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'Road trip' con los 'resucitados' del corredor de la muerte

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Shujaa con su pareja desde hace 35 años, Phyllis Prentice, a la que conoció cuando ella era enfermera en prisión/FOTO: SOFÍA MORO

El origen

La primera vez que supe que había más de un centenar de inocentes que un día fueron condenados a muerte en Estados Unidos fue en noviembre de 2009. En un restaurante de Madrid compartí comida junto a Juan Meléndez, un hombre de ascendencia portorriqueña que había pasado 18 años en el corredor de la muerte de Florida y que había viajado a Madrid para presentar un documental sobre su vida. Más tarde conocí que ese Estado es el que más personas inocentes envía al corredor de la muerte: a día de hoy, de los 156 exonerados en todo EE UU, 26 son de Florida. A la misma mesa estábamos sentados, además de yo mismo (Álvaro Corcuera), la pareja de Juan (Judi Caruso), otro ex convicto del corredor de Florida (el español Joaquín José Martínez) y la fotógrafa Sofía Moro.

"Si te ha impactado mi historia, vente a Estados Unidos la semana que viene. Conocerás muchísimas más", dijo Juan. Enseguida su compañera Judi comenzó a organizarlo todo. Contactó con los responsables de la organización a la que pertenecen, Witness to Innocence, la única en todo EEUU que agrupa a exonerados del corredor de la muerte y a sus familiares. Unos días más tarde, Sofía y yo estábamos en Birmingham, Alabama, en un aislado motel de nombre Altavista en el que durante cuatro días íbamos a conocer a 21 personas, todos hombres, que pagaron de manera injusta con años de prisión, condenados a morir, por crímenes que no habían cometido.

Al regresar a España, El País Semanal publicó un reportaje de portada, el 17 de enero de 2010, titulado El club de los resucitados. Fue entonces cuando le dije a Guillermo Abril, compañero de la revista: "No puedes imaginarte cómo es esta gente en persona, la energía que desprenden, la sabiduría y vitalidad que muchos tienen. ¿Qué te parecería si volvemos e intentamos realizar un documental?".

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Greg Wilhoit regresó del corredor de la muerte, pero falleció en 2014 por complicaciones en el hígado derivadas del alcoholismo al que lo llevó el estrés postraumático. Su familia nos acercó a la tumba donde está enterrado. Luis Almodóvar (d), Álvaro Corcuera (c) y Guillermo Abril (d) junto a los familiares/FOTO: SOFÍA MORO

Con esa pregunta lanzada en la redacción de El País Semanal, curiosamente en el mismo lugar en el que hoy se ubica El Huffington Post, empezamos juntos nuestro viaje. Un viaje de casi siete años que hoy se ha convertido en un cortometraje documental titulado The Resurrection Club. Aprendimos mucho por el camino, pusimos dinero de nuestro bolsillo, mucha ilusión... y dimos también bastantes palos de ciego.

Los primeros pasos

Y así, de una idea individual... pasamos a una idea común. A pensar y diseñar entre los dos un proyecto de equipo en el que, durante los siguientes siete años íbamos a involucrar a muchísimas personas por el camino.

En primer lugar, en 2010 fuimos a Philadelphia, a la sede de Witness to Innocence, donde les explicamos el documental que queríamos rodar. Le habíamos dado ya bastantes vueltas a lo que nos gustaría grabar: seguirles en sus reuniones, cuando se juntaban en esa especie de club de veteranos. Pero también intuíamos que debíamos visitar las casas de algunos de ellos, para poder explicar perfectamente su vida, su resurrección tras el corredor. Y para comprender y transmitir a lo que ahora dedicaban sus esfuerzos: acabar con la pena de muerte a través de su testimonio.

