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Los deseducadores

26/01/2017 07:22 CET | Actualizado 26/01/2017 07:22 CET

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Foto: ISTOCK

Manifiesto sobre la deseducación a modo de programación didáctica.

Evaluación inicial.

Un espectro recorre Occidente: el fantasma de los educadores. Hace unos días, el profesor de literatura Pablo Poó publicaba una sentida carta a sus alumnos suspensos donde les decía que la vida no era la ESO y animaba a desconfiar de quienes creen que la vida escolar es una burbuja de recursos inmunitarios donde ha de reinar la felicidad. La respuesta no tardó en llegar. El maestro Juan Carlos Jiménez respondía con el artículo La milonga del instituto. Frente al canto elegíaco de Poó, esta bienintencionada loa a la santurronería humanista despotricaba contra el profesorado por su falta de imaginación y por ser refractario a la innovación pedagógica.

No hay denuncia más lamentable que la de aquéllos que critican las clases magistrales y el inmovilismo de la educación reivindicando tácitamente una querella entre antiguos y modernos que está completamente enquistada. Se vuelve, de manera simplista, a la dialéctica entre progresistas y conservadores, innovadores y reaccionarios, vocacionales y mercenarios, oníricos y realistas. En ninguna de las dos columnas de opinión encontré el libro de texto para el curso ni una lista de lecturas obligatorias, así que yo sugeriría como biblia ecuménica El predecible fracaso de la reforma educativa de Seymour B. Saranson. El maestro, quizás sin adentrarse en esta lectura, propondrá alternativas mucho más lúdicas: derrotará cualquier reproche epistemológico con teorías y lecturas psicologistas, vomitando expresiones de "gran calado" pedagógico: inteligencia emocional (el bestseller de un psicólogo que ya no tuvo tanto éxito con Inteligencia social o Inteligencia ecológica), inteligencias múltiples (una premisa pluralista que se puede acompañar muy bien con otros términos, como neurodiversidad e incluso neuroplasticidad), escuelas creativas (el gurú Ken Robinson no puede faltar a la cita), TIC, TAC (no es un chiste fácil, compruébenlo haciendo uso de las TIC), aprendizaje significativo (mi término vacuo favorito), etcétera. El profesor responderá, puede que de manera más comedida, haciendo alusión al ensayo Contra la nueva educación de Alberto Royo. Seguramente uno recomendaría las películas Capitán Fantástico o Los edukadores mientras que el otro preferiría El arte de pasar de todo. Uno hará de poli bueno, el otro de poli malo.

Fundamentos pedagógicos.

Si pudiera contraatacar con más artillería bibliográfica (yo también estoy viciado de algunas malas prácticas), recomendaría encarecidamente el libro Reprimir y liberar del sociólogo Carlos Lerena. Esta olvidada obra maestra ofrece una visión foucaltiana de la educación que visibiliza la cuestión del poder y redescribe las diferentes escuelas pedagógicas como las caras de una misma moneda. Con visión foucaultiana me refiero a que hay ideas fuertemente inspiradas por el filósofo francés Michel Foucault. Como la filosofía casi ha desaparecido de los institutos, me temo que sus ideas serán cada vez más estériles y heréticas en beneficio de otras que gozan de buena salud: adaptaciones curriculares, resiliencia, fluir, neuronas espejo... El repertorio es largo y afectuoso. Como nos enseña la socióloga Eva Illouz, el capitalismo más voraz dista mucho de ser un capitalismo frío y desangelado. El capitalismo más agresivo está lleno de emociones, capacidades, talentos y competencias clave. Bienvenidos al desierto de un nuevo mundo feliz.

La necrosis del sistema educativo no se detendrá con una nueva controversia sobre los antiguos y los modernos.

Objetivos y marco normativo.

