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Por qué entender el dinero puede cambiarte la vida

07/05/2017 10:53 CEST | Actualizado 07/05/2017 10:54 CEST
Getty Images/iStockphoto

Uno de los fenómenos menos conocidos en la vida social es el del dinero. Esta ignorancia colectiva y nada casual nos ha sumido en el pasado en una serie de mitos económicos cuyas consecuencias sufrimos en la actualidad en forma de austeridad, de recortes y de pesimismo social. Pero entender cómo el dinero funciona podría cambiarnos la vida. Para comenzar, este extracto de una fábula utilizada por el economista Michal Kalecki producirá al lector no poca curiosidad:

En una empobrecida aldea judía, cuyos residentes estaban sumidos en el endeudamiento viviendo del crédito, un rico y pío judío llegó un día y se alojó en la posada local, tomando la precaución de pagar la factura por adelantado. El viernes, para no incumplir la prohibición del Sabbat de llevar dinero, entregó al posadero para que lo custodiase un billete de 100 dólares. El domingo al alba, el judío dejó la posada antes de que el posadero hubiese tenido ocasión de devolverle el billete.

Unos días después, el posadero decidió que el rico judío no regresaría, así que cogió el billete de 100 dólares y lo usó para saldar su deuda con el carnicero local. Encantado, el carnicero entregó el billete a su esposa para que lo custodiase. Ésta lo utilizó para saldar sus deudas con una costurera local que le hacía vestidos. La costurera utilizó el dinero para pagar los atrasos de alquiler a su casero. El casero, contento de cobrar por fin, le entregó el dinero a su amante, que ya hacía tiempo le había estado prestando sus favores sin compensación. La amante utilizó el billete para saldar su deuda en la posada local donde de vez en cuando alquilaba una habitación.

Así ocurrió que el billete volvió al posadero. Aunque no se había celebrado ninguna transacción nueva ni se había creado ninguna renta, las deudas de la aldea habían sido saldadas y todos contemplaban el futuro con optimismo renovado.

Dos semanas después, el rico judío regresó a la posada y el posadero pudo devolverle el billete de 100 dólares. Para su asombro, el judío cogió el billete, le prendió fuego y lo usó para encenderse un cigarrillo. Al observar al posadero, el judío se rió y le explicó que el billete, de todos modos, era falso.

Si esta historia te sorprende es que algo se te ha escapado hasta ahora sobre el dinero: pese a que siempre hemos creído que se trata de una mercancía que simplifica el intercambio entre las personas, lo cierto es que el dinero solo significa deuda que, además, ha sido generada por las autoridades públicas. Numerosos estudios antropológicos e incluso arqueológicos desmienten que el dinero surgiera como una mercancía para simplificar y posibilitar un intercambio factible de productos entre las personas (el mito del trueque). Los mercados no generan dicho dinero, sino que habría sido el Estado soberano, monopolista de la fuerza, el que habría dado lugar a la creación monetaria.

La producción estatal de dinero representa por sí misma una garantía de que el Estado no puede quebrar y de que, siempre que la creación monetaria se corresponda con un nivel proporcional de oferta de recursos reales de la economía, las instituciones gubernamentales podrán financiar todas las actividades de un determinado país sin producir inflación. Esto nos lleva a una visión alternativa de los impuestos que, en el primer curso de Ciencias Económicas, se afirma, sirven para financiar los gastos estatales. La capacidad creadora de dinero por parte del Estado le exime de necesitar el ingreso impositivo, lo que convierte a los impuestos en un mecanismo conducente a difundir la moneda creada.

¿Cómo es esto posible? ¿Cobrar impuestos para generar demanda por la moneda? Lo más sencillo para comprender este fenómeno y quitarnos las anteojeras de la Economía convencional es buscar un ejemplo que, por cruel y descarnado, nos permita observar con claridad cómo funciona la creación y la distribución del dinero. En el caso del proceso de colonización de Sierra Leona, los colonos, al llegar al país, quisieron contratar mano de obra pero se encontraron con que los autóctonos no necesitaban un salario para paliar sus necesidades, sino que las satisfacían de maneras alternativas, como vivir de los productos de la agricultura.