Nuestro primer viaje con cámaras vino poco después. Fue a Ginebra (Suiza), donde se celebró un Congreso Mundial contra la Pena de Muerte a principios de 2010 y al que acudieron varios miembros de la organización, así como su fundadora, la monja Helen Prejean, a la que dio vida Susan Sarandon en la película Pena de Muerte. A este viaje se unió Luis Almodóvar, cámara de EL PAÍS Vídeo. Acabaría convertido en el director de fotografía del documental. En el congreso grabamos todas las entrevistas que pudimos. Un poco sin ton ni son. A expertos y referentes mundiales en la lucha contra la pena de muerte. Pero ninguna forma hoy parte del metraje de The Resurrection Club. Porque muy pronto descubriríamos que lo más potente estaba por llegar. Lo más impactante eran los exonerados cuando se juntaban. Por su complicidad. Por su amistad construida en largas charlas cuando se reunían. Más que amigos eran compañeros del sufrimiento. Gente que había pasado por el hoy más lúgubre. Y al salir, y tras penar y sobrevivir durante años, fueron descubriendo que había otros como ellos ahí fuera. Sus iguales. Gente que comprendía a la perfección por lo que habían pasado. Personas ante las que no tenían que fingir ni justificarse. Que no les juzgaban ni pedían explicaciones. Con las que reían en libertad.

El inicio del rodaje

En 2011 empezó realmente el rodaje de lo que hoy es nuestra película. Volamos a Richmond (Virginia), y pasamos cuatro días con los exonerados en una de sus reuniones privadas, similar a la de Alabama, pero esta vez en un bucólico centro de retiro. Vivimos junto a ellos momentos increíbles. Por ejemplo, por primera vez acudió una mujer exonerada a la reunión. Era la única en ese momento. Sabrina Butler, de Columbus, Misisipi. Que había sido condenada erróneamente por el asesinato de su bebé cuando tenía 18 años. Se presentó en la sala ante sus iguales. Sonrió tímidamente. Y recibió un fuerte aplauso de sus compañeros. Hoy es uno de los miembros más activos de Witness To Innocence. Y la portada de El País Semanal de hoy domingo 9 de octubre.

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El viejo rockero Ron Keine nos abrió las puertas de su casa y de su vida/FOTO: SOFÍA MORO

En esta reunión comenzamos a entender la importancia de los familiares que venían a acompañar a los exonerados. Sobre todo mujeres: hermanas, hijas, esposas y parejas. Decidimos que eso habría de figurar en nuestra historia. Compartimos infinitas conversaciones con ellos. Un tipo de tertulias de las que no habíamos sido testigos nunca antes: esta gente era capaz de enlazar la anécdota más salvaje y oscura del corredor con un chiste sobre un gorila enjaulado. Y de pronto te descubrías a ti mismo riéndote con ellos. Pasándolo en grande. Contagiado de su energía positiva y luchadora. En este viaje empezamos a sentir cierta química con algunos de los exonerados. Por alguna razón, Shujaa Graham, Ron Keine, Greg Wilhoit y Albert Burrell nos fueron atrayendo y picando nuestra curiosidad. Aunque también muchos otros: Derrick Jamison, Randy Steidl, Gary Drinkard, Ray Krone, Perry Cobb... Volvimos a casa con la sensación de que teníamos buen material. Pero que necesitábamos mucho más.

Enseguida surgió una nueva oportunidad. Los exonerados nos avisaron de que estaban preparando un road trip por Texas, el Estado que más ha ejecutado en la historia de Estados Unidos (un tercio de los 1.437 muertos por la pena capital en los últimos 40 años). Durante 14 días darían charlas en universidades, escuelas, iglesias, radios y centros sociales. Difundirían su palabra, su testimonio, para intentar darle un vuelco a la opinión pública, muy a favor de la pena de muerte en esta región. Y estarían, entre otros, Greg, Albert, Ron y Shujaa. Se acabarían convirtiendo en los protagonistas de la película.

Nuestra primera parada fue la casa de Albert Burrell, que vivía en un trailer cochambroso, en el rancho de su hermana. Nos impactó conocer el lugar donde residía esta persona que había pasado 13 años condenado a muerte. Descubrimos que tenía un ligero retraso mental. Nos enseñó sus caballos. Le acompañamos en sus trabajos cotidianos: por un puñado de dólares, vende la chatarra que va recopilando de aquí y allá.

