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'Espía a una mujer que se mata' o lo que hay que hacer

12/11/2017 18:23 CET | Actualizado 13/11/2017 12:00 CET

marcosGpunto
Escena de Espía a una mujer que se mata de Veronese en el CDN

Espía a una mujer que se mata es, junto con Mujeres soñaron caballos, una de las obras que apuntaló la fama en España de Daniel Veronese como autor y director de teatro. A partir de entonces es una adicción tanto para el público como para la crítica. No hay obra que dirija que no agote entradas o que no reciba cuatro o cinco estrellas de los críticos. Tampoco hay actor o actriz que se resista a trabajar con él. Solo hay que ver esta nueva producción, que no nuevo montaje, de "Espía...", cuya novedad es que todo el elenco son actores españoles, para entender esa respuesta, para compartirla, para querer estar ahí, en el Teatro Valle Inclán o donde se represente.

Una obra llena de sorpresas. Una por cada uno de los actores y actrices que hay en escena. Aunque la que seguramente más interesará a los espectadores es la de poder ver en vivo y en directo a la popular Natalia Verbeke. Sí, la famosa actriz de cine y de televisión que el teatro no debería dejar escapar, a tenor de lo que se hace en el escenario.

Sin embargo, la gran sorpresa es la recuperación de ese Veronese que venía de Argentina y que entusiasmó a todos y que a algunos nos parecía que se había perdido (incluso, fuimos a su país a buscarlo sin encontrarlo). Ese Veronese que antes que respuestas plantea preguntas y desvela misterios. Por lo que se sale del montaje pensando que ojalá haya hecho un reset y ahora venga lo bueno. Es decir, nuevas producciones que estén animadas con este espíritu de irrespetuoso respeto a la fuente original, como en este caso al Tío Vania de Chéjov, y al teatro para ponernos delante las contradicciones de la vida, antes que las certezas socialmente aceptadas como ha hecho en sus más recientes montajes. Hacernos mirar por la grieta en vez de en las pantallas de un móvil o un televisor.

Trailer de Espía una mujer que se mata de Veronese en CDN

Por tanto, no es baladí la elección de la obra. Hay que recordar la trama para sustentar esa afirmación. Estamos en el campo. En una hacienda llevada por una sobrina y su tío, donde viven con la abuela, los criados y reciben a los amigos (como Astrov, el médico). Aislados en un mundo propio y ajeno al mundo, que reciben la visita de un gran estudioso del teatro y su atractiva y joven esposa. Un profesor que es yerno de la abuela, cuñado de Vania y padre de la sobrina. Un profesor que puede darse una vida ciudadana, es decir, en la ciudad de San Petersburgo, escribiendo, tertulieando y asistiendo al teatro gracias a lo que produce la hacienda.

La joven esposa, cansada del pesado sabio teatral pues el conocimiento científico no es vida, juega a enamorar a los adultos solteros del lugar. Solteros a los que une su afición por el teatro. Por la ficción. Que se entretienen y entretienen a los demás con una representación travestida de Las criadas de Genet y discutiendo y hablando de teatro. Una discusión y una representación que palidece ante la vida real. La vida pequeña que pasa en espacios pequeños, mínimos y grises. Vidas de las que somos nuestros propios interpretes, pero que no sabemos interpretar. Por eso dejamos que otros, tan tontos como nosotros o más tontos, nos la escriban y redacten lo que tenemos que pensar, decir, gustar. Lo que hay que hacer.

Como en muchas otras obras de Chéjov en esta sus personajes repiten una y otra vez la muletilla "hay que trabajar." No hay otra opción. El trabajo como refugio de la intemperie afectiva y amorosa en la que la vida se empeña en dejarnos. La repetición y la rutina. La administración. La gestión, que se diría ahora, de entornos cada vez menos arriesgados y más controlados, en el que se pasa la mayor parte reportando que se ha hecho lo que hay que hacer.

¿Por qué un mensaje así entusiasma? ¿Por qué se sale contrito pero contento? Porque Veronese ha vuelto y con él la visión reconfortante de lo que pasa y lo que nos pasa. Esa vida ininteligible, empeñada en vivirnos, antes que nosotros en vivirla y que superamos trabajando. Hay que trabajar, Vanias. Hay que trabajar, que nos va y se nos va la vida en ello. Y por el trabajo se cobra, aunque también se pague. Misterio que no tiene explicación, solo su cuento, su vivido relato. Su teatro. Su feliz representación.

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