pensado que era una buena manera de caerme bien. Estuve jugando a ese juego durante varias horas en el asiento trasero del Toyota Previa de mis padres mientras cruzábamos el país.

Danny Lanzetta es novelista, un fanático de los Knicks y el director académico de Highbridge Voices. Puedes contactar con él mediante dannylanzetta77@gmail.com.

Este artículo fue publicado originalmente en el HuffPost Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.