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‘Carmen’ o Víctor Ullate se da libertad para seguir siendo Víctor Ullate

03/09/2017 10:08 CEST | Actualizado 03/09/2017 10:08 CEST

Fernando Marcos
Escena de 'Carmen' del Ballet de Víctor Ullate

En el pase para la prensa de Carmen en los Teatros del CanalVíctor Ullate, el coreógrafo de esta obra, dijo que se había resistido mucho a hacerla porque le parecía que estaba muy trillada. Sin embargo, acabó dándose la libertad para ponerla en escena y a sus bailarines la libertad necesaria para bailarla y expresarse. Ambas decisiones se notan sobre las tablas para bien de los espectadores que sentados en la butaca tendrán muchas ganas de aplaudir bastantes de las escenas y, sobre todo, cuando acaba el espectáculo.

Sí, se trata de un espectáculo libre, en el sentido de que Víctor Ullate se da la libertad de ser quién es como coreógrafo. A lo que se añade unos bailarines que no solo bailan con ganas, sino que bailan muy bien y se les nota orgánicamente cómodos, a gusto, con lo qué hacen y cómo lo hacen.

El resultado es una coreografía de fuertes raíces clásicas vestida de modernidad y de contemporaneidad. Dos aspectos que vienen de la mano del uso del video (bonitos vídeos que permiten situar las distintas escenas), la escenografía e iluminación de Paco Azorín, el vestuario (en el que domina el negro sin el tutú del ballet clásico y sin el rojo del vestido de Carmen) y por la simple y ligera explicitud sexual en algunas escenas al estilo de Chicago, el musical, como por ejemplo la del prostíbulo. Claro está, y algún que otro número de baile contemporáneo (en el que casi siempre destaca el trabajo con las manos y los brazos).

Lo anterior se aprecia tan bien gracias al excelente cuerpo de baile pero, sobre todo, a su bailarina solista Marlen Fuerte, capaz de realizar los pasos y figuras como si fuera normal, físicamente hablando, lo que ella hace en escena. Una estilización del movimiento en la que los demás no se quedan atrás y que tiene su clave en el buen trabajo de los dos bailarines que travestidos en bailarinas son capaces de mostrarse bailando como mujeres. Lo que hace que más de un espectador se preguntase, sobre todo al principio, si realmente eran mujeres. Introduciendo de una manera muy sutil el tema, este sí contemporáneo, del género, teniendo en cuenta que en este ballet son las compañeras de Carmen.

Jaime Villanueva
Escena de 'Carmen' del Ballet de Víctor Ullate

Con estos mimbres técnicos, la propuesta que se hace es la de una Carmen alejada del costumbrismo y la cosa racial. Se la convierte en una modelo, posiblemente en los años 80 del siglo XX de aquel Madrid provinciano de la movida en el que se copiaban y reinterpretaban modas foráneas con una pasmosa ingenuidad. Lo que permite el uso en el vestir de ese aire retrofuturista tan querido a aquella época de nuevos románticos, parecido al de la película El quinto elemento de Luc Besson, a la que se le hubiera quitado el colorido.

Un Madrid negro o gris que tardaría mucho en colorearse, por mucho que el romanticismo de los que la vivieron y protagonizaron nos quieran hacer pensar otra cosa. Pues el paraíso de las drogas y el sexo fue, al contrario de lo que se prometía, fuente de adicciones, enfermedad, sufrimiento y muerte sobre todo entre los más jóvenes dejando tocadas a varias generaciones y una liberalidad sobre las drogas ilegales que ya no se tiene, por ejemplo, frente al tabaco. Aspectos que, como en aquella época y en su relato, se obvian en este montaje. Ofreciendo, la cara amable y aceptable de una historia de amor trágicamente romántica. La caída de un buen burgués por el amor de una mujer fatal que prefiere, frente a la vida buena, la mala vida que le proporciona el de aspecto más canallita.

Historia ejemplarizante, en el que el pecador y la pecadora son castigados, comme il faut. Nada de cambiar las ideas preconcebidas ni el imaginario colectivo de las plateas más convencionales. Públicos con los que hay que conectar pues su asistencia es necesaria para poder sufragar espectáculos tan caros como estos. Sin embargo, esta obra se ganará también a los más escépticos y a otros públicos con otras exigencias a base de técnica, de conocimiento y de saber hacer por parte de todo el equipo artístico. Elementos con los que consiguen que lo que suceda en escena esté bien, interese y se vea bonito. A lo que se añade que tanto la música de Bizet como la compuesta específicamente por Pedro Navarrete para esta producción suene y se oiga bien, en esa senda de mejoría del sonido de las salas que parece haber tomado la nueva dirección de este teatro.