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Atención, señoras y señores pasajeros: esto es un regalo (perdón, un atraco)

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Foto: EFE

El flamante ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, ha dicho que aumentar la participación privada en AENA está sobre la mesa, o sobre las pistas. Ahora nos inundarán con el discurso de que Europa así lo exige, y que aunque no nos demos cuenta, es bueno para la salud de la nación.

Se veía venir: cuando el Gobierno, embistiendo contra la lógica de la responsabilidad, privatizó sólo el 49% de AENA, muchos pronosticamos, sin necesidad de estar doctorados en augurios, profecías y sucesos extraordinarios, que además de tratarse de un pelotazo clásico del capitalismo de casino, era en el fondo el primer paso de su entrega a los grandes trusts de la especulación financiera. Pero hay cosas que sólo puede hacer el PP, que tiene bula incluso para socavar el interés estratégico del país: lo hizo cuando se retiró de la doctrina de Defensa Nacional la necesidad imperiosa de disminuir la dependencia energética del exterior y, por lo tanto, de aumentar la producción de energías renovables. Esto de apostar por la soberanía energética ha sido una invariable desde los años 80. Es estúpido pagar 50 dólares el barril de crudo Brent cuando el barril de aire de la mejor calidad cuesta cero dólares, y la solar, lo mismo, y además, con reservas inagotables al menos en los próximos cuatro millones de años, que es cuando expertos de la NASA dicen que podría agotarse el Sol, y por lo tanto, nuestra galaxia. Es estúpido, además de irresponsable, que la economía, la defensa y seguridad dependan de los ciclos de humor-malhumor de la política internacional, y de la idiotez y arrogancia constatada de ciertos ministros.

Entre las pocas empresas estratégicas que quedan, la más importante es, sin duda, AENA. RENFE también, claro, pero hay un tejido de autopistas y carreteras que vertebran a todo el territorio nacional, y lo unen a Europa allende los Pirineos. Pero los aeropuertos no tienen una alternativa, como no sea la de volver a los dirigibles, e incluso así se necesitarían estaciones. Los aeropuertos son el instrumento clave para la política turística. Por los aeropuertos entran los millones de turistas que han hecho posible el milagro español, a pesar de los pecados mortales (capitales, en realidad) cometidos por los adoradores del becerro de oro, devaluado a simple cochino pintado de purpurina. La codicia desenfrenada que ha llevado a la economía mundial, y a la española, sobremanera, a la catástrofe no va a adquirir de pronto la mesura y contención necesarias para perder un negocio tan suculento como la posibilidad de subir las tasas, al margen de cualquier otro tipo de interés que no sea el de optimizar los beneficios para engordar la cuenta de resultados.
"Después de mí, el diluvio": es la receta que se ha aplicado y que ha llevado a la economía mundial al desastre. No queda la menor duda de que esto es así, y de que esta circunstancia fue la que primero quitó la alarma contraincendios, luego retiró los extintores, luego los pirómanos actuaron libremente y, al final, se encargaron... de diseñar el nuevo edificio, construirlo y diseñar sus elementos de seguridad y prevención de siniestros.

El papanatismo aznarista ha permitido que Italia cuente con fondos adicionales para sanear su industria estratégica y neutralizar en buena parte los instintos inquisitoriales de los neoliberales que dirigen la UE de momento.

La mejor prueba está en que inmediatamente después de que las compañías aéreas pidieran que el Gobierno rebajase las tasas aéreas, dentro de una política turística encaminada a asentar la fidelización de los millones de pasajeros desviados hacia España por causas ajenas a su voluntad (por ejemplo, la inestabilidad de muchos de los destinos competitivos, y en especial, los del mundo árabe y asiático), AENA ha apelado al "interés público" para no hacer caso a tal demanda, que a su vez es compartida por los destinos turísticos de España, como Canarias, Baleares, Comunidad Valenciana... Colisionan de esta manera dos presuntos intereses generales: los de todo el país y los de una AENA privatizada. El excepcional incremento de las compañías de bajo coste ha sido una consecuencia de ofrecer también una especie de low cost en las pistas. Todo el mundo, literalmente, ha entrado en la puja. Y el que se retire, tiene altas probabilidades de perder.

