INTERNACIONAL

Trump: "Es tiempo de reconocer oficialmente Jerusalén como la capital de Israel"

El presidente de EEUU se desmarca de la comunidad internacional y anuncia el traslado de su embajada desde Tel Aviv, indignando a los palestinos.

06/12/2017 19:12 CET | Actualizado 06/12/2017 20:14 CET
Ammar Awad / REUTERS
Las nubes se ciernen sobre la Cúpula de la Roca en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén.

Hasta ahora, EEUU ha sido el impulsor y el mediador esencial en los más de 20 años que lleva enfangado el proceso de paz entre palestinos e israelíes. Ya no más. Esta tarde, su presidente, Donald Trump, ha tirado a la basura su traje de árbitro y ha tomado un partido que le invalida para ser justo, para hacer propuestas creíbles y equilibradas: el republicano está dispuesto a reconocer que Jerusalén es la capital del Estado de Israel y quiere trasladar, por tanto, la embajada de su país desde Tel Aviv a la capital triplemente santa donde los palestinos también ansían tener la capital de su futuro estado y donde la zona árabe está militarmente ocupada desde 1967. Lo ha hecho con su corbata azul sobre su camisa blanca, los colores de Israel. "He determinado que es hora de reconocer oficialmente a Jerusalén como capital de Israel", ha dicho Trump en un discurso desde la sala de recepciones diplomáticas de la Casa Blanca.

Israel declaró unilateralmente en los años 80 que Jerusalén era su capital "única e indivisible", pero ante la ocupación vigente y las resoluciones de Naciones Unidas que la constatan, nadie en la comunidad internacional lo acepta, como demuestra el hecho de que no haya ninguna legación diplomática allá. El magnate rompe con este statu quo con un paso que ha indignado profundamente a los palestinos, preparados ya para salir a la calle en señal de protesta. Por si el territorio no estuviera ya suficientemente empapado de gasolina, Trump lanza una cerilla extra que puede causar un incendio de proporciones inmensas en todo Oriente Medio.

Trump lo prometió en campaña, insistente: "Trasladaré la embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, la capital eterna del pueblo judío". El pasado enero, recién llegado a la Casa Blanca, dio un paso atrás y ahora lo da hacia adelante de nuevo, aunque el traslado de los más de mil funcionarios no sea inminente. Demasiados asuntos de logística y seguridad por aclarar. Trump, ha dicho esta tarde, ha dado orden a su Gobierno para "contratar arquitectos" y construir una nueva embajada en Jerusalén que será "un tributo magnífico a la paz".

Ha defendido que su decisión supone meramente "reconocer algo obvio" que Israel defiende hace décadas y que los anteriores presidentes estadounidenses no quisieron aceptar quizá "por falta de valentía". "Esto no es nada más ni nada menos que un reconocimiento de la realidad. Es, además, lo correcto, algo que tiene que hacerse", ha argumentado Trump.

La embajada, por tanto, seguirá en Tel Aviv varios años, según ha avanzado el equipo del republicano.El presidente firmará la exención que mantendrá la ubicación actual de la embajada durante seis meses más, un documento que desde hace 22 años han ido rubricando todos sus predecesores a raíz de una ley aprobada en 1995 que ordenada el traslado a Jerusalén. Es decir, ya existe esa inclinación en Washington hacia la reclamación israelí de tener la capital en la ciudad dorada, pero durante décadas se ha mantenido sólo en el papel, se va retrasando en la práctica, semestre a semestre. Mientras, seguían adelante con los procesos de paz y las negociaciones, con mayor o menos éxito.

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Kevin Lamarque / REUTERS
El vicepresidente de EEUU Mike Pence observa al presidente Donald Trump durante su comparecencia de hoy.

POR QUÉ ES UN PASO TAN DESESTABILIZADOR

La medida anunciada ahora dinamita las vías diplomáticas empleadas para poner paz en el conflicto. EEUU ya no podría ser el impulsor de la solución de dos estados, Israel y Palestina, para empezar. Washington, pese a que sistemáticamente ejerce su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU en favor de Israel, es el país que en las dos últimas décadas ha servido de dinamizador y hasta de anfitrión de los distintos acuerdos de paz entre los dos adversarios.

Si decide mover su embajada, tomaría partido por uno de los bandos en litigio -Israel-, a las claras. Su capacidad de proponer debates y negociaciones se socavaría por su parcialidad, ya no más el "fiel y honesto amigo de todos", como decía el exsecretario de Estado norteamericano, John Kerry. Asumir el punto de vista de Israel es privar a Palestina de su pretendida capital futura, incluyendo además la privación del control de santos lugares jerosolimitanos como la Explanada de las Mezquitas, tercer lugar más sagrado del Islam y donde los judíos ubican a su vez el llamado Monte del Templo, santo entre los santos.