Un road trip por Texas

Luego comenzó el road trip: Dallas, Houston, Huntsville, Corpus Christi, Austin... Horas de carretera con los resucitados. Moteles al borde de la autopista. Gasolineras. Hasta fuimos a pescar con ellos. Y cada día nos hacían vibrar con alguna charla poderosa en la que transmitían su mensaje. Simplemente contaban su historia. Ante cualquier tipo de público. Pero no hay nada que tenga más valor que la idea central de su argumento: esto te podría haber pasado a ti, le podría haber pasado a tu hijo, a tu hermano.

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Sabrina Butler está segura de que la muerte de su hijo está relacionada con el vertido de químicos de un empresa que había cerca de su apartamento de entonces/FOTO: SOFÍA MORO

El road trip acabó en una nueva reunión con casi 30 exonerados venidos de todos los rincones de Estados Unidos. Y nuestra complicidad con ellos provocó que nos fueran abriendo cada vez más huecos. Nos permitían rodar escenas con las que ni soñábamos. Momentos íntimos en los que rompían a llorar y bebían una cerveza tras otra para pasar el mal trago. Poco a poco fuimos siendo conscientes de lo realmente tocados que seguían muchos de ellos. Por el estrés postraumático, por el sufrimiento padecido. Un lastre del que no pueden escapar. Les persigue, por mucho que traten de reconstruir su vida. Tienen flashbacks. Pesadillas. Ataques de ansiedad. Y cierto grado de paranoia. Si ven a la policía, tratan de cambiar el rumbo. Cada vez que se van a un lugar, tratan de dejar rastros. Pistas. Pruebas. Para que no les vuelva a suceder los mismo.

Enseguida tuvimos claro el recorrido por Texas se convertiría en la columna vertebral de nuestro documental. El viaje fue increíble. Probablemente una de las rutas más extraordinarias que uno pueda hacer por Estados Unidos. Una parada, en concreto, nos marcó: el Museo de la Prisión, en Huntsville. Los exonerados y sus familiares dedicaron una mañana a recorrer su interior de horror. Hubo quien no pudo más y tuvo que abandonar el lugar entre lágrimas. Muchos de ellos se introdujeron en una celda (hay una réplica para que el visitante se retrate). Y todos enmudecieron ante la aterradora visión de 'Old Sparky', la silla eléctrica en la que el Estado de Texas ejecutó a 361 prisioneros entre 1924 y 1964, muchos de ellos enterrados con un número en un cementerio contiguo.

Pasaron dos años de pelea para sacar el documental que queríamos adelante, en los que tratamos una y otra vez de convencer a alguna productora de que teníamos un gran material entre manos. Finalmente confió La Claqueta PC. Creyó en la historia. Y en nosotros. En 2014, de su mano, regresamos a una nueva reunión. Esta vez en Delaware. Profundizamos en la relación con los resucitados. Estrechamos aún más los lazos. Y propusimos a varios de ellos, a aquellos que poco a poco se estaban erigiendo en nuestros protagonistas, la idea de pasar unos días en su casa. Con sus familias. Para conocer su vida cotidiana. Para entender cómo es su jornada cuando no están "en la carretera", predicando para acabar con la pena de muerte. Era nuestra idea original. Y la parte que nos faltaba por rodar.

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Ron Keine nos mostró el paisaje desolador de Detroit, devastado por el cierre de las viejas industrias/FOTO: SOFÍA MORO

Por fin conocemos sus casas

Tardamos aún un tiempo en materializar este último viaje. Ocurrió, finalmente, el pasado junio. Sobre todo, gracias al apoyo de Amnistía Internacional, que se entusiasmó con el proyecto cuando se lo enseñamos y le dio el empujón que le faltaba. El último. Fueron casi dos semanas de intenso rodaje, jornadas maratonianas, y una buena panzada de kilómetros en las que pasamos por Oklahoma City y Tulsa (Oklahoma), Pierce City (Misuri), Columbus (Misisipi), Sterling Heights (a las afueras de Detroit, Michigan) y Takoma Park (Maryland, a las afueras de Washington DC). En este viaje nos juntamos Álvaro Corcuera, Guillermo Abril, Luis Almodóvar y de nuevo, como en aquel primer reportaje en Alabama para El País Semanal, Sofía Moro, que viajó con nosotros.