¿Cuál sería, de cualquier forma, el mayor interés general? Sin duda, el nacional, y no solo el de una compañía que, en todo caso, siguiendo como va, ya es un excepcional negocio.

Los mismos empresarios y grandes trusts, que defienden la neutralidad del Estado en el mercado son los primeros, como también prevenía Adam Smith -creador de la tesis de la mano invisible benéfica y ordenadora- en conspirar contra él. El Gobierno de Rajoy, en el aspecto económico una trinidad entre él, Guindos y Montoro, abrió AENA al capital privado, fondos e inversores institucionales, en un 49%. Y si bien se dijo que era por el bien de la propia compañía, que tenía supuestamente una gran deuda, la verdad es que nadie compra duros a tres pesetas, nadie da más por lo que vale menos. A los pocos meses de ser vendida prácticamente la primera mitad, AENA duplicaba su valor. Solo un par de datos: cerró 2014 con 1.800 millones de euros de beneficios... y cuando salió a Bolsa, aumentó de la noche a la mañana, literalmente, un 20% su valor, ganando sus inversores nada menos que 836 millones de euros.

1996 fue un año importante para el vaciamiento del Estado, al que Aznar convirtió en una especie de huevo sin yema, con la aplicación del converso: la empresa privada, fue el nuevo dogma, funciona mejor que la pública, es más eficiente y competitiva. A pesar de este nuevo catecismo, esto es más cuestión de fe que de ciencia: la crisis mundial la provocaron los bancos privados y las corporaciones financieras; y los grandes conglomerados multinacionales dirigidos por ejecutivos chacales, a quienes solo interesa el máximo rendimiento financiero a orto plazo. Es el clásico ejemplo que se pone en Galicia: si vendes la vaca, te quedas también sin la leche. "Amiguiños sí, pero la vaquiña por lo que vale".

Lo explica magistralmente el Nobel norteamericano Joseph Stiglitz en El precio de la desigualdad (Taurus). Las privatizaciones totales de Endesa, Repsol y, si la oposición no lo remedia, AENA, son un ejemplo de libro del robo de rentas con consentimiento de los que deberían ser sus celosos guardianes. "No es difícil -sostiene Stiglitz- hacerse rico cuando el Gobierno le vende a uno por 500 millones de dólares una mina que vale 1.000 millones". Casos prácticos en España, con unos alumnos aventajados, pero torpones, de la 'escuela de negocios' Lehman Brothers: el más reciente, el 49 por ciento de AENA a precio de ganga, pero también Endesa y el conglomerado Repsol.

El papanatismo aznarista ha permitido que Italia cuente con fondos adicionales para sanear su industria estratégica y neutralizar en buena parte los instintos inquisitoriales de los neoliberales que dirigen la UE de momento. La empresa pública española Endesa fue privatizada porque, sostenía Aznar y cia. que Europa no consentía este tipo de empresas públicas. Pues bien, al final fue la italiana ENEL quien se quedó con la eléctrica española. Y como ENEL es una empresa pública italiana (el Estado es el mayor accionista con un 25.50%) resulta que, por aplicación del principio de la propiedad transitiva, de facto Endesa sigue siendo una empresa pública pero... italiana. En 2014, Endesa repartió un dividendo extraordinario de 14.605 millones de euros entre sus accionistas... En esa ocasión, Economistas sin fronteras denunciaba que "ENEL expolia y trocea Endesa". Hace unas semanas, anunció otro dividendo extra de 7.000 millones, pedido por la matriz italiana, según Europa Press. Y REPSOL, suma y sigue. ¿Qué digo? Multiplica y sigue.

Joseph Stiglitz cita una frase adjudicada a Colbert, asesor del rey francés Luis XIV: "El arte de recaudar impuestos consiste en desplumar el ganso de forma tal que se obtenga el mayor número de plumas con la mejor cantidad de ruido".

Así es como nos están desplumando a los españoles. ¿Seguro que no queda más remedio?