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Yo nunca tuve una nanny, y estaban aquí al lado

12/11/2012 07:07 CET | Actualizado 07/01/2014 10:20 CET

Nunca tuve una nanny. Es más, tardé en aprender que la diferencia entre una nanny y una institutriz consistía en que las primeras cuidaban a bebés y niños de las casas bien. Mejor dicho, de las casas muy bien, de las mansiones y palacios poderosos. Se hacían cargo de ellos desde que nacían hasta el inicio de la adolescencia. Luego, las institutrices -governess- les tomaban el relevo: empezaban con las criaturas cuando éstas ya mostraban los síntomas de una insoportable adolescencia que había que encapsular. La rebeldía debía esconderse en lo más recóndito de la personalidad de esos seres primitivos y sufridores que entraban en la pubertad. Su clase social, su futuro papel en la maquinaria del Estado del país obligaban a que dejaran la adolescencia convertidos en unos caballeros o unas damas.

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Ya de jovencita me enamoré de las escritoras victorianas -incluida su parte retro- y de las de entreguerras, pero durante años me pareció casi una debilidad. Leía y sentía una enorme envidia por no haber sido una chica de casa noble con nanny e institutriz. Es más, arrastro ese resentimiento con poca resignación. Por lo menos, me podía haber tocado en suerte ser hija de un párroco anglicano y vivir en una austera casa de la campiña inglesa, donde pudiera escribir con mitones y muerta de frío historias de amor llenas de verdes colinas, suaves montañas, lluvia, musgo, chimeneas encendidas, mientras las gotas de lluvia marcan sus senderos en los cristales. ¡Ahí queda eso! Para quienes no aman "los tomates verdes fritos".

Con estos antecedentes, quizá se comprenda mi contento al descubrir que en Madrid, Bilbao, San Sebastián... aquí, al ladito, en los años sesenta del siglo XX -y en los setenta- aún había nannies de verdad. Sí, sí, inglesas venidas de lugares míticos como Norland -la escuela británica por excelencia de las nannies- con la misión de encarrilar la vida de los vástagos de la nobleza y de los ricos banqueros y empresarios españoles: los March, los Fierro, los Urquijo, los Coca, los Martínez-Bordiú, los Alba, los Aznar (navieros), Ybarra. La mayoría aún tenía nannies, tras haber despedido muchos de ellos a las frau alemanas (cuando terminó la II Guerra Mundial, se pasaron de moda. Las pobres...).

Tan contenta estaba yo de descubrir que en el elitista Club Puerta de Hierro no hacía mucho se reunían Miss Bobby (los Alba), Miss Hibbs (más conocida por ser la nanísima de los Martínez-Bordiú), Miss McHuge (los Coca) y otra docena de mujeres, supervivientes de una época que se extinguía, que me puse a trabajar en ellas con la ayuda de algunos de los vástagos que habían criado. Así nació Elsa Redfield, una Miss Redfield que llega a la estación de Atocha una fría y lluviosa mañana de enero de 1962 y queda espantada de lo alto que hablan los españoles y de las cosas que mojan en el café con leche.

Su llegada a la casa de la duquesa de Peñalara, el descubrimiento de las turbias consecuencias que tuvieron los asesinatos de Jarabo -el asesino más notable de aquellos años, perteneciente a una también notable familia, cercana a los Peñalara- y conocer al Conde Rojo, hijo de protomártires del régimen de Franco convertido en comunista, hacen del tiempo que Elsa vivirá en Madrid -la época del Contubernio de Múnich y de la boda de Juan Carlos y Sofía- la aventura de su vida.

Sólo que Elsa no es una nanny ni una institutriz del siglo XIX, sino una mujer del siglo XX, de unos años sesenta en los que las chicas como ella se rebelan contra su destino... En fin, ha sido una delicia trabajar codo a codo con Miss Redfield. Otra cosa es que logre transmitirlo. Y trabajando con ella también me he quitado alguna losa de encima: por nada del mundo hubiera cambiado a Miss Redfield, Miss McHuge o Miss Mary por mis padres. Porque muchos de los niños que ellas criaron tuvieron unos padres que sólo fueron sus respetables mayores.

Las nannies de Norland

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