Un tour increíble que empezó con la visita a la familia Wilhoit en Oklahoma. Conocimos a los padres, hermanas e hijas de Greg Wilhoit, que falleció en 2014 por complicaciones en el hígado (sufría de de hepatitis C y cirrosis, además de un gravísimo estrés postraumático que lo había llevado al alcoholismo). Visitamos con la familia la tumba donde hoy yace Greg. Y nos abrieron sus vidas. Las entrevistas fueron muy hogareñas. Transmitían mucha paz. Buen humor. El padre nos llegó a confesar: "Es la primera vez que hablo de mi hijo sin llorar".

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La hija y la nieta de Greg Wilhoit/SOFÍA MORO

Seguimos la ruta hasta casa de Sabrina Butler, en Columbus (Misisipi). Hoy no es una de las protagonistas del documental. Pero creíamos necesario conocer mejor su historia, quizá para poder contarla más adelante en un reportaje en la revista (como finalmente sucedió). Nos llevó a conocer el apartamento donde murió su bebé, donde empezó su pesadilla. Y de camino señaló hacia una tierra yerma y vallada. Y nos explicó el probable origen de que su hijo muriera. En ese pedazo de tierra solía ubicarse una empresa química que vertió durante años residuos tóxicos de creosota. Hoy, Sabrina pelea para que la empresa Kerr-MCgee, responsable de los vertidos, la indemnice.

De allí volamos hasta Detroit. Llevábamos años soñando con poder conocer el garaje de Ron Keine. Siempre nos hablaba de sus Harleys. Y por fin ahí lo teníamos delante. A este viejo motero, que fue condenado en los setenta cuando pertenecía a un motoclub, a uno de los malos y violentos, con largo historial delictivo, saliendo a morder el asfalto a dos ruedas mientras le seguíamos con la cámara. Pero esta vez con su nuevo club, los Brotherhood of Freedom. Mucho más comedidos. ¡Hasta rezan antes de lanzarse a la carretera! Ron también nos abrió de par en par las puertas de su casa y su vida. Nos llevó a conocer el Detroit devastado, el de las viejas fábricas de la ciudad del motor. El lugar donde creció siendo un niño (hoy uno de los barrios más peligrosos de la ciudad). Con su primer sueldo en la Ford, nos contó, se compró su primera Harley. Ahí comenzó a torcerse todo.

Y, finalmente, llegamos a nuestro último destino, el hogar de Shujaa Graham, un chalé muy curtido por años de vida familiar, en Takoma Park, Maryland. Una tranquila zona residencial a las afueras de Washington D.C. Allí vive Shujaa con su pareja desde hace 35 años, Phyllis Prentice, a la que conoció cuando ella era enfermera en prisión. Él es negro y ella blanca. Ambos están muy metidos en todo tipo de causas sociales y políticas. Tienen las paredes cubiertas con retratos del Che, Gerónimo y Martin Luther King. Y juntos han tenido tres hijos y estos a su vez les han dado seis nietos. Compartimos con toda la familia una cena de deliciosos cangrejos al estilo sureño. Cervezas. Mazorcas. Era el día del padre. Y una larga conversación sobre lo que significa ser hijos de una pareja interracial en su país; qué implica tener un padre que pasó por el corredor de la muerte; qué les parece que hoy Shujaa sea un apasionado orador contra la pena capital. "Es nuestro héroe", decían.

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Shujaa y Phyllis Prentice en su casa/FOTO:SOFÍA MORO

La casa tenía un precioso jardín trasero, del que cuida Shujaa con mucho mimo. Desde que abandonó el corredor de la muerte, tras 11 años entre rejas, el único empleo que ha tenido es el de jardinero y "paisajista". Ahora ya se ha jubilado. Pero su parcela está llena de detalles. Un sauce llorón enano aquí... unas pequeñas rocas ahí al fondo. Nos lo explica mientras fuma aquí fuera y atardece. Suele salir a menudo, pasa largas horas observando crecer sus plantas. Dice que no sabe muy bien por qué se hizo jardinero. De niño había trabajado en los campos de algodón de Louisiana. "Puedo pensar que es por el tiempo que pasé en prisión. O simplemente porque soy un ser humano y me gusta la vida". Se oye de fondo la musiquita de un carrito de helados. Pájaros trinando. La libertad.

Lee aquí el reportaje publicado en El País Semanal