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Los suertudos

09/07/2017 10:37 CEST | Actualizado 09/07/2017 10:37 CEST
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Crítica de la razón azarosa... o por qué la gente con potra es tan desafortunada.

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Ahora que la Quiniela se muere, vale la pena deconstruir la suerte: ¿existe o no? Si me cruzo a un conocido por la calle, ¿es eso suerte? ¿Se trata de una casualidad? Según el matemático John Allen Paulos, la respuesta es no. La suerte, bien definida, sería casi lo contrario: no cruzarte a nadie por la calle. La verdad no es una cuestión de estadísticas, decía George Orwell, pero la suerte sí. La potra es una cuestión de distribución de probabilidades:

1. Si te toca la lotería, no creo que se pueda hablar de buena suerte. La lotería premia a alguien arbitrariamente y lo hace de forma rutinaria. El azar es sistemático, sin sorpresas, sin descansos ni siestas. La verdadera suerte sería que te toque la lotería cuatro o cinco veces. Y ni eso. Si ganas siete veces, lo más probable es que estés usando algún método estadístico y eso no es suerte, sino ciencia aplicada.

2. Si falleces en un accidente de tráfico, no tiene sentido preguntarse por la mala suerte de haberse topado con el borracho que te atropelló; sería más lógico calcular el número de veces que te libraste de la muerte sin saberlo (si la palmas, tienes un porcentaje muy cercano al cien por cien de no poder preguntarte nada, porque es improbable que haya vida más allá de la muerte). Destino final es una película de terror (o de humor, según se mire) muy instructiva en este aspecto.

X. La suerte económica no lo es todo en la vida. Te puede tocar la lotería y que muchas cosas empeoren, en lugar de mejorar.

Cara o cruz

Toda biografía es un relato. Los relatos tienden a ser luminosos o dignos de lástima. Nuestro ser adopta dos modos narrativos: el romance (la vida ha sido un regalo a pesar de las enormes dificultades) y la tragedia (la vida te ha golpeado con demasiada dureza, a pesar de tus intentos por redimirte). Los dos modos narrativos son unidimensionales y por tanto erróneos, aunque nos polarizan para determinar si formaríamos parte de los suertudos o de los desgraciados:

Cara. Los suertudos relatan la monotonía como una épica de la buena suerte: el mundo se adapta a sus planes, compran gadgets o prendas de vestir gracias a ofertas que solo ellos encuentran, toman decisiones que a posteriori siempre son acertadas, etcétera.

Cruz. Los desgraciados creen que nadie sufre tanto como ellos: la mala suerte se ensaña con sus patéticas vidas, toda buena noticia se trunca para convertirse en una noticia mala, el juego y el azar son demonios del caos que les perjudican por sistema, etcétera.

Los desgraciados no merecen demasiada compasión. Yo suelo ubicarme en este grupo y os digo, suertudos lectores, que la cultura de la queja es mi leitmotiv.

Ahora bien, menos compasión me merecen los suertudos. Su vida es un regalo de un Dios inexistente y te convencerán de que la cosa más nimia es un privilegio que ellos han recibido sin pedirlo.

Bingo

Hay razones de peso para creer que la suerte existe y también para sostener lo contrario. Es lo que Kant llamaría una antinomia de la razón. Estar en el lugar adecuado en el momento adecuado es una gran frase que intenta traer paz (la suerte existe, pero has de buscarla); lo mismo ocurre con aquella sentencia según la cual la inspiración te ha de pillar trabajando (es decir, los momentos de iluminación existen y son cosa del azar, pero el esfuerzo y el sacrificio no te los quita nadie). Como ven, decir que la suerte existe solo a medias vende poco. Y quienes disfrutan vendiéndose, inclinan el fiel de la balanza para que todo lo mediocre parezca extraordinario.

Reconozco que no creo en la suerte y es por una razón política más que filosófica. Por ejemplo, el matrimonio homosexual en Alemania se ha aprobado por la voluntad política y no por cuestiones azarosas. Las cosas que importan se buscan, se deciden y, finalmente, salen bien o mal. Consagrarse a la suerte, a lo aleatorio y al azar es una claudicación de toda acción política que no nos podemos permitir.

El lamento del suertudo

"¡Qué suerte!", dirá el suertudo. "Por fin se acaba este artículo de mierda". Eso no es suerte: todo tiene un final. Además, la lectura es opcional. Si me estabas leyendo, quizás sea un síntoma inequívoco de tu mala suerte y no de lo contrario.

Ese es el lamento contradictorio y constante del suertudo: necesita restregarte su supuesta buena suerte y empaparte con el relato húmedo (como un sueño húmedo, pero a nivel biográfico) de su fútil éxito. El suertudo es el desgraciado que ha transformado su vacuidad en dicha para evitar compadecerse de sí mismo. Si un pesimista es un optimista bien informado, un suertudo es un cobarde que necesita mentirse a diario para soportar su anodina vida.

Los que nacen con una flor en el culo son muy desdichados porque no confían en sus méritos personales. Solo creen, acomplejados, en un concepto tan abstracto y problemático como la suerte.

¡Qué mala suerte tienen!

Rectifico: ¡qué poco orgullo tienen!

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