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Esa crueldad, esa indiferencia y ese odio agazapados en la España escondida

27/06/2017 07:32 CEST | Actualizado 27/06/2017 07:32 CEST
Cover/Getty Images

El último es el caso de dos hermanas ancianas. Una, Encarna Garijo, de 94 años y la otra, Julia, de 83. La segunda de ellas vivía en Madrid y quiso irse a vivir donde su hermana en Almazán (Soria), en la residencia de mayores de Matamala. Pero de repente fueron asaltadas por carta (de la Junta de Castilla y León, en nombre del IMSERSO, por esa burocracia ciega que no utiliza la razón sino el protocolo, que como todos los protocolos no contempla la posibilidad de que haya excepciones a la regla, igual que esos políticos que parecen gallinas en un coro en el corral repitiendo el argumentario que les viene desde arriba.

En resumen, que doña Encarna es informada de que no podía compartir domicilio con su hermana menor si quería seguir cobrando la pensión no contributiva de 380 euros; la suma de las dos pensiones al año no puede pasar de 8.900 euros. Pero es que no viven en la misma unidad familiar, en la misma casa, en el mismo piso: viven en el mismo geriátrico.

Pues tamaña anormalidad, de la que me enteré por EL PAÍS, no se solucionó con la urgencia que requiere que la Administración no haga el ridículo y peque de empecinada y majadera. La madeja se embrolla con disculpas precocinadas. El Ministerio, que cuando quiere saca leyes por la vía rápida y decretos por la rapidísima, e incluso por el carril no permitido, aquí da muestras de una asombrosa dejadez. Pero no es tal: en el fondo, se trata de una indiferencia cruel que no tiene en cuenta a las personas, sino a las estadísticas, y si las estadísticas son sociales, tampoco se tienen en consideración.

Muchísimos mayores, viudos y viudas mayormente, están viviendo juntos sin arreglar los papeles, arrejuntados, porque temen perder una de las dos pensiones. "Aquí, mis nietos, aquí, mi novia" (caso verídico, por cierto). Al final la familia se ríe. Para no llorar.

Es parte de la España escondida, la España insolidaria e indiferente al dolor ajeno. La de los que abominan de la masiva inmigración, sea de refugiados políticos o económicos, pero igualmente abominan de la ayuda al desarrollo. La misma España que protesta, ya que ese es el rol que le corresponde en el teatro de marionetas en que vivimos, por que los colegios públicos abran en verano para que los niños que no pueden hacerlo en casa puedan comer en ellos. "Eso es demagogia, es humillar a las familias", dice esa derecha que disculpa los sobresueldos en negro, los pluriempleos por enchufe, tantas veces simples sobornos, el tráfico de influencias... Esos que aman la macroeconomía como la protagonista de la canción Es mi hombre, de Nacha Guevara, amaba a su maltratador. "Sé que al fin se cansará/y me dejará/Olvidando mi pasión me escupirá/y será mi perdición/pero lo quiero igual/ aunque sea un animal".

Muchos hemos visto cómo se nos desmayaban los chicos de un colegio público de un barrio de la periferia durante la visita al periódico y teníamos que darles una menú de emergencia: un biofrutas, un dónut y una chocolatina. Sus compañeros lo explicaban: "Es que sus padres están en paro y, como hemos salido a esta actividad y ellos no han desayunado, pues eso..." Ese "eso" era el desmayo por hambre. Lo humillante no es comer; es no poder hacerlo.

Los desahucios bancarios, que asombran en Europa, son otra tela de araña de esta crueldad de la que hablamos. Crueldad por indiferencia. La banca siempre gana, y cuando no lo hace en la cantidad que cree adecuada para el reparto de beneficios, el Estado ayudará. Quedarse con la casa no basta; se mercadea con ella, sigue el embrollo, hay que seguir pagando la hipoteca con intereses desorbitados... Y no acaban de aplicarse las directivas de la UE, ya que no sirve el sentido común ni el espíritu de las leyes. Lo mismo que ocurre con la llamada pobreza energética mientras al recibo se le cargan las consecuencias de todas las gestiones incompetentes del Gobierno: sean los depósitos sumergidos de gas del proyecto Castor frente a las costas de Castellón y Tarragona -gran fábrica de terremotos- o las indemnizaciones por los disparatados decretos de la era ministerial de Soria en plena rabieta contra la producción de energía solar y eólica. (Por cierto, ¿qué ha pasado con el primo de Rajoy, que negaba la peligrosidad inminente del cambio climático?).