Siendo imposible generar una demanda monetaria, la Corona instauró un impuesto confiscatorio a las chozas de los campesinos, lo que supuso una revuelta social y multitud de encarcelamientos. El fracaso de la revuelta vino sucedido por la implantación de los impuestos que, a su vez, obligó a los residentes a trabajar a cambio de un salario. El Estado soberano, de manera violenta, acababa de imponer una moneda y de sojuzgar a un pueblo a vender su fuerza de trabajo a cambio de poseer dicha moneda. Este acontecimiento, que no debería repetirse jamás, sirve, sin embargo, como sencilla ilustración de lo que de manera más sofisticada sucede en todas las latitudes mundiales.

Dicen que el dinero no otorga la felicidad, pero comprenderlo nos liberará de muchas frustraciones... y abrirá ventanas de oportunidad poco desdeñables.

De esta forma podemos comprobar cómo es el gasto el que precede al ingreso y no al revés (otro mito de la Economía más básica). En las naciones con soberanía monetaria, el Estado gasta al ingresar en las cuentas corrientes de los funcionarios un dinero a cambio de sus servicios profesionales. Este dinero, que no es más que un apunte contable (pues la mayoría figura como concepto en las cuentas corrientes y no existe de manera física), es el que permite que la población pueda satisfacer el pago de los impuestos. Como es deseable que suceda, la satisfacción de las obligaciones tributarias no acaba con la renta de los ciudadanos, que pueden destinar esta al consumo o al ahorro. De esta forma, la creación de dinero estatal, que es un gasto, se corresponde con un ingreso algo menor en sus arcas. Si consideramos una economía cerrada, esto produce un déficit público.

Pero no temamos. Ese déficit fetichizado por las instituciones de la Unión Europea y por los medios de comunicación no nos conduce ni mucho menos al vacío. ¿Por qué? Un Estado soberano que gasta más que lo que ingresa genera automáticamente un superávit privado: un país en el que el sector público tiene un déficit de 25 millones transmite esta cantidad al sector privado, ya que el dinero siempre está en algún sitio. Comprendiendo esta concepción de una economía como un sistema de relaciones sociales entre distintos agentes (en la que el ahorro de unos implica siempre una deuda por parte de otros), se puede entender cómo las políticas de austeridad y, por tanto, de ahorro público, solo conducen a la disminución del ahorro privado y después al endeudamiento. Un mal camino.

Con estos presupuestos, la trampa monetaria de la Eurozona queda puesta a la vista de todos: España pertenece a una zona Euro en la que es usuaria pero no emisora de la moneda, toda una colonia con la apariencia de un miembro de pleno derecho (una ilusión democrática). ¿Seguiremos aguantando políticas de empobrecimiento sin ninguna luz al final del túnel? La ruptura de la Eurozona, con todas las turbulencias que pueda traer consigo, otorgaría la capacidad de hacer política monetaria a todas las democracias autónomas resultantes.

¿Y la inflación? ¿Y el episodio de Weimar? Sin guerras civiles ni mundiales, sin destrucción de la capacidad productiva de la economía como consecuencia de conflagraciones bélicas –todos ellos fenómenos políticos y no económicos–, las hiperinflaciones son casos que no aparecen en la Historia. La soberanía monetaria (lo que se conseguiría con la salida del euro, una opción que es preciso comenzar a considerar con seriedad) traería problemas consigo, pero también la posibilidad de conseguir metas fundamentales que ahora se nos niegan en rotundo. Pero si hay algo importante en estos momentos es comprender la naturaleza del dinero y lo que puede significar su control. Dicen que el dinero no otorga la felicidad, pero comprenderlo nos liberará de muchas frustraciones... y abrirá ventanas de oportunidad poco desdeñables.

Una versión de este artículo ha sido publicada en la revista Alternativas Económicas correspondiente al mes de abril

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