Las negociaciones directas entre Israel y Palestina están en punto muerto desde 2014 pero precisamente en este 2017 EEUU estaba impulsando nuevamente el proceso, después de que Trump visitase Jerusalén y de que el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente palestino, Mahmud Abbas, lo visitasen en el Despacho Oval. El norteamericano prometió una salida "traiga seguridad, estabilidad y prosperidad a los dos pueblos y a la región" y ha estado mandando emisarios a la zona para tratar de pergeñar un acuerdo.

Obviamente, ese intento salta por los aires si la embajada se traslada, pues se dará un estatus definitivo a Jerusalén como capital judía, cuando en todos los acuerdos de paz previos se ha dicho que la división de la ciudad -para la que hay decenas de soluciones sobre la mesa- no se abordará sino en último lugar, dada su sensibilidad. Es decir: si Trump inclina la balanza sobre el último punto de debate, ¿cómo se va a hablar antes de fronteras, seguridad, refugiados, recursos naturales...? Jerusalén, por nudo gordiano, se deja siempre para el final y él lo está anteponiendo y favoreciendo a una parte.

"Después de más de dos décadas de posponer (la implementación de esa ley), no estamos más cerca de un acuerdo duradero de paz", ha señalado Trump hoy, al asegurar que no tiene sentido pensar que "repetir la misma fórmula exacta" dará un resultado diferente. Ante las tensiones que ha generado en Oriente Medio su anuncio, Trump llamó a "la calma y la moderación", y pidió que "las voces de la tolerancia se impongan a las del odio". "Es hora de que todas las naciones civilizadas (...) respondan a los temas que generan desacuerdo con debate, no violencia", indicó el presidente.

Por todo ello, la comunidad internacional ha reaccionado de forma unánime, de la UE al Papa Francisco pasando por China, las naciones árabes o Irán, reclamando prudencia a Trump.

UNA OLA DE INDIGNACIÓN

La nueva apuesta de Trump puede generar un enorme problema de seguridad en Palestina: "Estaríamos ante un cambio en las reglas del juego. Sería la destrucción del proceso de paz en su conjunto y se llevaría a la región al caos, la anarquía y el extremismo", sostiene Saeb Erekat, quien durante años ha liderado el proceso negociador con Israel por parte de Palestina. Que Trump cumpla su palabra supondría una puñalada en el corazón de los palestinos, por lo que los analistas de la zona entienden que prendería la mecha de más indignación, más humillación, más violencia. El riesgo de disturbios o de una nueva intifada sería alto. Ya habría poco que perder. De hecho, hay ya convocadas manifestaciones para el día 8, un nuevo viernes de la ira en Gaza, Cisjordania y el este de Jerusalén.

Los vecinos árabes también están ya mostrando su enfado. Ven en el traslado de la embajada una provocación, porque afirmaría las pretensiones de Israel de mantener el status quo sobre Jerusalén, ya ocupada y subyugada a su mandato. EEUU no debería dar una bofetada así a sus aliados en la zona, esenciales para sus misiones internacionales o para sus agencias de inteligencia, como es el caso de Jordania o Egipto.

Ambos países tienen acuerdos de paz en vigor con Israel, ambos tienen frontera con territorio palestino y los dos se han implicado en los -infructuosos- procesos negociadores abiertos desde 1991. Son los que más pueden presionar. Así, pueden acabar retirando a sus embajadores como respuesta, frenando la cooperación en seguridad con Israel o guardando sus informaciones sobre yihadistas, suspendiendo temporalmente los tratados de paz (el de Jordania, de 1994; el de Egipto, de 1979)... Y existe un alto riesgo de disturbios en las dos naciones, en solidaridad con los palestinos.

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Una mujer pasa ante una pintada del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en el muro de Belén. En el bocadillo se lee: "Nice", es decir, "bueno".

Además, Netanyahu lleva meses hablando de un "nuevo horizonte" de relaciones con países del Golfo Pérsico o Turquía, sobre todo porque compartían su oposición a un Irán con derecho a llevar a cabo su programa nuclear. Ese acercamiento entre históricos enemigos quedaría congelado de inmediato si cambia la legación, por cuanto supone de revés para los aliados de siempre, los palestinos. Teherán, por su parte, se vería legitimado en su discurso anti-Israel, que propugna directamente su aniquilación como estado.

Además, el incendio en Jerusalén alentaría el islamismo. La causa palestina está presente siempre en el mundo árabe: a veces, sus gobiernos sólo la usan de palabra, de forma grandilocuente, con pocos hechos, pero ahí está; lo malo es que también movimientos integristas, yihadistas, han enarbolado el conflicto palestino-israelí como una de sus razones fundacionales. "Peleamos por liberar Palestina", decía en sus mensajes Osama Bin Laden. Terroristas como los de Al Qaeda sacan a relucir este asunto con frecuencia. Así, un apoyo tan claro de EEUU a Israel serviría para alentar el discurso antiamericano en Oriente Medio y serviría de excusa para posibles ataques futuros, como pasaba, por ejemplo, con la invasión de Irak en 2003.