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En la prehistoria de la igualdad

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Hay noticias tan positivas que a causa de su gran fuerza simbólica logran ocultar la realidad tan negativa que se sigue escondiendo detrás de ellas.

La aprobación, en julio de 2005, de la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, y, en marzo de 2007, de la llamada ley de identidad de género, así como la sentencia del Tribunal Constitucional de noviembre de 2012 por la que se declara la plena constitucionalidad de la primera, constituyen tres buenos ejemplos de ello.

Tanto ambas leyes como la sentencia son tres noticias muy positivas, dado que vienen a otorgar un estatuto jurídico de práctica plena igualdad legal a las personas homosexuales, transexuales y bisexuales, al suponer la culminación de algunas de sus más ambiciosas reivindicaciones.

Y así se celebraron, como un triunfo de la igualdad, la misma que nuestra Constitución reconoce, primero, como valor superior de nuestro ordenamiento jurídico (art. 1.1), que, por tanto, ha de inspirar al resto de disposiciones de cualquier rango que formen parte del mismo; en segundo término, como objetivo al que debe de tender la acción de los poderes públicos, obligados como están por la propia Constitución a promover las condiciones para que esa igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sea real y efectiva (art. 9.2); y, en tercer lugar, como igualdad ante la ley y prohibición de discriminación por razón de orientación sexual o identidad de género (art. 14, tal y como ha sido interpretado por el Tribunal Constitucional).

Dejando de lado algunos flecos aún no bien resueltos, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que en España, a día de hoy, las lesbianas, los gais, los transexuales y los bisexuales (LGTB) disfrutan de los mismos derechos (y han de observar las mismas obligaciones) que las personas heterosexuales y cisexuales.

La igualdad legal o formal, por tanto, es una realidad en el ordenamiento jurídico español. Y como tal se ha celebrado por quienes creen, creemos, que la igualdad tampoco admite excepciones por razones que tengan que ver con la orientación sexual o la identidad de género. Ser LGTB no puede ser motivo de discriminación alguna. Esta sencilla apreciación, que hoy nos puede parecer una evidencia, ha costado (sigue costando), sin embargo, mucho dolor, demasiado sufrimiento, pérdida de libertad, e, incluso, muerte. Nuestra responsabilidad es no olvidarlo y no permitir que se olvide.

Sin embargo, la celebración de esta igualdad, merecidamente ganada, tiene también un lado negativo, en la medida en que contribuye a ocultar o, cuanto menos, disimular una realidad que no merece ser celebrada, sino todo lo contrario.

A día de hoy, según demuestran los estudios e informes elaborados por distintas instituciones y organizaciones españolas e internacionales, siguen siendo muchos los adolescentes y jóvenes LGTB que son objeto de bromas, chanzas y agresiones, algunas con consecuencias luctuosas, en los colegios e institutos, tanto por parte de sus compañeros, fundamentalmente varones, como, lo que es más preocupante, por algunos de sus profesores.

Que, tal y como demuestra el informe Acoso escolar homofóbico y riesgo de suicidio en adolescentes y jóvenes LGTB, elaborado por el Colectivos de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales de Madrid (COGAM) y la Federación que agrupa a la mayoría de las asociaciones y organizaciones LGTB del Estado español (FELGTB), a día de hoy el índice de suicidios (en grado de ideación, tentativa y consumación) entre los adolescentes y jóvenes LGTB sea muy superior al que se da entre los mismos jóvenes y adolescentes heterosexuales, es una noticia que no llama precisamente al optimismo. Una noticia que interpela directamente a la autoridad educativa, que no debiera perder ni un segundo más para tomar cartas en el asunto.

Que, sobre todo, en el ámbito rural y en las pequeñas ciudades las personas LGTB sean, salvo excepciones, invisibles, por temor al rechazo o la agresión, es una muestra clara de lo lejos que estamos aún de la igualdad real.

Estos ejemplos, de entre otros muchos que podríamos poner, demuestran que la cultura del odio a quien ostenta una condición personal, del tipo que sea, distinta a la mayoritaria o prevalente, mantiene todavía hoy, avanzado ya el siglo XXI, un gran vigor en nuestra sociedad.

Y si eso sucede en países como el nuestro, que se encuentra a la cabeza del mundo en lo que se refiere a reconocimiento de derechos de las personas LGTB, ¿qué decir de aquellos otros en que estas mismas personas son directamente perseguidas y sancionadas por su orientación sexual o identidad de género, incluso, en algunos casos, con la pena de muerte?

Se celebra hoy el 44º aniversario de los disturbios de Stonewall. En la madrugada del 28 de junio de 1969, un grupo de transexuales, homosexuales y bisexuales que se reunían en este bar, el Stonewall Inn, de la calle de Christopher, en el Greenwich Village neoyorquino, decidió responder con energía a una nueva redada policial. Los altercados, que se prolongaron durante varios días, constituyen un hito fundamental de la lucha abierta y pública por el reconocimiento de los derechos de las personas LGTB.

Desde aquel año hasta hoy se han producido avances impresionantes, en ocasiones, a velocidad vertiginosa. Que dos mujeres u hombres que se aman puedan casarse ya en varios países del mundo es solo una pequeña, pero muy significativa, muestra de ello. De ahí que la celebración de esta efeméride no solo esté justificada, sino que, más bien, constituye una obligación cívica que incumbe a toda sociedad democrática. La conquista de los derechos civiles, aunque sean los de una minoría, es un triunfo de todos los que creen que la dignidad humana, que con tanta solemnidad reconoce, entre otras, nuestra Constitución en su art. 10.1, no es solo una cuestión personal, sino colectiva. De ahí el Orgullo, de ser lo que somos, y de querer pertenecer, de pleno derecho, a una sociedad democrática, en la que cada uno puede expresar libre y abiertamente su forma de ser y pensar.

Toda celebración es, por definición, alegre. No hay por qué avergonzarse, en absoluto, del Orgullo, manifestación y fiesta que congrega cada año, en las calles de numerosas ciudades de todo el mundo, a cientos de miles de personas, de todo tipo y condición, con el deseo de reivindicar mayor igualdad y de divertirse. Es una fiesta en la que alegremente combatimos la humillación que supone toda vergüenza, y en la que le decimos al mundo que la lucha por la igualdad, motor de la historia, no acaba nunca, menos aún cuando, como es el caso de las personas LGTB, aún nos encontramos en la prehistoria de la igualdad real.