El objetivo pedagógico primordial es que las contradicciones no te estallen si te tomas en serio la ley educativa (ya sea la LOE, la LOMCE o la que esté por venir). Por ejemplo, cuando impartes clases en una escuela laica donde la religión es evaluable (y también su alternativa, tan desprovista de contenidos como las tutorías) o cuando el alumnado puede pasar de curso con tres asignaturas suspensas, pero repetir con una (una decisión muy democrática [sic] que vota el equipo docente, que por lo demás no pinta casi nada en todo esto). Pese a todo, vivimos en una sociedad del rendimiento basada en una retórica del esfuerzo inverosímil (youtubers, tronistas o ciertos deportistas desbaratan cualquier intento de forjar una ética protestante en tierras tan cálidas) que desemboca en una sociedad del cansancio, la cual se combate con un voluntarismo que apela a la productividad, la autonomía y la eficiencia.

Contenidos y metodología.

Haz lo que yo diga y no lo que yo haga. En la escuela, la coerción no sirve. La motivación y el entusiasmo deben empoderar al alumnado. Al profesorado se le empodera, en cambio, con una inspección educativa que abraza a conveniencia éticas deontológicas (kantianas, formalistas, del deber, como quieran llamarlas) en lugar de una ética del cuidado (centradas en cómo responder a los problemas más que en el respeto al deber por el deber mismo), lo que a veces conduce a una ceguera moral que a nadie le preocupa en exceso porque la sociedad ha asumido que la escuela es un dispositivo de retención (atrasa o minimiza el estallido de algunos conflictos sociales, concilia la vida familiar de padres laboralmente alienados, etc) y una oficina credencialista por la que hay que pasar para recoger tu título, aunque los títulos sean a menudo superfluos y siempre insuficientes. Nadie cree que la educación vaya a mejorar sustancialmente. El conformismo es la gran utopía educativa consumada: arréglense con lo que tengan y busquen soluciones individualistas, ya que el sistema seguirá fracasando de la manera más predecible posible.

Evaluación.

El profesorado caerá en el infantilismo objetivista más pueril que se pueda imaginar. Sea pulcro y decoroso con sus tablas, sus estándares y sus criterios para obviar todo lo que realmente importa. Enseñe a sus alumnos a no cosificar a las personas. Entretanto, cosifíquelos a base de positivos y negativos, décimas, porcentajes y otras bagatelas. Toda evaluación debería incluir una coevaluación y una autoevaluación. Así lo dictan los cánones, así que ahí va mi autodiagnóstico: todo cuanto he querido expresar, mal que bien, es que se buscan soluciones intrínsecas a un problema que tiene causas extrínsecas. Hemos psicologizado el conflicto político-social y hemos individualizado cualquier agenda reformista. Como dijo Foucault:

El humanismo quiere cambiar el sistema ideológico sin modificar la institución. El reformismo quiere cambiar la institución sin transformar el sistema ideológico. La acción revolucionaria sería la conmoción en el plano ideológico e institucional
Aun con los esfuerzos de humanistas y reformistas, la cárcel sigue siendo la metáfora favorita del alumnado para describir la escuela.

Planes de recuperación.

¿Cómo se materializa esa acción revolucionaria si nunca hemos tenido atisbo de ella? Una primera sugerencia, bastante mojigata pero sacrílega para algunos paladines del pragmatismo, sería emplear algo de violencia simbólica: valoremos y estudiemos mejor la propuesta de la sociedad desescolarizada de Iván Illich. Otra alternativa, más furibunda, sería articular y ejercer la desobediencia civil cuando los amantes de la tecnocracia o la austeridad se vuelvan demasiado promiscuos. Si no disolvemos la antinomia entre reprimir y liberar, seguiremos el eterno movimiento pendular entre lo malo y lo peor. La necrosis del sistema educativo no se detendrá con una nueva controversia sobre los antiguos y los modernos.

La ingeniería social (el sueño de una sociedad diseñada mediante un cálculo economicista en la que no sobren ni falten abogados o médicos) ha engendrado unos deseducadores muy bien educados que se baten a garrotazos por resolver una disputa que no está dentro, sino fuera de la escuela. Si me jugara el curso en una sola frase diría: "Menos fanfarronería psicopedagógica y más imaginación sociopolítica", aunque tendría la certeza de que un lema así suspendería en el seno de un campo de batalla ideológico (y liberal, añadiría) que convierte lo político en una locura transitoria individual... o en un déficit de atención, por usar los términos del insidioso discurso hegemónico.

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