La función primordial de los euros, su fin último desde que el BCE ordena su impresión conforme a las exigencias de la democracia social dominante en la UE, es, o debiera ser, el bienestar de la gente.

La función primordial de los euros, su fin último desde que el BCE ordena su impresión conforme a las exigencias de la democracia social dominante en la UE, es, o debiera ser, el bienestar de la gente, lo que se llama el interés general, para lo que, ciertamente, es necesaria una economía sólida y equilibrada. Pero esa preocupación se diluye en las estadísticas y en los presupuestos. Poco a poco los países se han ido insensibilizando y aparecen prioridades que se fabrican ex profeso en aras de lo macro, lo difuso y, en realidad, la ideología de la especulación y de los avariciosos dioses del mercado. Por eso, cuando ha habido que cuadrar las cuentas uno de los primeros caídos en este frente fue la Ley de la Dependencia. "Es muy cara", se sigue manteniendo; y se dice sin rubor ni vergüenza que es un saco sin fondo, un lujo, un dispendio, es innecesaria..."Por ahí empezó la crisis", suele apostillar algún 'enterado'.

Esta visión, de una crueldad manifiesta, se sostiene sobre mentiras y medias verdades, que viene a ser lo mismo. Es como si esos fondos destinados a los dependientes, o en general las políticas sociales, no produjeran dividendos sociales, los más importantes, pero también económicos. El dinero no lo guardan en el colchón, lo usan para sobrevivir y afrontar la vejez. Y los parados, para comer y vivir, y tener un techo. Se gasta en pañales, en comida, ropa, sillas de ruedas, medicinas, en pagar a cuidadores. Y sí, cumplido el objetivo social se benefician después las fábricas de pañales, las panaderías, las industrias de bastones, taca-tacas y sillas de ruedas, las residencias concertadas, los supermercados, las industrias de alimentación... Estos fondos generan trabajo, y en su recorrido, IVA, repercuten en el IRPF, en los beneficios empresariales, que a su vez tributan... Pero es más fácil a pesar de su intrínseca ridiculez agradecer a la virgen del Rocío un milagrito y darse golpes de pecho en la romería.

Luego hay otra España escondida detrás de la impunidad que da el anonimato en las redes. Es esa parte de la sociedad odiadora, envidiosa, resentida de su mediocridad, su incapacidad, y atormentada por su rencor. Esos nuevos animales que han encontrado una forma de redención psicológica, profesional o familiar en el animalismo, y que han evolucionado hacia un fanatismo con los mismos impulsos primitivos, salvajes, que el fanatismo que lleva a los radicales islámicos a poner bombas o atropellar a los infieles con un camión lanzado a toda velocidad. Son los que se alegran de la desgracia ajena, la muerte de un niño, al que se lo llevó el cáncer, cuya mayor ilusión era ser torero, o por la muerte de un torero, o la grave cogida a otro.

Desear la muerte de alguien y buscar adeptos a la causa en las redes, escribirlo sin pudor, pero desde el anonimato, es de una inhumana crueldad. Y si las leyes y la Constitución rigen también en las redes, un delito.

Antes de la visceralidad de unos trastornados anti-taurinos, otros fanáticos, pero con el agravante de asesinos practicantes, como los terroristas de ETA, crearon una sofisticada escuela del odio en las vascongadas. Allí, en muchas ciudades, pueblos, caseríos, se mantiene una violencia invisible, irracional, patológica, hacia el 'enemigo' creado por el delirio de una opresión inexistente que justifica, en esas mentes enfermas, la cobarde agresión en manada, la intimidación en las paredes, o la indiferencia social, con la criminal complicidad de muchas autoridades locales. Y curas, no hay que olvidar a los curas vascos en esta trama.

Esa España donde anida y pone huevos la serpiente está en los reductos más integristas del nacionalismo; pero de la misma manera germinan bien regados y abonados en esos grupos de la izquierda radical y frustrada, noqueada de tantos golpes contra la realidad, que aún idolatran a la dictadura cubana, que encuentran razones culturales para el jomeinismo, y que no condenan al chavismo, y a su hijuela el chulo-madurismo, que han llevado a Venezuela al caos e implantado un reinado del terror, la zafiedad, la corrupción y lo peor y más malvado del tradicional populismo matón suramericano. El régimen 'bolivariano' vuelve a su golpismo original, y se convierte en una dictadura pintarrajeada con los restos del trampantojo democrático.

Etcétera....Y lo peor es que quien debiera, quienes debieran, se empeñan en no usar el fonendo social y examinarse a sí mismo de su educación para la ciudadanía.

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