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'El lunar de lady Chatterley', ¿cuestión de género o de sexo?

24/09/2017 09:31 CEST | Actualizado 24/09/2017 09:31 CEST

Teatro Español
Ana Fernández en El lunar de lady Chatterley

El lunar de lady Chatterley, la obra de Roberto Santiago que dirige Antonio Gil y protagoniza Ana Fernández en el Teatro Español, plantea la siguiente pregunta: ¿puede una obra escrita por un hombre, basada en una novela de autor masculino y dirigida por un hombre, hablar de la sexualidad de la mujer desde el punto de vista femenino? Es una pregunta pertinente, ya que tanto lo novela original, El amante de lady Chatterley de D. H. Lawrence, como la obra teatral escrita a partir de este se reivindican como textos que defienden para las mujeres lo que se podría llamar, parafraseando el famoso ensayo de Virginia Woolf, un sexo propio.

Obra que tiene cierto aire al teatro que se hacía en el Teatro Guindalera. Por su pequeño formato. Por su buen acabado. Por su hermosa sencillez escenográfica. Por premiar la palabra y la forma en la que se dice. Por Ana Fernández, una actriz superlativa que, una vez que se afina, hace del público lo que quiere. De tal manera, que el espectador acaba pensando que el juez, el aguacil, el fiscal y Clifford, el marido de la protagonista, la lady Chatterley del título, se encuentran sentados a su lado, entre el público, incluso que son ellos mismos ese juez, ese alguacil, ese fiscal, ¡hasta el parapléjico Clifford que ha denunciado a la lady!

Una denuncia más importante de lo que parece, pues supone pleitear para quitarle a lady Chatterley los mínimos recursos económicos necesarios para vivir decentemente. No es baladí que en la novela la protagonista diga tener una renta de 600 libras como la que tenía la protagonista de Una habitación propia. Dinero suficiente en aquella época, los años 30 del siglo XX, como para ser una mujer independiente.

Pues bien, en el juicio, Connie, la lady del título, trata de defender esa independencia económica que ha puesto en riesgo por abandonar a su marido. Un hombre al que no quiere, no ama, ni desea sexualmente. Un gran hombre, productivo, ordenado, laureado y de letras, emprendedor e industrioso, rico, riquísimo que no la concede el divorcio. Marido al que cambia por un empleado de este, con el que ha descubierto el verdadero placer sexual, que la hace sentirse un cuerpo querido, deseado y deseable.

El Lunar de Lady Chatterley_01 from Marzo Producciones on Vimeo.

Es la forma en la que se cuenta y se dice todo esto en escena, la manera en la que el texto la convierte en una mujer despechada, enfadada con un marido que no la libera, la que plantea la duda del principio. La que da la sensación de que lo que dice Ana Fernández es lo que piensa un hombre que diría una mujer sobre su condición de esposa, madre y persona sexualmente activa. Una sospecha que tal vez se confirme por las risas o risotadas masculinas que se producen en diversos momentos de la obra y que rara vez se acompañan de las risas o risotadas del público femenino asistente. Como si este último sector del público no lo entendiera. Un público femenino que piensa a través de los hombres que les han escrito y contado su historia, la forma y la manera de entenderla y expresarla.

Un hecho al que se podría añadir otro hecho poético, a la vez que directo, juego metafórico con los higos. Fruta que la tradición española identifica los genitales femeninos y que en la obra se cuentan como maduran y se rompen enseñando un interior púrpura a punto de reventar. Juego en el que se indica cómo se comen los higos y se saborean sus jugos. Hecho con elegancia, como todo el espectáculo, y si no fuera así ahí estaría la actriz protagonista para dársela.

La polémica, pues, está servida. No porque se reivindique la existencia de una sexualidad femenina placentera, una sexualidad basada en el disfrute del cuerpo, frente a un marido castrador e impotente creador (de empresas y literario) como Clifford, conyugue de la protagonista. Como si cuerpo y espíritu fuesen dos mundos antitéticos. El primero más terrenal, más pesado, y el segundo más elevado, más etéreo y liviano. Uno abajo, cerca del infierno, y otro arriba, cerca del cielo, respectivamente. Pensamiento dicotómico que tal vez proceda de la educación fuertemente católica, en general, religiosa, que se ha recibido y se sigue recibiendo de forma mayoritaria en España en el que falta el verdadero pensamiento femenino propio, el propio de su género que le permita disfrutar y hacer disfrutar de su sexo.